Existen cuatro o cinco escritores mexicanos que con su estética abrazan las llagas del fin y deliran a su ritmo. Uno de ellos es Guillermo Fadanelli, quien con su más reciente libro de relatos Mariana Constrictor (Almadía, 2011) pone una nueva capa de barniz a ese estilo viscoso, abyecto, virulento, cruel y descarnado que lo pone ya a la altura de una gran generación de escritores no sólo latinoamericanos sino, sobre todo, estadounidenses que extraen de la vitalidad, el frenesí, los flujos corpóreos, el excremento y el miedo, la materia fundamental de su prosa: John Fante, Charles Bukowski, Malcolm Lowry, Allen Ginsberg, William Burroughs, Cormac McCarthy o Chuck Palahniuk.

Mariana Constrictor tiene 14 relatos en los cuales refulgen piezas del mejor Fadanelli: aquel que cuando escribe no tiene concesiones a la hora de mirar el pasado y el presente, a la hora de no atemperar su decepción ante la sociedad, a la hora de ser testigo de la errancia del alma humana en un mundo que la ha exiliado de su sistema, a la hora de escribir con las vísceras sobre el teclado, a la hora de morir conscientemente, es decir, a la hora de ir cavando la propia tumba en el propio cuerpo.

Un grupo de jóvenes escritores mexicanos contratados para vender árboles de Navidad en Nueva York de pronto se ven obligados a bajar de su Olimpo y a desantender sus sueños para soportar el frío y el desvelo.

Mariana, una depredadora sexual de hombres es, a ojos de su pareja, una voraz serpiente de abrazos asfixiantes.

Un niño, cuya familia es creyente y prebendada, cuenta discretamente el secreto que los curas que lo violan le han pedido guardar.

Un policía honrado que cumple con la tarea de vigilar una sala de arte le da una lección de disciplina a un pedante sabelotodo.

Estos y otros personajes apuntan a la preocupación central de Fadanelli en estos cuentos: contar desde la oblicuidad la sordidez que se filtra en la realidad, pese a la acumulación de simulacros en los que creemos existir.

Fadanelli es, además, uno de los pocos escritores mexicanos mayores de 40 años que mantiene algo de autenticidad y vigor poético. La mayoría es lo mismo: literatura para el marketing: fraseología dictada.

Con libros como este se comprueba también que Almadía tiene el tino de acotar una propuesta muy vital de contención y explosividad: armar un catálogo con escritores que saben mirar la oscuridad como gatos en la noche. Si hay un escritor felino y fiero que maúlla, gime y gruñe, es Fadanelli. A veces es hasta uraño: difícil es seguir su pista y atraparlo. Los gatos que se esconden suelen perderse al cruzar a los tejados vecinos. Y perderse no es algo extraño para este implacable vicioso de la noche.

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