Eran las 8 de la noche y el Estadio Azteca retumbaba con el grito de ¡Turco, Turco! . La noche fue toda de Antonio Mohamed. Desde antes de que iniciara el partido, Tony era el protagonista del juego. Fue América fiel reflejo de su estilo; no aquel de la picardía reflejada en máscaras y tintes, cuando era jugador, sino de esa familia que logró armar en un año al frente de Águilas.

El método de Mohamed llegó nuevamente a la gloria del futbol mexicano. América consiguió su título número 12 en su historia y se encumbra como el más ganador de nuestro balompié, luego de superar 3-0 a Tigres, global de 3-1, en la despedida del Turco del banquillo americanista, quien saldrá del equipo por un tema de dignidad tras conocer que Gustavo Matosas estaba en el lobby esperando el término del torneo para tomar las rienas de los azulcremas.

Fue el final más feliz para la época de Mohamed en Coapa; desde la génesis, opacado por la estela de carisma de Miguel Herrera y su equipo lleno de pasión y épica, hasta las últimas semanas de su mandato, donde la inestabilidad estuvo presente.

Sin embargo, eso no pasó en la cancha. Los tres festejos tuvieron como epicentro la figura de Antonio, el hijo de Norma, papá de Faryd y doble campeón como estratega en México. La cualidad del Turco fue formar con Xolos y Águilas grupos a los que llamó su familia.

Como cuando Michael Arroyo -después de robar un balón, enfilar a la portería y hacer un par de amagues que terminaron con un potente disparo que venció a Nahuel Guzmán- corrió a abrazar a Antonio en un gesto de agradecimiento.

Y es que ante los futbolistas no existe un técnico intransigente, ni mucho menos autoritario. Todo lo contrario, el estratega campeón odia el estilo militar, la figura omnipresente del jefe y la disciplina como regla máxima.

Por eso no fue raro que quisiera conservar todo registro del festejo de la duodécima estrella azulcrema. Como un fan o jugador, pasó con cada uno de sus futbolistas para abrazarlos. Uno de ellos, con el cual ha compartido sus éxitos, es Pablo Aguilar.

El central paraguayo fue más claro, al hacerle sentir a Mohamed su agradecimiento. Ya en el segundo tiempo, al minuto 61, un centro de Rubens Sambueza tuvo destino la cabeza de Aguilar y después las redes de la portería de Guzmán.

Entonces, una carrera eufórica emprendió Pablo para fundirse con su entrenador, quien lo llevó a Tijuana y luego a América. A Tony le debe seguir jugando, a pesar de que un diagnóstico médico le había prohibido volver a las canchas.

La experiencia ha cambiado la personalidad de Antonio. Ya no es ese jugador extrovertido, que gustaba de confrontar a los rivales y a los árbitros. Ahora todo lo ve desde la óptica de que el futuro le tendrá su recompensa. No desestimó en intentos. Pasó desde Veracruz, hasta Jaguares, descendió y luego fue a parar a Zacatepec en la exPrimera A.

Ahora de técnico, los arrebatos son inexistentes. El hasta ayer estratega azulcrema es más calculador, no festejó las tres expulsiones que sufrió Tigres y que le abrieron la puerta a su equipo al campeonato y fue sereno cuando Oribe Peralta disparó en soledad para decretar el gol que liquidaba.

Cuando el cetro estaba cada instante más cerca de Águilas, se preocupó por ir a abrazar a Ricardo Ferretti, agradecerle la serie de partidos en la final y despedirse, no sólo de él, del futbol mexicano, por mientras, ya que no será más técnico de América y tomará vacaciones.

Quizá por eso, apenas se escuchó el silbatazo final, abandonó la cancha, presuroso, como queriendo escapar de todo. Fue el año más intenso del Turco y terminó de la forma más gloriosa que pudo existir. Mohamed deja a América como el club más ganador del futbol mexicano.

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