Por su labor al frente de empresas editoriales privadas e instituciones públicas ligadas al ámbito de la cultura impresa, “que ha sido prolífica y exitosa a lo largo de su vida profesional”, el editor, traductor y funcionario público, Joaquín Díez-Canedo Flores (Ciudad de México, 1955), fue anunciado la semana pasada como merecedor del Premio Juan Pablos 2020 al Mérito Editorial, el máximo galardón para la labor editorial en el país que otorga el consejo directivo de la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana (Caniem).

“Creo que con este premio se reconoce el hecho de haber salido más o menos librado de todas las responsabilidades. En el tema del sector público no te cuento lo que es trabajar con contralorías todo el tiempo”, bromea ha estado al frente de proyectos editoriales en la UNAM, el Fondo de Cultura Económica (FCE) y la Comisión Nacional de Libro de Texto Gratuitos (Conaliteg), en entrevista con El Economista, a propósito de la distinción que le será otorgada el 12 de noviembre en una ceremonia virtual.

¿Cómo recibe este premio?

—Con orgullo y con un honor puesto que es una nómina de editores muy ilustres, algunos muy admirados, con los cuales he tenido la ocasión de trabajar. Es un reconocimiento que me extienden los colegas. Por esa razón es satisfactorio que se me haya otorgado.

El comité destaca su ética y la dedicación para beneficio de la industria. ¿Cuál es el compromiso que se asume de manera consciente en la labor de un editor?

—Yo le daría más peso a la obra, al autor. Creo que no hay edición sin autor. Un poco por la predominancia del mundo anglosajón se le ha dado mucho peso al editor, pero me parece que el papel del editor debe ser siempre subordinado a la obra y sobre todo tiene que ser respetuoso de la obra. Entonces, creo que el principal compromiso y respeto es con el creador.

Yo nunca he sido muy afecto a trabajar una obra en el sentido de modificarla mucho. Creo que un texto, como me lo entregan, o lo tomo o lo dejo; aunque ahora es muy común que los autores se refieran a su editor como si fuera su psicoanalista, como una persona indispensable para la concepción de la obra. Pero eso puede tener un efecto de estandarización. Yo creo que, de manera secundaria, hay que procurar acercar al lector una edición digna, con buen papel, buena tipografía y diseño, desde luego con una excelente corrección.

Don Joaquín, ¿en 35 años de carrera le ha sorprendido el éxito no augurado o un resultado por debajo de la expectativa hacia una obra?

—Sí, muchísimas veces. Por mis manos han pasado obras muy importantes que no han tenido fortuna. Quién sabe, quizás es por incapacidad propia del aparato de distribución y de promoción, tal vez por no sintonizar con una época o por tener dificultades intrínsecas. También me sorprenden muy claramente algunas otras que llegan a ser muy exitosas. Me acuerdo cuando leí El código Da Vinci, una cosa vergonzosa. El único chiste que tenía lo explicaba. Era de una obviedad que me parecía increíble que tuviera tantos lectores. No frecuento mucho ese género, pero creo que muchísimas obras tienen un éxito inexplicable.

¿De qué manera ha visto cambiar la industria editorial en cuatro décadas?

—A toda mi generación le correspondió la transformación tecnológica de la edición. Empecé básicamente con la tecnología que Gutenberg tenía disponible. Bueno, estaba el offset, pero básicamente era lo mismo, un poco más mecanizado. Ahora un libro es un archivo electrónico de ceros y unos. Me tocó seguir ese proceso paso a paso. Fue una suerte ir tratando de entender el sentido de cada uno de los pasos y los riesgos en el proceso. También viví el tema empresarial: la concentración de la industria, la apertura de nuevos mercados, las amenazas del libro electrónico, de las series de televisión en el hogar; en fin, toda una historia al cabo de la cual, sin embargo, pasa siempre que cada novedad ocupa solamente un espacio o un segmento del mercado; pero parece que el viejo formato del libro es el que finalmente busca la gente. Su carácter de objeto: algo que se puede atesorar, se puede prestar y regalar, no lo consigue la versión electrónica. Se van incorporando modalidades de acceso a los libros pero, más bien, coexisten, digamos.

¿Cuál es su lectura de la situación actual de la cadena del libro?

