Con la novela Decencia, el escritor Álvaro Enrigue se confirma como una de las plumas mexicanas de las que podríamos decir, a riesgo de parecer banales y bobos, que de verdad no saben fallar .

Fluida, divertida, entretenida, esta novela cuya acción transcurre desde el inicio de la Revolución Mexicana hasta hace unos pocos años, tiene profundidades que jamás se hacen espesas o pesadas y espesuras que invitan a detenerse para poder apreciar sus intrincados detalles.

Como su nombre lo indica, Decencia gira en torno de la moral y, como cualquiera que conozca la ironía de Enrigue, podría suponer las malas costumbres.

Así, apenas estamos leyendo el final de la tercera página escrita y nos topamos con una suerte de declaración de principios de la novela, cuando Enrigue nos habla de un personaje secundario:

Decir que María de la Concepción se ganó su seudónimo trabajando la cama suena a denuncia hoy en día, pero las cosas eran distintas por entonces: lo que rifaba no eran los valores de monjas, herederos y viudas de estos años desventurados en que la gente está obligada a tener abogado y dentista […] Eso fue suficiente para que creciéramos robustos, felices en la botana de la inmoralidad .

Y, antes de terminar el párrafo, aclara la lección: El derecho a la infamia es universal e inalienable y el secreto para la supervivencia está en ejercerlo con mesura .

Los personajes de Decencia no sólo ejercen su derecho a la infamia, sino que éste se convierte en su principal moneda de cambio y la herramienta principal de sus negociaciones.

Siento que es la novela en la que más has cuidado el lenguaje. ¿Pusiste especial cuidado?

No como proyecto. Sí traté de recrear un lenguaje que escuché durante toda mi infancia: por un lado el de mis tíos rocanroleros de Guadalajara y por el otro el de mi abuelo y sus hermanos, que eran de Autlán, un pueblo en el que me imagino que el lenguaje importa: Alatorre era autlense.

Pero nada de esto era esencial a la hora de escribir. Creo que vas creciendo y te vas preocupando por que lo que va quedando en el papel ilumine zonas que antes no alcanzabas. No sé si eso sea escribir bien o mal, pero tampoco me preocupa: igual que cuando escribí la primera línea de mi primera novela, lo hago lo mejor que puedo.

Alguna vez me hablaste de un abuelo que contaba historias en una larga mesa, ¿qué tanto de la novela viene de esos recuerdos?

La novela incorpora un montón de historias familiares que vienen de esa mesa, precisamente. Probablemente mi vocación venga de ahí también: a los Enrigue les importa que una historia esté bien contada en la sobremesa -lo de hacer novelas es ancilar.

La moral que defines, ¿es sólo para los personajes de la novela? ¿Te la apropias?

Empecé a escribir esta novela mientras trabajaba en el ambiente ultrahigiénico y demasiado políticamente correcto de una universidad gringa. Me reventaba la mojigatería de las izquierdas gringas. Además, cuando la empecé no teníamos ni idea de que con el tiempo serruchar cabezas y darse de balazos en la tiendita se iban a convertir en deportes nacionales. Supongo que era lo que pensaba y ahora no lo pienso. ¡Traigan monjas, por piedad!

¿Por qué no vives de tus derechos de autor y andas de editor en Conaculta… O eso es lo que quieres?

Por un lado, siempre he visto un continuo entre la Academia, la industria editorial, las revistas literarias y la escritura: me gusta tanto escribir libros como hacerlos o dar clase sobre ellos. Lo que me gusta es leer, pues.

Y no ando de editor en Conaculta: soy el director de una editorial que publica 120 libros año, la mayoría de rescate de la memoria fundamental del país, más colecciones vitales para la salud del ecosistema literario, como Práctica Mortal -de poesía- o el Guardagujas -de ensayo literario-; ambos, géneros difíciles. Ahorita estamos rehaciendo las obras completas de Altamirano, por ejemplo: le estamos devolviendo al inventor del México republicano la dignidad que le corresponde. Es un trabajo tan demandante como satisfactorio, que afortunadamente tiene menos glamour y visibilidad que el de escritor. Aunque, al final, siempre regreso a escribir como actividad primaria.

En unas semanas dejo la Dirección Editorial de la DGP para irme a encerrar un año a escribir otra novela.

¿Tienes el plan de convertirte sólo en escritor? ¿Es eso posible en México?

Nada me podría parecer más cursi que plantearme la idea de ser sólo escritor. Carajo: me gusta muchísimo el beisbol, soy un padre competente, una máquina de editar libros, un profe al que la raza le cumple, un periodista serio. Ahora más bien estoy pensando en qué voy a hacer cuando acabe la novela en la que estoy por empezar a trabajar.

Y no, ni aquí ni en China los escritores literarios viven de sus regalías, salvo en casos excepcionales.

¿Cómo es tu rutina para escribir?

Cuando escribo no hago más que escribir, con una disciplina que no me cuesta ningún trabajo. Arranco de madrugada y escribo de un tirón hasta el medio día o un poco más, fumando y tomando café más allá del deber. Almuerzo, gestiono pendejadas -cobros, impuestos, trámites- y hago un segundo turno de escritura, más corto y casi siempre dedicado a artículos, reseñas, guiones: lo que deja.

Le entrego la tarde a mis hijos: reviso la correspondencia del día mientras hacen la tarea, cocinamos cenas de campeonato que luego extrañamos cuando estoy de oficina, leo hasta tarde después de acostarlos -sólo materiales que tienen que ver con lo que estoy escribiendo. No uso la tele más que para ver el beisbol, que empieza a las ocho y cinco y sólo dura siete meses -seis si le vas a los Orioles, que no han llegado a una postemporada en 14 años-, no hago vida literaria -estoy casado con la mujer más lúcida, divertida y bella del mundo, así que la paso mejor en casa-, no tengo blog, Facebook ni Twitter.

Recomiéndanos, a mí y a los lectores, cinco libros más o menos recientes.

El primer tomo -completo y sin desperdicio- de las Obras de Nicanor Parra.

Freedom de Jonathan Franzen -el final es moralino e infame, pero antes hay 800 páginas que te recuerdan por qué querías ser escritor.

La edición bilingüe editada por Aldus de Paterson de Williams -Hugo García Manrique hizo una muy buena traducción.

La ruina de la casona, de Maqueo Castellanos -si se me permite recomendar la novela maldita de la Revolución Mexicana, que publicamos en Conaculta.

Lo que sea que tus lectores encuentren de Antonio José Ponte -cubano- en librerías.

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