Su vida muy pudo haber sido una de sus novelas. Porque en Charles Dickens, uno de los escritores más conocidos de la literatura universal, y que hace dos días hubiera celebrado 200 años, se cumplió la sentencia de que infancia es destino. O lo que dijo Hemingway sobre la relación directamente proporcional entre el talento y las infancias infelices.

Nacido en el seno de una familia de clase media, en Portsmouth, Inglaterra, Charles Dickens tuvo un padre oficinista, contento pero con tendencia al despilfarro y ganas de ascender. La familia muy pronto se trasladó de Kent a Somerset House, un barrio de Londres, y tiempo después a Chatham, también en la capital Pero el destino iba a convertírsele en sombrío. A los nueve años, Dickens abandonó la educación formal, pues sus estudios quedaron truncados cuando su padre fue encarcelado por no pagar sus deudas. El pequeño Charles tuvo que trabajar y mantenerse desde los 12 años. Consiguió un empleo en la Warren’s Boot-Blacking Factory, convirtiendo toda chancla vieja en bota nueva, manchándose de tinta las manos y arruinándose la piel y el sentido del olfato. (Más tarde describiría, sólo levemente alterada, aquella su experiencia de tinturista de calzado, en su novela David Copperfield).

El dinero que ganaba lo usaba para pagar la renta, comprar pan y carne seca y enviar lo que quedaba a su madre y hermanos. Las condiciones deplorables en que trabajaban los obreros, con jornadas interminables y una explotación aterradora marcarían su espíritu. Y el sentimiento de abandono que le provocaba su familia ni le arrancó la esperanza ni lo llenó de autocompadecimiento. Los retratos de toda la tristeza que miró en los barrios obreros londinenses del siglo XIX terminaría apareciendo crudamente en sus novelas y aligerando su cuentos. Porque la parte buena y muy amable de muy dura vida también le dio oportunidad de recorrer calles y lugares, leer cualquier cosa que le agradara y escribir mucho y sin detenerse.

Su labor como escritor comenzó en la prensa. Dickens se convirtió en colaborador de periódicos como The Mirror of Parliament y The Morning Chronicle. Gracias a ello publicó Los papeles póstumos del club Pickwick (que como dato curioso fue traducida al francés por Benito Pérez Galdós, al que consideraba como uno de sus maestros) y que consiguió páginas centrales del periódico. Ideada como una novela de entregas desde el principio es, quizá, la primera gran novela de Dickens. La historia, con un humor disparatado, poco frecuente en la Inglaterra decimonónica, narra las aventuras de cuatro miembros de un club muy especial, que debe su nombre al señor Samuel Pickwick, un filántropo con pretensiones de filosofo que, junto con tres adeptos a su hermandad, inicia un viaje por Inglaterra. Mirando todo y haciendo crónicas de todo Los papeles póstumos del club Pickwick fueron una entrada de lujo al mundo de la literatura y la razón de una muy bien merecida fama. Sobre todo, tomando en cuenta que en aquel momento Dickens tenía 24 años. En 1843 publicó A Chirstmas Carroll conocida en castellano como Canción de Navidad o Un cuento de Navidad, obra que se convirtió rápidamente en un clásico –no de la literatura infantil, ya que los niños no eran su propósito original- sino en la obra más representada en Navidad en cualquier tipo de formato.

Una vez convertido en escritor fue feliz y se dio cuenta, como se lo escribió a su esposa Catherine Thompson Hogarth, que todo había sido posible porque se había dedicado a las cosas más pequeñas con la misma atención y cuidado que se había dedicado a las más grandes. Todavía hoy en su bicentenario, sus obras se están leyendo, vuelven a adaptarse y a hablan otros lenguajes. Oliver Twist, La tienda de antigüedades, Historia de dos ciudades, Grandes esperanzas y muchas otras han cambiado de novela, a video, serie de TV, a obra musical. Las que no han tenido tal popularidad pueden ser interesante alternativa (no leer otra vez la historia del desalmado Scrooge sino El grillo del hogar , por ejemplo u olvidarse de La pequeña Dorrit para sobrecogerse con su cuento El loco ). Pero el caso es que todavía hay que leer a Dickens.

No está en mi naturaleza ocultar nada , escribió Dickens a un crítico que le reclamaba cierto sentimentalismo y artificio como escritor: No puedo cerrar mis labios cuando he abierto mi corazón .

Pero dicen, todo fuera como eso, que la carta remataba: No juzgue nada por su aspecto, sino por la evidencia. No hay mejor regla para comprenderlo todo .

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