Ahora, en esta terrible situación que nos ha tocado vivir mundialmente, ha habido mayor oportunidad para que al menos los que ya eran lectores lean más. El enclaustramiento lo favorece. El peso de los distintos mercados habrá cambiado, pero tendremos, probablemente, un panorama de la industria editorial más complejo y diverso que nunca antes. Por ejemplo, el florecimiento de las pequeñas editoriales, de las de nicho, de las artesanales, es un hecho nuevo. Es notable la existencia de una gran cantidad de editoriales finas, meritorias, al lado de todos estos fenómenos de concentración de sellos, como es el caso de Penguin Random House y Grupo Planeta.

Sin embargo, por los efectos de la pandemia, muchas pequeñas editoriales se dicen en riesgo por el rompimiento de la cadena.

—Las hay de todo tipo. Muchas de ellas son empresas de gente joven para la cual la tecnología no es ningún misterio. Pueden hacer páginas web, manejan redes sociales y tienen otras formas de hacer llegar sus cosas. Entonces, yo no estoy tan seguro que sea particularmente desfavorable para las pequeñas editoriales que, por lo demás, están acostumbradas a no depender de una gran estructura, de una gran nómina. Para ellas es mucho más fácil. Es como si fueran plantas de desierto o animales que en épocas de sequía se entierran y luego vuelven a emerger.

También está la situación de la aparente segmentación de la cadena del libro: las ventas directas desde editoriales y el argumento de las librerías independientes de que sin ellas no hay captación de nuevos lectores.

—Creo que todo el mundo tiene razón y es inevitable. Sí creo que, suponiendo que esto (la situación de pandemia) va a pasar, las cosas se reconstituirán bajo otra lógica. Ahorita la situación está en términos de sálvese quien pueda, y aunque el sector editorial siempre ha sido solidario, al momento de rendir cuentas con los accionistas o de buscar el dinero para seguir, cada quien ha de buscar su propio camino. Me parece que es transitorio, que sí puede desembocar en el mediano plazo en una recomposición de sector, de fuerzas. Una crisis es un reto y es una oportunidad, pueden salir nuevos actores. Creo que siempre ha habido problemas y, de nuevo, lo indispensable culturalmente del libro garantiza su viabilidad.

¿Qué ha leído recientemente y qué recomienda, don Joaquín?

—No he leído mucho nuevo. He estado leyendo a Dickens. Leí “La Regenta” (Leopoldo Alas, 1884), que no había leído y es magnífica. Ahorita estoy leyendo “Middlemarch” (George Elliot, 1871). Lo más nuevo que leí es el reciente de Valeria Luiselli (“Desierto Sonoro”, 2019). He leído poco de lo muy reciente. Pues eso: recomiendo volver a los grandes libros, a los que uno tiene.

Algunos libros que enorgullecen a Joaquín Díez-Canedo Flores como editor:

  • Segundo renacimiento

Ikram Antaki

Editorial Joaquín Mortiz

1992

  • Los nombres del aire

Alberto Ruy Sánchez

Editorial Joaquin Mortiz

1987

  • Tristeza de la verdad: André Gide regresa de Rusia

Alberto Ruy Sánchez

Editorial Joaquín Mortiz

1991

  • Ucronías

Oscar de la Borbolla

Editorial Joaquí Mortiz

1990

  • A pesar del oscuro silencio

Jorge Volpi

Editorial Joaquín Mortiz

1992

  • Nicolasa y los encajes

Mónica Lavín

Editorial Joaquín Mortiz

1991

  • Diccionario enciclopédico de la gastronomía mexicana

Ricardo Muñoz Zurita

Editorial Clío

2000

  • Maravillas de México

Fernán González de la Vara

Editorial Clío / SEP

2002

35 años de trayectoria profesional

  • 1983 – 1986: Director editorial y de Producción de la Editorial Difusora Internacional.
  • 1987 – 1993: Gerente de la Editorial Joaquín Mortiz, fundada por su padre, que desde 1983 forma parte del Grupo Editorial Planeta.
  • 1997 – 1999: Gerente editorial de Texto Universitario y Referencia Profesional del Grupo Patria Cultural.
  • 1999: Dirección editorial de la Dirección General de Publicaciones y Fomento Cultural de la UNAM (hasta la explosión de la huelga en abril de 1999)
  • 2001 – 2004: Gerente de Producción del Fondo de Cultura Económica.
  • 2004 – 2008: Director editorial del Fondo de Cultura Económica.
  • 2008: Director editorial en la Universidad Veracruzana.
  • 2009 – 2013: Director general del Fondo de Cultura Económica.
  • 2013 – 2017: Director general de la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos (Conaliteg).
  • 2017 – 2018: Director general de Publicaciones y Fomento Editorial de la UNAM.

ricardo.quiroga@eleconomista.mx

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