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Arte e Ideas

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El barroco según Nueva Zelanda

Es una muestra colectiva de seis artistas de aquellos lares dedicados a buscar líneas divergentes, subtextos raciales e historias no contadas de su tierra.

Una obviedad: Nueva Zelanda es algo más que rugby, deportes extremos y paisajes bucólicos llenos de ovejas. Pero, ¿qué más sabemos de Nueva Zelanda?

Literalmente al otro lado del mundo, esa isla primermundista vecina de Australia tiene, huelga decirlo, su propia historia, sus propios conflictos y sus propias maneras de ser compleja, infeliz y complicada.

La identidad neozelandesa se explora en El barroco de Aotearoa es la nueva exposición del MUCA Roma, la última del año de este recinto dedicado sobre todo al arte contemporáneo y experimental. Es una muestra de seis artistas de aquellos lares dedicados a buscar líneas divergentes, subtextos raciales e historias no contadas de su tierra. Sus nombres suenan a mezcla cultural: Reweti Arapere, Joanna Langford, Simon Morris, Terry Urbahn, Catherine Bagnall y Jae Hoon Lee.

Y no hablemos del nombre de la exposición que resulta extraño. Aotearoa es el nombre de Nueva Zelanda es lengua maorí, por eso esa sonoridad tan ajena al inglés. Significa la tierras de la nueva blanca y alargada .

Pero, ¿por qué barroco? El barroco, pensamos los mexicanos, nos pertenece casi en exclusiva, tan complejos nosotros, tan peleados con nosotros mismos y tan fóbicos a los espacios vacíos. He aquí la gran sorpresa de la exposición: Nueva Zelanda tiene tanto o más de sociedad barroca que nosotros. Su choque cultural se debe, claro, a los indios maoríes, habitantes originales de Aotearoa, víctimas, como siempre, de persecución y racismo por parte de los colonialistas ingleses. Pero la historia del multiculturalismo neozelandés no acaba ahí, no: Nueva Zelanda es uno de los países que más inmigrantes recibe de manera amistosa. Chinos, coreanos, japoneses y taiwaneses se encuentran entre los principales nuevos miembros de la sociedad neozelandesa.

En las piezas que presenta el breve pero intenso recorrido, lo que se nos muestra es una especie de síndrome de personalidad dividida, la visión de un mundo que no sabe si pertenece a la tierra, al barro y a los bosques o a los rascacielos, las calles llenas de gente, la prisa de la ciudad. Así se nota en las obras de Catherine Bagnall, que se viste de seda y lujo para caminar entre árboles y sendas milenarios. También ese cruce entre el folclor maorí y la cultura anglosajona está en las esculturas de Raweti Arapere, al mismo tiempo enigmáticas y divertidas, con sus muchas caras y sus formas que parecen sacadas de un juego infantil.

El barroco de Aotearoa es una exposición no sólo curiosa, también conmovedora. Demuestra que incluso en los extremos más alejados de la condición humana hay puntos de contacto que nos obligan, para bien sin duda, a vivir juntos y a respetar nuestras diferencias culturales.

cmoreno@eleconomista.com.mx

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