Día dos de la Semana del Arte en Ciudad de México. Tres ferias cortaron listón en la semana artística más ambiciosa y cualitativa de esta ciudad.

La primera en arrancar fue Salón Acme, a las 9 de la mañana, en la colonia Juárez. Arrancó su octava edición con algunas novedades. La más destacada fue el lanzamiento del Espacio Escultórico, en General Prim 30, con la obra de Pablo Dávila: un descomunal torbellino ascendente de peroratas iluminadas con luces neón que Oscar Wilde escribió a un osado lector que, en 1890, le pidió, explicara la frase: “All art is quite useless” (todo arte es simplemente inútil), perpetuada en el prefacio de El retrato de Dorian Gray.

Y la torre de luz de Dávila, junto con la obra exhibida en los edificios de General Prim 30 y 32, anticiparon el día convulso que se avecinaba. Fue una jornada más inabarcable para el coleccionista meticuloso.

Apenas una hora más tarde, una debutante, Bada Mx, se estrenaba en una ciudad que si algo tiene es arte para todos los gustos y criterios.

Bada Mx, respaldada por unos años de experiencia en Buenos Aires, abrió espacio en Campo Marte a 100 artistas que difícilmente podían entrar en los esquemas de representación de las galerías.

La distribución de esta feria debutante se pensó para que los visitantes no se perdieran ninguno de los trabajos de los creadores seleccionados. Sin embargo, las propuestas se quedaron al nivel de los bazares de arte que se tienden en los parques, con paisajes embellecidos y trabajos artísticos de buen gusto, pero no más que decorativos; eso sí, con algunos rescates: trabajos de artistas que reivindican el arte handmade, casi artesanal, que también podría llamarse obsesivo.

Para ejemplo, la dibujante Alina Muressan, quien, con la punta de una pluma, línea por línea, se ha dedicado a recrear, de manera metódica, los contrastantes paisajes de Ciudad de México; o el argentino Max Pedreira, presumiblemente de origen alemán, que hace híbridos de óleo y collage, con estética victoriana. Ni qué decir del maestro francés Bruno Fourure, quien encontró en esta ciudad un espacio para crear y redescubrirse hasta los recientes años, con grabados soñadores y excelsos, artesanías artísticas (invención del autor). Eso es lo que vale la pena.

Luego vino la Feria de Arte Material, que tuvo en su séptima edición la más ambiciosa, a decir de Rodrigo Feliz, cofundador del evento.

Hay muchas razones por las que esta feria se ha convertido en un epicentro. Una de ellas es la incorporación este año de kurimanzutto y OMR, junto con Labor.

Esas galerías regentes del mercado mexicano han decidido reforzar las columnas de este furor.

En kurimanzutto, Gabriel Orozco  retornó al tratado del dinero que inició en los 90. Y José Kuri, socio fundador de kurimanzutto, estuvo presente ahí para administrar la vuelta de Orozco al arte básico. ¡Bravo!.

Pero no nada más eso. Labor hizo de la obra de su booth y de la obra de Erick Beltrán una manifestación en contra de las políticas estadounidenses unas peroratas como: Money is not an issue, nobody owns me o “la culpa es de pobres”.

Hay en Material un producto revolucionario, quizás muy mínimo, pero esencial para la conversación pública. Hay en esta semana una riqueza que no había pasado.

El arte del mundo está en Ciudad de México.

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