Quien piense que toda la música contemporánea es sólo un montón de ruiditos echados de cualquier manera sobre el público tiene que escuchar Equinox (Urtext), el nuevo disco de Onix Ensamble (tras ocho años de silencio fonográfico), o mejor aún, ya que la música en vivo siempre será mejor, tendría que ir a la presentación hoy a las 7 de la noche en la Fonoteca Nacional (Francisco Sosa 383, Barrio de Santa Catarina, Coyoacán).

La música que Onix toca en Equinox es comprensible, expresiva y emocionante, sin por ello dejar de tener altas dosis de búsqueda y experimentación. Los compositores, dos mexicanos, un estadounidense y un costarricense, hacen alusión a motivos mexicanos, no necesariamente musicales sino a los tejidos o la cosmovisión maya, por ejemplo.

Alejandro Escuer, flautista y director artístico de la agrupación, ha comentado que en esta grabación cada obra es un universo en sí y no le falta razón.

En El águila bicéfala , Gabriela Ortiz no se basa en un animal peculiar ni en el escudo de la UNAM, sino en los tejidos indígenas que suelen tener este motivo gráfico. La pieza es entonces un entramado de texturas y figuras musicales que resulta estimulante.

Samuel Zyman, en Música para cinco obliga a los integrantes de Onix a hacer gala de virtuosismo rítmico que no puede dejar desinteresado al escucha.

Por su parte, el costarricense Alejandro Cardona en Zachic retoma el canto del llamado pájaro de las cuatrocientas voces, el cenzontle, en cuatro movimientos con nombre en náhuatl.

Con Kukulkan II , del estadounidense David Dzubay, espera plasmar en seis breves movimientos la cosmovisión maya, e independientemente de si lo logra, lo cierto es que consigue música envolvente, ritualista e inquietante.

No hace falta mencionar que si estas obras logran su potencial expresivo es gracias a los integrantes de Onix, que además de Escuer son: Fernando Domínguez (clarinete), Edith Ruiz (piano), Edgardo Espinosa (violonchelo) y Alberto Romero (violín).

manuel.lino@eleconomista.mx