Lectura 4:00 min
Hopper, recuerdos ?de una ciudad ?perdida y encontrada
Nueva York, otoño es los Yanquis en Serie Mundial pero también Edward Hopper pintando a la luz de la resolana. Aquí, mi homenaje al artista y a la ciudad que hizo suya.

Reading Yeats I do not think
Of Ireland
But of midsummer New York
And of myself back then
Lawrence Ferlinghetti, Pictures of the Gone World
Quizá Edward Hopper sea Nueva York. Quizá tengan razón los que han querido ver en Nighthawks la quintaesencia de la noche neoyorquina: no la fiesta y el espectáculo, sino la luz en la oscuridad, la luz que no se apaga hasta que el último solitario haya salido a darle una calada al cigarrillo de la melancolía para, después, seguir su camino en esa inmensa ciudad de esquinas y escalones; esa ciudad de horizonte vertical rematado en punta que no desgarra el cielo, sino que lo rasca.
Quizá el poeta Mark Strand habla con sabiduría cuando escribe de Nighthawks: Mirándolo nos quedamos suspendidos entre dos imperativos contradictorios: uno gobernado por el trapecio (que está la centro del cuadro), que nos apremia a seguir adelante, y el otro, dominado por la imagen de una cafetería en medio de la noche, un lugar seguro e iluminado en el que queremos permanecer .
De ahí, dice, la gran melancolía de la obra: debemos dejarla ir aunque nos invite a quedarnos. Eso es Nueva York también: una ciudad perdida y encontrada múltiples veces. Es Hopper, para Strand, un filósofo del viaje. Cada escena retratada es una imagen que miramos al pasar, en la que no podemos intervenir aunque despierte nuestra curiosidad. No podemos más que observar esos momentos privilegiados desde una respetuosa distancia .
Esa respetuosa distancia, ese apego por lo que se ve por el rabillo del ojo, esas escenas que resultan memorables de tan sólo pasar frente a ellas: eso es caminar por Nueva York la primera y la tercera y la tricentésima vez. Cada parpadeo, un poema que quieres retener pero que se te va porque no tenías ni un lápiz a la mano. Nueva York es poesía del olvido. Nueva York es como Hopper:
memoria de lo anodino como si fuera un monumento. Cada cuadro de Hopper podría llamarse: Nueva York, instrucciones para perderse , Nueva York, instrucciones para desaparecer , Nueva York, instrucciones para volver después de haber vagado mucho tiempo . Hopper no solo cargaba con un lápiz y una memoria infalible, su imaginación era peculiar: imaginó una ciudad para que todos pensáramos que era real; la imaginó con su pincel, metido como un embrujo en nuestra memoria. Capturó y puso frente a nuestros ojos eso visto que no sabíamos que se volvería un pedazo tan querido de nuestro pasado. Hasta que no la vimos en la obra de Hopper, no supimos la dimensión de nuestra nostalgia.
Gracias a Hopper, nos contamos a nosotros mismos aquella vez que estábamos en silencio en un cuarto de hotel leyendo a Raymond Carver o a J. D. Salinger o, tal vez, a Lawrence Ferlinghetti (tal vez, leíamos a Ferlinghetti leyendo a Yeats, tal vez, leíamos a Ferlinghetti soñando con Picasso). Está también esa vez que miramos por la ventana del departamento y vimos a una persona a través de otra ventana, que miraba por otra ventana que daba a otra ventana y, más allá, sólo se veía la calle y el aire te recordaba que empieza la temporada de lluvias y más te vale meter la ropa. Es la vez que te sentaste a tomar un café en completa soledad, confundido y necesitado. Es cómo levantaste esa taza de café, como si aferrarla fuera tu único asidero con la Tierra y su normalidad.
Quizá Edward Hopper no sea un filósofo ni un poeta ni el primer gran artista de la metrópoli contemporánea. Quizá Edward Hopper sólo sea un recuerdo colectivo convertido en lienzo.
Quizá, como Nueva York, Hopper no sea más que una versión de algo que ya vivimos, supimos o sospechamos. Quizá sean tan inseparables como una cerveza y las ganas de emborracharse, tan propios uno del otro como los secretos, las posibilidades y los recuerdos.
concepcion.moreno@eleconomista.mx