Vencida la manía de soñar, ?despertaremos a la acción.

Rubén Bonifaz Nuño, Discurso de aceptación ?en el Colegio Nacional.

En el último día del primer mes de este año que termina en 13, apenas el jueves pasado, murió Rubén Bonifaz Nuño. Poeta ante todo, estudiante de las lenguas muertas y las vivas, fue un apasionado de las palabras, dibujante por pura algarabía, traductor por su propia voluntad de descifrarlo todo y escritor porque le era irremediable.

Nacido en Córdoba, Veracruz, el 12 de noviembre de 1923, acabaría convirtiéndose en uno de los más altos poetas en lengua española. Estudió en la Preparatoria de la Universidad Nacional Autónoma de México; cursó la carrera de Derecho en la Escuela Nacional de Jurisprudencia en 1934 y obtuvo el doctorado en Letras Clásicas en 1971.

Se inició como profesor en la Facultad de Filosofía y Letras en 1960 y desde entonces fue considerado como el maestro de maestros. Sus alumnos abarcaron desde Agustín Yáñez hasta Vicente Quirarte y siendo un mago y un demiurgo de libros y palabras, Bonifaz fue una fortuna para todos los que tuvieron la suerte de cruzarse con él en algún jardín de la literatura o en cualquier salón de clases de la Universidad. Soy el mueble más viejo de la UNAM , solía decir con humor. Y, por supuesto, hablaba no sólo de la permanencia que puede contarse en los trabajos y los días, ni siquiera en el tiempo que pasó en su oficina de la Biblioteca Central, sino de su vida toda. Vestido siempre de punta en blanco, con su famoso chaleco y su broche dorado con el escudo de la Universidad prendido siempre en la solapa. (Bonifaz decía que nunca se había desvestido para escribir, porque le debía un respeto a la máquina y al contenido de las hojas que había en ella).

Muchas labores desarrolló en la UNAM: fue miembro de la Comisión de Planes de Estudio del Colegio de Letras Clásicas, desde 1954;Director General de Publicaciones; coordinador de Humanidades de 1966 a 1974 y Director de la Bibliotheca scriptorum graecorum et romanorum mexicana desde 1970. Ésta fue una de sus labores más importantes, una idea bibliográfica suya desde el origen, única colección, única en el mundo –no sólo el de habla hispana- donde cada volumen, de los 22 que tradujo, era la obra de algún literato básico y clásico de la Historia de la Humanidad en su idioma original en una página y en español en la siguiente.

Catulo, Plinio, Horacio, Ovidio, Homero, Cicerón, Herodoto y Lucrecio nos hablaron por primera vez directamente. Jamás un clásico es anacrónico , escribió Bonifaz en el prólogo de las Elegías de Propercio. Siempre habrá en él un aspecto nuevo. Lo nuevo del clásico será resultado de la conjunción con lo actual. Cuanto más variado sea el original, mayor será la supervivencia del mismo a través de los tiempos.

Tarea difícil -si no imposible, hubiera acotado el Maestro- traducir íntegramente el complejo nudo con que se amarra la lírica a su propio idioma. Pero la sabiduría, la técnica y el entendimiento estuvieron siempre del lado de tan talentoso traductor, porque se apegó lo más posible al texto en sus palabras y en sus ritmos. La literalidad, pensaba Bonifaz, era el objetivo y la manera de traducir un clásico, y conseguir una buena versión, el resultado de haber recorrido cada palabra en un sentido y otro y así aprovechar las estrechísimas relaciones entre ambas lenguas: la original y la española.

Dar a la máxima elaboración literaria la apariencia del habla común; fingir la naturalidad mediante el empleo del sumo artificio; concentrar en una voz muchedumbre de sonidos y significados para la expresión de una prosa con amplios conjuntos de palabras; prestar, algunas veces, a la versificación más pulida los rostros de la vulgaridad; disfrazar de obscenidad a la elegancia, sin que ésta perdiera nada de sus virtudes, fue la tarea formal en la que Bonifaz se empeñó, no sólo para traducir a Horacio y a Catulo sino en su escritos propios.

En sus últimos años Bonifaz fue perdiendo la vista. Un poco también la capacidad de escuchar. Cuidado y brevedad, solía decir cuando caminaba lentamente. Y podía recitar versos propios y ajenos como si recorriera, alegre, los ascendentes peldaños de su obra. Porque para Bonifaz Nuño la poesía al final y desde el principio sí lo fue todo. Poesía era destino. El único lugar posible para la libertad, a pesar de todas las cadenas de versos, lágrimas y latosas nostalgias. La que nos queda en libros como Fuego de pobres, As de oros y Albur de amor, De otro modo, lo mismo, y también quizá en un verso suyo, quizá justo el siguiente:

Alguna vez te alcanzará el sonido/de mi apagado nombre, y nuevamente/algo en tu ser me sentirá presente:/más no tu corazón; sólo tu oído .

Homenajes y obsequio ?a Rubén Bonifaz Nuño

El Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, el Instituto Nacional de Bellas Artes, la Universidad Nacional Autónoma de México, el Colegio de México y el Fondo de Cultura Económica preparan un homenaje nacional, que será anunciado pronto.

La Dirección Municipal de Cultura de Córdoba, su ciudad natal, propondrá al Cabildo que el nombre del poeta sea colocado con letras doradas en el Salón de Personajes Ilustres del Palacio Municipal.

El último obsequio lo hizo el Fondo de Cultura Económica: le entregó su Poesía completa, una caja con tres volúmenes.