Había pasado frente al letrero cientos de veces. Tal vez por ello nunca se me ocurrió hacerle caso. Tuvo que venir de vacaciones mi amiga María Regueira para que -mientras paseábamos por el Centro Histórico y yo le decía que en tal lugar estaba el zoológico de Moctezuma y, más tarde, durante el Virreinato, en dicho predio se construyó el convento de San Francisco, o este palacio fue la residencia de Agustín de Iturbide, primer emperador de México, o allá, en ese edificio en ruinas que antes era hotel, hay un fantasma de una niña que asustaba a quienes se hospedaban en la habitación 709-, caminando por Bolívar 27, volviera a ver el anuncio: Museo del Calzado, y le preguntara a mi acompañante si deseaba entrar.

María aceptó. Subimos entonces a un primer piso por unas escaleras estrechas cuando, de pronto, nos encontramos en un museo alucinante, magnífico, tercero en su tipo a nivel mundial, con más de 2,000 piezas de calzado del siglo II a nuestros días, y otros miles de objetos, miniaturas, llaveros, calzadores, polainas, instrumentos de trabajo, alusivos a la práctica de no caminar descalzos.

Aunque no se sabe el momento histórico en el que la humanidad empezó a utilizar bolsas de piel de algún animal para envolver y resguardar los pies de la intemperie o, de manera más sofisticada, a crear y usar chanclas, sandalias, abarcas o como se le llame, según la región, a un trozo de equis o ye material que proteja la planta del pie del suelo, el Museo exhibe, por ejemplo, calzados egipcios de cuero púrpura del siglo IV, o de metal, del VI, que son un portento para la imaginación.

Aquí una leyenda: se dice que los faraones mandaban pintar en la suela de sus sandalias el rostro de sus enemigos para, de manera simbólica, durante las ceremonias oficiales, pisar y someter a todas aquellas personas contrarias a su poder.

También en la exposición se puede contemplar las minúsculas zapatillas chinas (de no más de 10 centímetros de largo), cuya idiosincrasia dicta que la belleza en la mujer está en los pies pequeños, o las babuchas, los madroños, los suecos, los botines y botas, zapatos de tacón, mocasines, etcétera, de diferentes épocas y lugares que, en sí mismos, son la huella que los hombres y las mujeres dejan a cada paso sobre el planeta. Otro aspecto interesante del museo radica en los calzados que diferentes personalidades, Carlos Fuentes, Ramón Xirau y Alí Chumacero, por ejemplo, donaron en su momento al sitio y, cosa curiosa, pareciera que el mocasín del primero, el bostoniano del segundo o el gigantesco zapato del tercero son extensiones de sus cuerpos que hablan tanto de ellos como de su literatura y filosofía. Hay zapatos deportivos de Julio César Chávez, Soraya Jiménez, Hugo Sánchez, Jorge Campos o zapatillas de torero de Enrique Ponce y Cristina Sánchez, entre otras celebridades.

Al fondo del museo, en una larga vitrina, se exhiben los diferentes tipos de huaraches que se usan en México, divididos por regiones y que también hablan de la idiosincrasia de los grupos étnicos del norte y el sur del país, del altiplano, etcétera. En el segundo piso se exponen zapatos en miniatura, de porcelanas francesas de los siglos XVI y XVII, por ejemplo, de vidrio estadounidense del siglo pasado y una vasta colección de piezas mexicanas.

El Museo del Calzado es, en resumen, una rara joya que uno descubre en un paseo cualquiera por el Centro Histórico, y tanto María como yo quedamos de volver a El Borceguí, zapatería fundada en 1865, también digna de visitarse, que patrocina y se ubica en el primer piso de este templo del zapato, para comprarnos unas babuchas.