Insigne de una época en la cual la escritura (como postura ética y vital) debía soportar un peso apabullante: ser fiel a la voz interior, solventar el agravio constante al que se somete a sociedades enteras y acompañar el sufrimiento, las dudas y los sueños de los más jóvenes, Sabato muere y la gran tradición literaria latinoamericana llega a un punto final.

La muerte de Ernesto Sabato cierra una época en la vida literaria latinoamericana, aquella que baña a algunos pocos en quienes el poder del mercado no hizo escollos y desde donde aún se emite el rugido de la más rica y auténtica literatura latinoamericana, en la cual se incluyen los nombres de Borges, Cortázar, Bioy Casares, para hablar de los rioplatenses, pero también: Onetti, Arguedas, Roa Bastos y Lamborghini... Toda una gran generación.

Nombres que ya no se venden en las librerías y que hoy la gente no conoce, quizá porque no han ganado un Nobel, quizá porque son viejos como el viejo Sabato.

Escritores como él encuentran perpetuidad gracias a la voz de aquellos que hoy transmiten con palabras el canto de las primeras musas, el eco del primero sonido: sus pares, los escritores honestos de hoy en día que todavía saben mirar su tradición, sus raíces y su pasado sin aferrase a él pero sí honrándolo y no defecando sobre la literatura como lo hacen otros que vomitan páginas y páginas de entretenimiento a destajo, sin importarles si acaso lo que hacen es quitarle a la literatura ese brillo oscuro que proviene de la carne, del dolor, de la piel y hasta del delirio, sustancias propias de la emotividad humana, sustancias vitales de la literatura.

DEMIURGO, NO ASESINO

Sabato fue muchas cosas: militante comunista, hombre de política, estudiante de física, hasta que se dio cuenta, o la vida o el destino, le voltearon la mirada y reconoció su condena: deberás escribir hasta que tu estómago lo soporte y hasta que tus dedos desaparezcan: estas palabras quizá suenan trágicas y sangrientas, pero remiten a una diferencia que para Sabato fue la pauta estética a seguir; el todavía joven existencialista escribía a mediados del siglo pasado: Literatura es fenomenología pura .

Es decir, desde esta sentencia, literatura es asomarte al laberinto de tu propia personalidad.

Es experimentar y sentir la vida hasta desbordarte de sensaciones, concentrarte en la piel y en tus fluidos como si buscaras adentro aquello que a cada ratito oprime tu corazón y lo hace exprimir sangre.

Literatura es vivir con los brazos y los sentidos abiertos para recibir las cosas en su pureza, aunque esta pureza dé asco, aunque esta pureza sea una ilusión y hacer de ésta un objeto del lenguaje.

El cariz lapidario de la primera frase de su novela emblemática El túnel: Yo soy Juan Pablo Castel y maté a María Iribarne , fue la pauta de una escritura que no buscaba reconstruir la verdad sino desentrañar el misterio de las obsesiones humanas que conducen a la pasión o al crimen.

Sabato asumió el principal reto de la literatura, el cual no es no perderse, sino salir vivo. Escribió mucho, pero vivió todavía más de lo que escribió. Descanse en paz el hombre que no mató a María Iribarne, sino que la hizo vivir para siempre. Ernesto Sabato, el maestro.

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