El Muro es una pantalla en la que se transmiten sucesos del pasado reciente. Si hoy en día Diego Rivera pintara un mural, en lugar de delinear el trazo de un Lenin al fondo, casi asomándose, como no queriendo, estamparía mujeres indígenas encapuchadas y a sus espaldas una selva frondosa y oscura como el abismo, quizás más abajo un Presidente de la República con poco cabello y unos cuernos rojos u otro alto y de bigote sonriente al margen de un estrado del Congreso tomado y ruidoso por la fracción parlamentaria amarilla.

Quizás mancharía de rojo el centro del muro pensando en sangre, decapitados, vísceras, cruces de madera con el signo de la fertilidad en el medio en lugar del corazón o quizás dibujaría un paisaje de cadáveres colgados por el cuello. Quizás el Presidente llegaría a pedirle que, por favor, por el bien público, borrara esas aberraciones e impudicias, porque de lo contrario él se encargaría de que su nombre no resonara en el confín de la historia, ese territorio caprichoso en donde pesan los hombres por las voces que repite el pueblo y no tanto por los relatos que inventan sus gobiernos.

Quizás Diego Rivera, con su overol mugriento y pintarrajeado, colocaría sus manos sobre su prominente estómago y se soltaría a reír a carcajadas escupiendo saliva de un modo grotesco, feo, feo, feo. En ese quizás se ubica la duda que estremece el cuerpo, duda que sugiere la obra de teatro El Mural, dirigida por José Antonio Cordero y que se estrenó este lunes 7 de mayo en el Casino Metropolitano (centro de la ciudad) en el marco del 28 fmx-Festival de México.

La puesta en escena se constituye como toda una provocación que, además, resulta sumamente pertinente en un país como el nuestro, que ha sido despojado de futuro y desterrado del concierto moderno. El director retoma el elemento básico del paisaje urbano y de los recursos técnicos del pintor mexicano: el muro, para poner una bomba de imaginación que desata la dimensión estética del juego, de la ensoñación y de la seducción, en la cual solamente el arte puede desplegar toda su potencia.

Zapata, Hernán Cortés y Salvador Dalí se cruzan con Cantinflas, Clavillazo y hasta una versión ladygageana del emperador Moctezuma; personajes que convergen con el muralista mexicano para interferirlo, para sacarlo del presente y proyectarlo a un punto que es un cruce de caminos y de tiempos, su propio tiempo, el tiempo del muro. En un momento, Diego le pregunta a uno de sus aprendices: ¿Qué se necesita para pintar un mural? Antes de que el alumno se atreva a decir algo, Rivera le contesta: Un muro y aprender a ver cómo el sol juega con él .

Dentro de una casona del siglo XVII, en el centro de la ciudad de México, se ha montado un escenario con rampas y maderas, por donde los ocho espléndidos actores -que representan a una cantidad inmensurable de personajes- despliegan escenas que van de lo grotesco a lo cómico, de lo veraz a lo estridente, de lo sarcástico a lo irónico.

Los lugares comunes de lo que es México también funcionan como un gesto artístico que busca derrumbar las paredes que nos impiden mirar más allá de nuestros propios horizontes confortablemente pintarrajeados desde las paredes de nuestra memoria.

  • El Mural
  • Casino Metropolitano
  • Dirección: Tacuba 15, Metro Allende
  • Funciones: Miércoles 9 y Viernes 11 de mayo, 8 de la noche (la obra dura casi tres horas)
  • Entrada: $250

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