Uno de los temas recurrentes en esta columna ha sido la violencia de género. La insistencia no es gratuita: la terca realidad exige una y otra vez llamar la atención hacia un problema social y político que no se resuelve, entre muchas otras razones, por falta de voluntad política, por indiferencia social y por las rachas de olvido.

El reciente caso de Ana ?Gabriela Guevara es un buen ejemplo: su denuncia ante los medios y en redes sociales desató una fuerte reacción de indignación en la sociedad, entre opinólogos y en parte de la clase política. Esta indignación se duplicó ante el linchamiento de la víctima por parte de hombres y mujeres que parecían alegrarse por su desgracia, la justificaban o incluso amenazaban a la mujer ya lastimada con más violencia. La virulencia de los comentarios anónimos y la visibilidad de la senadora y ex campeona olímpica convirtieron el caso en noticia nacional e internacional de primera importancia.

De poco ha servido esta notoriedad, sin embargo. El principal sospechoso tuvo tiempo de ampararse y de los demás agresores poco se sabe. Como suele suceder, a la denuncia sigue la morosidad de las autoridades; al escándalo, la indiferencia y el olvido; a las expresiones de indignación y a las promesas de aplicar todo el peso de la ley , la modorra, sobre todo si se atraviesa un puente o una fiesta. Nada parece tener la importancia suficiente y necesaria para sostener la atención del público y de las autoridades encargadas del sistema de justicia o de las políticas de igualdad.

Estas oleadas de interés y amnesia caracterizan tal vez toda la vida social y política actual, pero son particularmente evidentes y graves cuando lo que está en juego es la vida de millones de personas. Si sólo nos limitamos a México, el ir olvidando el feminicidio en Ciudad Juárez y en el Estado de México, el dejar pasar el caso de Marisela Escobedo o el de Mariana Lima, el seguir en la ignorancia, total o parcial, acerca del multihomicidio en la colonia Narvarte o del after Heaven o del News Divine, en nada contribuyen a la prevención de la violencia, de género o delincuencial, ni a la valoración de la justicia, ni a la convivencia social.

Olvidar hasta que un nuevo acto de barbarie nos obliga a abrir los ojos para reconocer el grado de saña que enfrentamos y entonces indignarnos, movilizarnos... y volver a caer en la inmovilidad, puede ser un mecanismo de defensa contra el shock recurrente. Es también una reacción esquizofrénica que desgasta a la sociedad.

Si a alguien benefician estas rachas de amnesia y este desgaste social es a las autoridades que han optado por simular y niegan o minimizan los problemas en vez de contribuir a resolverlos: a cada ola de protestas y denuncias, responden con las promesas de costumbre, los medios retoman comunicados y declaraciones, se lamenta la suerte de la(s) víctima(s) y se pasa a otro tema: al gobernador que denigró a las mujeres indígenas, al que nombró a un fiscal de dudosa ética, como si nada tuviera que ver un asunto con otro. A fin de año se nos dice que somos un gran país y que debemos seguir unidos .

A nadie hace daño mirar la vida con optimismo, pero andar sobre una alfombra debajo de la cual se ha barrido demasiada basura no garantiza un buen camino. Por ello es necesario recordar los nombres de víctimas y lugares, reconocer las semejanzas y conexiones entre los episodios de una misma serie que una y otra vez se nos presenta como gran novedad o nueva tragedia inesperada... y cambiar el guion.

De nada nos sirven más promesas. Necesitamos rendición de cuentas, explicaciones racionales, una versión más comprensible de la realidad. Quienes no han olvidado, las familias de más 28,000 personas desaparecidas, las madres de miles de niñas y mujeres asesinadas, las miles de jóvenes que se han movilizado contra el acoso y violencia nos recuerdan que sin memoria y justicia no hay país habitable. Ése es hoy nuestro reto.

lucia.melgar@gmail.com