¡Guau! ¡Guau! ¡Guau! Candela salta sobre las escaleras del porche para saludar con sus enormes patas peludas; Bruno también se alborota. Detrás de la pareja de pastores ingleses se asoma el rostro sonriente de Antonio García de León Griego, quien viste elegante guayabera de cuello mao: el ilustre jaltipaneco jaranero e historiador de los piratas, de la costa del Sotavento y los últimos alientos de la Colonia; de las regiones de Chiapas que vivieron en el Porfiriato hasta los 70. También poeta y grabador anónimo. Militante político. Marxista de voz suave que transitó su infancia cuando en su pueblo todavía no se conocía la palabra hielo y encontró su destino profesional en Francia, alumbrado por el fuerte recuerdo de peones acasillados y el pensamiento de los historiadores europeos del materialismo.

En diciembre pasado, Antonio García de León Griego recibió, a sus 71 años de edad, el Premio Nacional de Ciencias y Artes en el campo de la historia. Distinción que no esperaba porque nunca ha querido pertenecer al Sistema Nacional de Investigadores y porque considera que la historia no es una ciencia pura sino un género literario.

Nació en Jáltipan, Veracruz, pero desde hace más de 20 años vive en Tepoztlán, Morelos. Su casa se asienta en una cálida calle de piso de piedra bola que serpentea a los pies del cerro El Tepozteco.

El Porfiriato en vivo

Lo que me animó a hacer historia fue encontrarme con la extraña sorpresa de que en Chiapas, en 1970, había peones acasillados: el Porfiriato en vivo. Entonces me planté una pregunta básica: ¿aquí no llegó la Revolución Mexicana? Al menos en Veracruz, el entorno en que crecí, nunca vi algo así: gentes alcoholizadas a quienes remuneraban su trabajo con fichas de cartón para ser cambiadas en una tienda de raya... en fincas tremendas, sobre todo al norte del estado, en la región de Simojovel, donde los patrones abusaban de las niñas. Y eso ocurría con comunidades indígenas y mestizas .

García de León insiste: Chiapas no se había puesto al día desde la Revolución . En 1970, el historiador tenía 26 años... Había terminado sus estudios de licenciatura en Lingüística, en la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), y obtuvo su primera ocupación como investigador de la lengua ch’ol en comunidades de Chiapas, dentro del equipo del arqueólogo Alberto Ruz Lhuillier, que entonces era director del Centro de Estudios Mayas.

Fue entonces cuando se encontró con ese mundo de injusticia social, y las necesidades de las comunidades lo llevaron a hacer historia: inició un trabajo sistemático de investigación de archivos en busca de documentos que expusieran los cambios de propiedad de las tierras. Descubrió que en 1920, cuando finalizó la Revolución, los hacendados de Chiapas no fueron derrotados porque se levantaron en armas contra Venustiano Carranza, y Álvaro Obregón les dio el poder, mismo que mantuvieron hasta que en 1974, con la crisis del café, se comenzaron a modernizar las fincas. Pero aquella historia no quedó saldada hasta después de 1994 con el último reparto de tierras.

En 1978, Antonio García de León obtuvo una beca para estudiar en Francia, y ya en la Universidad de París se encontró con François Chevalier, célebre estudioso de las problemáticas latinoamericanas, quien lo animó a hacer su tesis de historia, que luego publicó en 1985 en una versión más literaria: Resistencia y Utopía: memorial de agravios y crónica de revueltas y profecías acaecidas en la provincia de Chiapas durante los últimos 500 años de su historia (Editorial Era).

Hoy dice tener la satisfacción de que ese texto se ha leído en casi todas las comunidades de Chiapas; incluso tiene la impresión de que inspiró en gran medida el discurso del EZLN. ¿García de León se adelantó a la historia? Quizá un poco, acepta... Lo que sí asegura es que para él ese libro fue la retribución a las comunidades campesinas que lo encaminaron en la historia cuando buscaban justicia.

El marco teórico ?castra la mirada

Actualmente, Antonio García de León escribe un ensayo sobre el papel de la memoria en la escritura de la historia: Será como poesía para historiadores , dice. Para los griegos la historia era un género poético. Advierte: Desde el siglo XX, la historia entró en un túnel muy feo que es el de la ciencia, cuando no puede llegar a ser ciencia pura. Está a medio camino entre la literatura, la escritura, el texto y la interpretación: es un género literario apoyado en esquemas teóricos y científicos. Sólo que a los historiadores del siglo XX les da vergüenza reconocerlo .

En seguida comenta que las mejores historias no las han escrito los historiadores sino los literatos, y piensa en Fernando del Paso: ningún historiador, dice incluyéndose, tiene la capacidad de escribir una cosa tan increíble sobre la Intervención Francesa como Noticias del Imperio.

Para un historiador es importante captar el mundo, y no lo va a captar con marcos teóricos. Olvídate de eso. El marco teórico no sirve más que para castrar la mirada. Tiene que hacerlo con una visión holística, general, amplia. Si no, no lo percibe , aseguró.

Veracruz: una de piratas

El historiador recuerda la región del Sotavento, donde nació, como el Macondo de Cien años de soledad. Al instante cita al célebre personaje de Gabriel García Márquez, el coronel Aureliano Buendía, y la tarde remota en que su padre lo llevó a la carpa de gitanos a conocer el hielo: El mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre . Algo parecido sucedió en Jáltipan: la gente del pueblo también acudía intrigada a ver los bloques de hielo, a tocarlos. Lo nombraron ‘piedra de agua’ porque no existía la palabra hielo , dice divertido.

Por esos años, Antonio García de León era un niño y pasaba la mayor parte del tiempo en la farmacia de su padre, un médico de pueblo. Dentro de la farmacia, el padre tenía una botica donde preparaba recetas. Para el historiador era como vivir en un taller de alquimista.

Ahora, en la memoria del historiador se dibujan las siluetas de unos frascos de porcelana blanca con ribetes dorados y con unas etiquetas al frente que indicaban el contenido de los recipientes. En Minatitlán su abuelo también tenía una botica, dice. Los ojos de Antonio García de León se detienen en uno de los muros, justo sobre una pintura de Francisco Toledo que el artista le envió con una misiva: Para que la coloques en las paredes de tu casa . Una vez preguntó al pintor, que es su amigo, por qué en sus primeras obras puso tantos frascos, éste le contestó: Pues son los frascos de la botica de tu abuelo .

En su pensamiento se dibuja una pistola inglesa del siglo XVII que de niño encontró en un baldío: ¡Podría ser de piratas! . En Jáltipan las leyendas románticas sobre esos personajes abundan. García de León los investigó en Contra viento y marea. Los piratas en el Golfo de México (Plaza y Janés, 2004). Jáltilpan ha animado toda su vida.