En su última novela, Adiós, Tomasa (Alfaguara, 2019), Geney Beltrán es en su narrativa tan conmovedor como desgarrador. Es un libro que ha tomado al menos dos décadas en publicarse desde que el autor, nacido en Tamazula, Durango, en 1976, se planteó escribirlo. Es quizás su libro más personal, una ficción dotada de recuerdos varios, de su propia infancia, incluyendo algunos episodios de violencia.

Es la historia de la familia Carrasco Heras, habitante del pueblo duranguense de Chapotán, en el Triángulo Dorado, en la Sierra Madre Occidental, que recibe como empleada doméstica a una bella joven de nombre Tomasa. El libro vaticina que no pasará mucho para que esa comunión entre la familia y la recién llegada sea trastocada por la irrupción de dos narcotraficantes del pueblo vecino, protegidos por el ejército.

El primer capítulo es, de por sí, indignante. La joven es raptada por un narcotraficante, impune por sus vínculos con la autoridad militar, y abusada sin que pueda hacer nada para evitarlo. Es la historia ficcionada del rapto de la Tomasa de la infancia del autor, Geney Beltrán Félix. “Yo quería contar la historia de Tomasa. Fue una persona a la que todos en la familia queríamos mucho. Mi mamá estaba devastada cuando se enteró de que se la habían llevado”, comparte en entrevista.

Sin embargo, señala que no se trata de una narrativa de violencia esquemática donde todo el mundo está pensando siempre en el tráfico, en las drogas, siempre en matar a alguien, sino una historia que involucra al lector en la vida de esta familia, que lo lleva de la mano con la visión de un niño, Flavio, el hijo menor de ese núcleo familiar, el pequeño varoncito que está abierto al descubrimiento de la otredad, esos seres que lo rodean y no termina por comprender, que vive un momento en el que todavía no se ha endurecido y su identidad se está formando, tanto así que se siente reprobado por la mirada de su padre.

“Es difícil abordar el tema de la violencia y del narcotráfico porque fácilmente puede irse por el lado amarillista, puede ser objeto de un tratamiento que busca impactar al lector con historias truculentas”, declara el autor para tomar distancia de ese estilo de narrativa.

Educación para la violencia machista

Beltrán Félix, ganador del Premio Bellas Artes de Narrativa Colima 2015, anota que tanto en la novela como el pueblo en el que creció, los sucesos terribles que ocurrían eran consecuencia de todo un mundo donde la violencia estaba presente aunque no se hiciera manifiesta con ese énfasis trágico como el que le ocurre a Tomasa.

Por ello, asegura que le interesaba escribir, además de una historia sobre la violencia normalizada contra las mujeres, en la que los roles de género estaban rotundamente marcados, sobre la violencia contra los niños: “Con una educación muy dura, muy de forjar a todos los varones como futuros machos”.

Identifica en ese tipo de educación, “tan brutal, indiferente a las emociones y a la sensibilidad de un niño, como el momento en el que se siembra la semilla de la futura violencia que esos niños ya adultos van a cometer contra mujeres a quienes se les educa como objetos de placer”.

Adiós, Tomasa tiene sutilezas fundamentales, escudriña en situaciones de la vida cotidiana de una familia rural de la época, en momentos en los que parece que no está pasando nada, como un simple desayuno, que, sin embargo, son instantes en los que se ejercen los roles, donde se define qué hace un varón y qué hace una mujer o qué es lo que se espera que haga cada uno de ellos.

“Ese tipo de asuntos de la vida cotidiana y de la identidad familiar forman parte del mundo del narcotráfico. En cualquier asunto humano encontraremos esas interrelaciones (...) Ese mundo de los afectos, de los vínculos sentimentales, es otro aspecto que muchas veces no está en la narrativa de la violencia”.

Contar la realidad afectiva

Geney Beltrán considera importante, incluso en términos políticos, que la literatura y, en general, cualquier manifestación del arte, considere la realidad afectiva de los personajes, las necesidades de apego que una sociedad violenta no satisface y que explica muchas reacciones agresivas. “Si nosotros lo mostramos, entonces hay oportunidad de que el lector entienda de manera más compleja el fenómeno de la violencia”, señala.

Explica que, por ejemplo, en algún momento de la novela, se relata el origen de los personajes narcotraficantes, provenientes de hogares rotos por la migración y el alcoholismo. Lamenta que, por otro lado, en nuestra sociedad suele enjuiciarse la conducta de una persona pero no se hace un examen de qué fue lo que ocurrió para que se diera como resultado esa conducta. “Si nosotros estamos cómodamente instalados en la ciudad, con otro tipo de posibilidades de desarrollo profesional, fácilmente podemos terminar juzgando a alguien que no tiene esas oportunidades”.

Señala que más allá de hacer denuncia social a través de la ficción, es una posibilidad del escritor dar una imagen compleja de la experiencia humana sin enjuiciar. Asegura que ese es un aprendizaje que coloca al lector ante la posibilidad de cuestionarse, con una visión oblicua e íntima a través de la cual se puede ver una relación con el mundo real. “El reto es no caer en la trivialización y tratar de que lo que uno represente tenga la sensibilidad para no comerciar con el dolor de las víctimas. Si eso logra llegar a la conciencia del lector, creo que la ficción habría cumplido un propósito que es no cambiar el mundo sino cambiar la visión que del mundo tiene el lector. Ahí es donde creo que está el espacio de combate del escritor”, concluye.

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