El 17 de enero de 1953 Julio Cortázar estaba en París. Tenía 39 años, estaba a punto de casarse con Aurora Bernárdez, a 10 años de publicar Rayuela, y contestando una carta a su amigo Eduardo Jonquieres en la que le decía:

Tus noticias sobre los cronopios me llenan de contento porque yo los quiero mucho a esos bichos y me parecía que mis amigos eran injustos con ellos. Daniel me señaló con elegancia un reparo: se ve la facilidad y que yo podría seguir indefinidamente agregando cuentos de cronopios y famas. Es cierto. Los cronopios me nacían en la calle, en el metro, en los cafés, cronopios por todos lados, metiéndose en unos líos horrendos y siempre deliciosos y radiantes en simpatía. Pero contra esa facilidad me tracé un límite. Escribí mi último cuento y decidí ya basta .

Su estancia en Europa la había planeado muchos años antes.

Creo que me voy a Europa antes de fin de año , le escribió a Sergio Sergi en 1948, también a mediados de enero. No se asuste, será nada más, ¡ay!, un viaje de tres meses a Italia y Francia. Por supuesto que este viaje depende de un montón de cosas (por suerte no de dinero, porque hace un año que me aprendí de memoria la fábula de la cigarra y la hormiga, y me puse resueltamente de parte de la hormiga, lo cual es asqueroso ya que la cigarra tenía toda la razón, pero todavía no se han inventado viajes gratis a Europa, salvo cuando a uno lo manda la Universidad… y usted sabe que yo… etc. etc. De manera que me voy a Europa si las cosas se componen .

Las cosas se compusieron. En 1951, todavía en Buenos Aires, Cortázar publicó Bestiario. Después consiguió una beca para estudiar en París y ya en la ciudad luz, trabajó como distribuidor de libros y perdió un empleo como locutor radial debido a su muy argentino y marcado acento. Pero ya estaba en París. Una ciudad representativa de las artes, el lugar más icónico para los escritores desde principios del siglo XX y la cuna de los movimientos literarios en lengua española como el modernismo de Rubén Darío, el creacionismo del Vicente Huidobro, lo real maravilloso de Alejo Carpentier. Julio estaba en París -una ciudad donde todos los escritores del llamado boom latinoamericano hallarían inspiración y consuelo- y, aunque hubo viajes y un breve retorno a casa, ahí se quedaría.

Sé casi lo que le pasó todos los días. Y hablo con conocimiento de causa. Con fuentes documentales verídicas, como si hubiera esculcado el mismísimo cajón de Julio. Tengo todas sus cartas. Por lo pronto, las que escribió de 1937 a 1968. Y he podido repasar sus viajes, enterarme de qué opinaba de Gide y sus traducciones, qué tanto sufrió o disfrutó escribir sus libros, cómo le confesó a su mamá que era un hombre que jamás se aburrió un solo segundo a lo largo de toda su vida y sentir, además del desmedido amor que le tengo, una reverencial envidia por esa causa.

Un panorama ideal, ¿verdad? Una condición que muchos desearían si se tratara de escritores favoritos. Pero, (¡ay, qué pena!) todo fuera como eso.

Nunca fui a su buhardilla y las cartas de Cortázar son tan mías como de todos.

Las tengo en una edición de Alfaguara, Cartas de Julio Cortázar, organizada en cinco volúmenes y que abarcan un periodo comprendido entre 1937 y 1984. Una versión corregida respecto de la publicada en el 2000, que presenta más de 1,000 cartas nuevas, recupera los fragmentos suprimidos en la primera edición e incluye índices de obras del autor y de personas citadas. En mi mesa de noche, sin embargo, sólo los primeros tres tomos. En mi esperanza, la meta de poder tener hasta los últimos dos que se podrán conseguir hasta el mes de mayo. Para mi alegría, una de las frases que de Julio encontré en el primer libro: Odio las cartas literarias, cuidadosamente preparadas, copiadas y vueltas a copiar; yo me siento a la máquina y dejo correr el vasto río de los pensamientos y los afectos .

Y mientras tanto, yo, feliz de estar en esta orilla.

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