En la convergencia de Juárez, Bucareli y Reforma apesta. Y no, no es por los senadores que tienen sus oficinas en la Torre Caballito. Es que ahí se ubica un importante respirador del drenaje profundo de la Ciudad de México.

Ahí también encontramos otra cosa horrible: El caballito en la versión del dizque escultor Sebastián. Los de mi generación xennials, millennials, ya no sé sólo hemos conocido ese Caballito ahí, pero durante años fue casa de la estatua ecuestre de Carlos IV.

Este nuevo Caballito fue comisionado por el entonces Departamento del Distrito Federal a finales de los 80 y dedicado en 1991. Es una obra de doble cara: al mismo tiempo que recrea la vista, dispersa al aire los efluvios dañinos del retrete chilango.

No quiero ser injusta con Sebastián, pero ha hecho adefesio tras adefesio y se los ha vendido carísimos a los gobiernos de distintos estados. Se pasa de vivo o de gañán.

El caballito de Sebastián es horrendo si lo comparamos con la calma elegancia del original, obra de Manuel Tolsá. La pieza de Sebastián además se ha deteriorado con el tiempo.

Hoy luce con algunas partes oxidadas y rayones.

A El caballito de Tolsá ya sabemos cómo le fue en su restauración. Le echaron a perder la pátina original y todo lo que no había hecho el tiempo lo hizo un trabajador inepto. Hace unos días se presentó la restauración. No soy experta en pátinas, pero al menos se ve bien. Dios mediante.

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