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Capital Humano

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El diablo ya no viste igual

Durante años, el mundo laboral admiró liderazgos capaces de obtener resultados a cualquier costo humano. “El diablo se viste a la moda 2” refleja cómo cambió la manera en que entendemos la autoridad, el poder y la cultura del trabajo en apenas dos décadas.

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Miranda Priestly, el personaje interpretado por Meryl Streep en "El diablo viste a la moda 2".Cortesía: 20th Century Fox

Felipe Morales Fredes

Ante la mirada de asombro de Andy Sachs, Miranda Priestly hace malabares al intentar colgar su abrigo en un perchero. La respuesta pareciera que llega más rápido que la pregunta de la protagonista y de la audiencia: hubo una queja en Recursos Humanos y no le quedó de otra que empezar a hacer esa tarea rutinaria ella misma.

El abrigo es realmente una metáfora.

Algo cambió en la cultura laboral en los últimos 20 años que hoy miramos con otros ojos como espectadores. En 2006, el abrigo era un símbolo de poder y jerarquía, no el abrigo en sí, sino la acción violenta que implicaba lanzarlo sobre el escritorio de la asistente de menor nivel para que ella lo colgara. En 2026 es sólo una prenda más que pertenece exclusivamente a su portador.

Perdón por el spoiler, pero sí, se trata de una escena de “El diablo se viste a la moda 2”.

Entre las dos décadas que enmarcan ambas partes de la historia, resulta interesante ver la evolución de Miranda Priestly, el personaje que interpreta Meryl Streep, como lupa hacia los detalles del entorno laboral preponderante y el tipo de liderazgo/autoridad que los caracteriza.

En la primera entrega, la implacable editora era agresiva, humillante, emocionalmente inaccesible y disponía del tiempo de las personas de su equipo como si les perteneciera; aun así, era admirada, porque también era brillante. La película deja claro que estaba en la cima porque entregaba resultados.

Durante mucho tiempo, el mundo del trabajo aceptó esa lógica sin cuestionarla. En muchas empresas, los gritos eran demostración de carácter; la presión permanente era compromiso; las jornadas interminables eran pasión por el trabajo; y el miedo, aunque rara vez se reconociera así, era una herramienta de control que formaba parte de la cultura corporativa.

Incluso algo heroico había en todo ello, pues sobrevivir a un jefe difícil parecía parte del prestigio profesional. “Si aguanto un año aquí, después podré trabajar en cualquier lugar”, repetía varias veces la Andy Sachs de Anne Hathaway en la primera película.

Frases como “así funciona esta industria”, “así se forman los mejores”, “si no aguantas, no tienes madera para esto”, formaban parte de la retórica empresarial detrás de estas conductas. En muchas oficinas, el sufrimiento laboral se convirtió en una especie de rito de iniciación; aguantar era el medio para alcanzar un fin mayor.

Dos décadas después, Miranda Priestly batalla para colgar su propio abrigo o tiene que refrenar sus palabras ante la mirada de advertencia de su asistente. Se ve incómoda en un contexto de nuevas reglas culturales en las que cambió la tolerancia hacia algunas formas de ejercer el poder en el trabajo –y el espectador se ríe de ello–.

Lo que antes era parte natural de la jerarquía corporativa, hoy incluso puede terminar en una queja formal en Recursos Humanos o como una exhibición en redes sociales. Hoy eso tiene nombre y apellido, se denomina liderazgo tóxico.

Esto no significa que los entornos laborales agresivos hayan desaparecido. Muchas empresas todavía permiten la violencia y premian el sacrificio de la vida personal y la disponibilidad 24/7, la diferencia es que ahora existe una tensión mucho más visible entre los resultados y la forma de conseguirlos. Cambió el discurso más rápido que muchas prácticas.

Por eso resulta tan interesante ver a Miranda Priestly enfrentándose a reglas que antes no existían. La nueva película no muestra únicamente a una ejecutiva lidiando con el paso del tiempo y su impacto en la industria de los medios de comunicación, sino también un modelo de gestión de talento que ya ha perdido legitimidad.

Hoy, conceptos como el burnout, la violencia laboral y el mobbing, la salud mental o el equilibrio entre vida y trabajo forman parte de la conversación de una manera que hace dos décadas simplemente no existía.

Y es en ese contexto que surge una de las discusiones generacionales más frecuentes en la actualidad, pues frente a personas que hoy ponen límites más claros entre trabajo y vida personal, todavía permea la idea de que “a nosotros nos trataban peor”, como si haber sobrevivido a ambientes laborales agresivos justificara automáticamente repetirlos.

De esta manera, pudiera ser que la discusión de fondo no sea si las nuevas generaciones “aguantan menos”, lo que realmente deberíamos cuestionarnos es si durante demasiado tiempo confundimos autoridad con violencia o resultados con desgaste emocional, entre muchas otras conductas.

Porque la realidad es que nunca se trató del abrigo de Miranda Priestly, sino de la forma de entender el liderazgo y el poder en el trabajo. La diferencia es que hoy ese tipo de autoridad ya no es aceptada ni genera la misma admiración que hace 20 años.

Felipe Morales Fredes

Periodista. Actualmente es el editor de El Economista online. Entre 2019 y 2023 coordinó Capital Humano en sus versiones en línea e impresa. Tiene una especialización en periodismo de finanzas y negocios, y en periodismo de datos. Conductor de Redacción 458, un videopodcast semanal de información de actualidad, y co-conductor del podcast Coffee Break, sobre temas del mundo del trabajo.

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