Se cumplieron 155 años de la fundación de la Cruz Roja Internacional, una organización cuyo fin es el más loable: aquel de detener la barbarie en la que vivimos los seres humanos. Fundada en el 1863 en Ginebra, Suiza, sus creadores fueron como profetas. De algún modo sabían que se venían las guerras más descarnadas de la historia y había que haber un resquicio para la piedad.

Durante las guerras su labor es de lo más importante: gracias a la Cruz Roja los prisioneros de guerra conservaron sus derechos, los que (mucho) después establecerían en el Tratado de Versalles, el mismo que termina la Primera Guerra Mundial en 1920.

Leía un libro sobre el documental acerca de la Segunda Guerra Mundial de Ken Burns, The War, una suerte de historia documental de dicha guerra.

La calidad de vida de los prisioneros de guerra fue terrible en ambas, pero muchos sobrevivieron apenas gracias al correo de la Cruz Roja, inclusive en casos donde la organización ya no podía ayudar médicamente por falta de recursos.

Sí, me refiero al simple correo: cartas y paquetes que la Cruz se esforzaba denodadamente por hacer pasar más allá de las líneas enemigas, cartas de familia que mantenían el espíritu de los combatientes en los momentos más desesperados.

En su historia, la Cruz Roja ha tenido casi 100 millones de voluntarios. Durante sus primeros años, la mayoría de éstos fueron mujeres, las que se quedaban atrás en casa mientras los héroes se mataban entre sí. En la foto que hoy nos entrega el Archivo Gustavo Casasola vemos a estas voluntarias recibiendo su pendón.

Más fotos en www.casasolamexico.com y @ArchivoCasasola.

 

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