Hace unos días, en entrevista con Rosa Montero, la autora española comentaba sobre el gran respeto que se ha ganado la novela negra en el mundo literario en español, que antes tanto despreciara a prácticamente todos los que llamaba subgéneros.

Buena parte de la literatura contemporánea tiene elementos de novela negra, explicó Montero, y añadió que tal vez esto se deba a que es la única épica que nos queda actualmente .

Así que no está de más llamar la atención sobre la magnífica La isla de los cazadores de pájaros, la magnífica novela negra del escocés Peter May que no pretende ser más que eso: una magnífica novela negra.

Aunque hay que destacar que en su texto May se basa en una ruda épica contemporánea, la de un pueblito de pescadores que año con año, desde hace cientos, van en medio de un proceloso mar a una agreste isla cercana a cazar aves, crías de alcatraz, gugas las llaman ellos.

Matar a la cría del alcatraz no tiene chiste alguno, pero llegar a la isla, desembarcar y sobrevivir mientras las furiosas tormentas de la temporada dan permiso a que un barco se acerque a recoger al selecto grupo de doce pescadores, eso sí que tiene mérito.

En el pequeño pueblo de Lewis, ir a cazar gugas es todo un rito de iniciación, de entrada a la adultez.

El mundo es un pañuelo... y una pequeña barca

El deprimido detective Fin Macleod, de Edimburgo, es enviado a su pueblo natal en la Isla de Lewis para investigar un asesinato similar a otro cometido en su demarcación.

El asesinado era el bully del salón de Macleod en primaria, así que en la investigación no tarda en encontrarse con muchos de sus compañeros de la única escuela del pueblo, entre los que destacan su mejor amigo y la niña que le gustaba.

La narración se alterna entre la investigación y los recuerdos de la infancia y juventud del huérfano Macleod en el opresivo pueblo, cuyos habitantes entienden la religión como la supresión de todo lo que pueda proporcionar alegría o placer (con la muy posible excepción del alcohol y la violencia moderada).

De pronto, para Macleod la investigación parece pasar a segundo término mientras reconstruye las buenas razones que tuvo para salir de su pueblo, cosa que sucedió poco después de que participara en la expedición a cazar gugas.

Y con los lectores sucede lo mismo: la vida cotidiana del lugar, sea cuando los protagonistas eran niños, se pegaban en los recuerdos y se besaban a escondidas, o cuando son adultos, tienen hijos, pelean en los bares y, por lo menos en esta ocasión, se asesinan, es apasionante.

El final tiene una pequeña trampa que hace que la novela sea aún más negra pero puede decepcionar (un poco) a algunos lectores exigentes. Pero hay que insistir: es una muy buena novela negra que no pretende más que eso.

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