Arte e ideas

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“Una librería es un lugar de descubrimiento”

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Por Concepción Moreno

Para Ricardo García Mainou, las librerías son bóvedas de memoria, además de lugares de placer y novedad.

La librería queretana El Faro de Alejandría ganó el VIII Premio Nacional de Librería que otorga cada año la Feria Internacional del Libro (FIL). Ricardo García Mainou, colaborador de Arte, ideas y gente y dueño y director de la librería, nos contestó vía mail algunas preguntas sobre su amor por los libros, la historia de la librería y los pedidos extraños que hacen algunas personas que entran al local.

Hay dos librerías que recuerdo en la adolescencia, una pequeña en Polanco, donde buscaba novelas de Agatha Christie entre los libros de texto; una que estaba llena de títulos en inglés, lo que entonces excitaba mi curiosidad (aún no leía en inglés). Pero si tuviera que mencionar la librería de mi infancia y adolescencia, paradójicamente, fueron varios puestos de periódicos, en la esquina de casa, y cerca del trabajo de mis padres. Pues ahí compré durante años cómics de todo tipo, y más tarde pasé a coleccionar las diferentes bibliotecas que salían cada semana.

A los libros los empecé a amar en casa. Mi madre siempre fue muy lectora y cuando empezaba a realizar el salto de cómic a los libros, me dejó su Tesoro de la Juventud, una suerte de enciclopedia con datos vetustos, fábulas, experimentos científicos y unas secciones que yo buscaba todo el tiempo: las narraciones extraordinarias.

Creo que sí. Una librería es mucho más que una tienda de libros. Los libros son el receptáculo último de la memoria de la civilización humana, aunque algunos piensen que esa responsabilidad cae ahora en eso intangible que es Internet. Como guardianes de ellos, no podemos pensar que la labor de la librería sea vender libros, quejarse de que la gente no lee y cada vez hay menos clientes, y mirar con envidia a los vendedores de dispositivos móviles. La librería está ahí para crear más lectores, para propiciar el descubrimiento de títulos que ni siquiera sabíamos que existían; está ahí para proponer y también para salvaguardar a los clásicos.

El Faro de Alejandría tenía abierta dos años y medio antes de que nos aventuráramos en comprar el traspaso y refundar la librería. El sueño era hacer la librería que me hubiera gustado visitar y conocer como lector.

Creo que cada librero, o por lo menos los dueños de librerías que todavía lo son (aparentemente no es requisito indispensable), tiene una librería en mente. Quizá el punto de partida es la librería que les gustaría como lector y de ahí se van realizando ajustes de acuerdo con la comunidad.

En ese sentido, no hay una sola librería de las grandes del mundo a la que se aspire a ser, pero hay cosas que algunos hacen muy bien y que se admiran. La exhibición y el manejo del espacio y capacitación del personal de las Feltrinelli, en Italia; el respeto multicultural y políglota de La Central de Barcelona; la flexibilidad y ánimo totalizante de las Barnes & Noble; el vínculo comunitario como referente cultural que puede tener City Lights en San Francisco.

Como en buena parte del país, el mercado de libro lo compiten las grandes cadenas, los supermercados y las librerías independientes. Hasta hace unos años, esa competencia la ganaban los grandes grupos, pues toda se centraba en un punto en que las independientes estaban en completa desventaja: el precio. A partir del precio único, los demás factores empezaron a entrar en juego, aunque el acceso que siguen teniendo los grandes grupos a ciertos títulos y editoriales es una ventaja dictada por las leyes del mercado.

Algunos de ellos nos mandan a los clientes que no pueden satisfacer.

Es imposible ser librero en este país y no haber pensado alguna vez en tirar la toalla. Lo que cambió el paradigma para mí fue entender que es imposible atraer a los no lectores, que esos que no leen no son nuestros mercado.

Lo que queremos es atraer a los lectores. A los que sí leen y suben ese abismal promedio de lectura nacional. A esos que buscan leer algo y no lo consiguen. Para los demás, las librerías no existen; pueden comprar algo para salir del paso en un intercambio de regalos y les da lo mismo hacerlo en el súper que en Sanborns.

En cierta manera sí. Aunque no puedo presumir conocer los miles de títulos que existen por ahí. Hay un equipo de trabajo que apoya en la selección. Hay distribuidores que se curan solos, cuya oferta es consistente y no te mandan basura. Otros que hay que vigilar más de cerca. La decisión a veces es simplemente de abrir la puerta a ciertas editoriales y a otras no. Pero la gran mayoría tiene títulos relevantes y hay que aprender a detectar cuáles, y cuando digo relevantes digo lo que para nosotros significa libros codiciados.

Nuestras secciones de narrativa negra y breve. Pero también las secciones de ensayo y crónica.

Un cliente entró una vez y dijo: Estoy buscando un libro, no sé su título o su autor, pero es sobre un hombre de 40 años, no recuerdo más... . Muchos de los pedidos son búsquedas de recuerdos de infancia, el libro que les leía su mamá de chiquitos, el libro de cocina de su tía, en fin. Quizá esos pedidos de libros antiguos sean los más difíciles de conseguir. El más extraño pudo ser un cliente que me escribió pidiendo un libro para que cuando su hijo creciera se convirtiera en mejor persona. Existe la creencia en mucha gente que para adquirir un libro que vieron alguna vez sólo es cuestión de ir a una librería y pedirlo, que todo se sigue reeditando y que cada librería debe tener ejemplares suficientes y disponibilidad casi inmediata. Nuestra misión es que tengan razón en esa fantasía, y algunas veces lo conseguimos.

El Faro de Alejandría está presente en la edición 2015 de la FIL Guadalajara.

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