Lukas Bärfuss y su intérprete están sentados en la pequeña mesa de vidrio en una esquina del stand de Sexto Piso. El suizo viste traje gris y corbata tejida, lleva gafas oscuras imitación carey y una barba hirsuta, descuidada. Después de consultar con su intérprete, acepta realizar la entrevista en inglés. Dejo sobre la mesa mi ejemplar de Koala, su más reciente novela, editada por Adriana Hidalgo.

¿Cómo ha estado tu visita a México?

Agotadora, pero me gusta, por eso estoy aquí. No he visto nada de esta bella ciudad excepto la universidad, los embotellamientos de tráfico y un buen restaurante, y debo irme en una hora, así que por placer deberé regresar algún otro día.

¿Cómo te sientes más cómodo? ¿Escribiendo teatro o novelas?

Nunca me siento cómodo. Escribir es horrible. Si tienes la oportunidad de hacer cualquier otra cosa, hazlo. (Nos reímos) No. Estoy bromeando... bueno, no del todo. Si lo hiciera sólo por placer no lo haría. Escribir es otra cosa, una necesidad, supongo. Una manera es aprender algo sobre el mundo, el universo, la vida, sobre mí mismo y mi herencia. Es como si me sintiera obligado a escribir.

Escribir teatro es muy gracioso porque compartes tus problemas con otras personas. Por ejemplo, tengo que ir a Oslo porque tienen muchos problemas para montar mi última obra y puedo ir, corregir los problemas y platicarlo. Tengo gente, es algo social, muy saludable.

Pero para escribir libros no tienes a nadie, no puedes llamar a alguien para corregir los problemas. Creo que una de las cosas más peligrosas de esta profesión es el aislamiento. Estás totalmente concentrado en algo y eso significa que no puedes dejarlo en paz a las 5 de la tarde porque saliste de trabajar y llegaste a casa. Sigues en ello, así que es bueno tener varias cosas. Es bueno tener contacto con el público, como aquí, salir, porque de otra manera... Le ha pasado a trillones de grandes poetas: pierden la razón o se emborrachan o las dos cosas.

¿Qué te lleva a pensar y escribir sobre el suicidio?, como haces en Koala.

Este incidente. Esta cosa terrible que sucedió. Un momento en que ese grande y horrible elefante apareció en mi departamento y no se iba. Por lo que tuve que cortarlo en pequeños pedazos para sacarlo de mi vida. Y el suicidio es una buena cosa sobre la que hay que escribir, porque tiene una larga historia, profunda en nuestra cultura, ligada a las grandes preguntas de la vida, de la filosofía. Y cuando estás en una situación en que esta cosa no es puramente teórica, cuando es una experiencia personal, entonces no queda duda.

¿Y pudiste entenderla mejor a través de la escritura?

No, para nada. Pero ése no era mi objetivo. Uno no escribe para eso...bueno, quizá sí. De hecho mi experiencia con la escritura es que sólo descubres la próxima pregunta y la próxima pregunta y la próxima cosa, así que los problemas se agrandan. Pero puedes compartirlos cuando escribes un libro. Estás en una línea de tradición, no sólo desde tus ancestros sino también hacia las generaciones venideras, y eso te da a lo mejor no un sentido pero sí un lugar y eso es reconfortante. No te ayuda. No hace que sufras menos, pero no pido eso.

Tu primera novela con Adriana Hidalgo fue sobre Ruanda (Cien días). ¿De dónde surgió?

Es siempre lo mismo. Cuando iba en tercero, tenía nueve años y estaba enamorado de mi maestra, una mujer muy bella. Hizo un taller sobre Ruanda y adoré esa semana en que horneamos pan como hacen allá, hicimos artesanía, y fue estupendo. Aprendimos mucho sobre Ruanda como un país casi idílico, con gente pobre pero feliz, viviendo en armonía en su territorio.

Y cuando el genocidio apareció en los medios en 1994, tuve una imagen completamente diferente, que no podía reconciliar con la que me había hecho esa semana. Y estaba avergonzado, y decepcionado de esta hermosa mujer que nos había vendido... pues... mierda (Pide disculpas por su expresión). Nos había creado una imagen que no correspondía con la realidad. Porque desde los años 80 esta tierra estaba al borde. ¿Por qué no nos enseñó sobre esta realidad? ¿Por qué no habló de las masacres, las dictaduras, los problemas económicos? ¿Por qué sólo escuché sobre amor? Yo quería saber más. El punto de partida fue la decepción de un niño enamorado. Así que me puse a leer todo lo que llegaba a mis manos sobre este conflicto, por años y años.

¿Qué amas más y qué odias más de ser escritor?

¡Es la mejor ocupación que puedes tener! Por supuesto. Es genial. Lo mejor es esta contemplación, los momentos en que estamos alerta. Es como una meditación, como una plegaria, y realmente un privilegio. El compartir tus mayores miedos y tus pasiones con tanta gente, hablar sobre temas tan complejos y hacerlo en confianza, eso también es sorprendente. Entras en contacto muy rápido con cosas muy significativas como escritor, y eso es algo que adoro. Nunca había venido a Guadalajara, no conozco nada de México y me encuentro personas (me mira) que me hacen preguntas que no me haría mi psicólogo... Lo siento (reímos).

¡No! No es un problema. Eso es lo que la literatura y el arte ofrecen. Una manera de hablar de cosas muy peligrosas, y también que no debemos temer mostrarnos a nosotros mismos o nuestra alma y nuestros miedos.