Clara tiene 54 años, es profesora jubilada del sistema de educación básica secundaria en el Estado de México y vive en el municipio de Coacalco. Padece de diabetes mellitus tipo 2 diagnosticada desde hace 10 años; para controlarla, consume dos pastillas al día (mañana y noche) del fármaco antidiabético metformina y una dosis del supresor sitagliptina al mediodía, además de 40 unidades diarias de insulina glargina.

El pasado 25 de marzo acudió a consulta y a reabastecerse de medicamentos al Hospital Regional 1° de Octubre, en la alcaldía Gustavo A. Madero. Si bien comparte que las autoridades del hospital han postergado hasta por tres meses las consultas mensuales para personas con su condición, dada la propagación del virus SARS-CoV-2, tendrá que volver a la misma clínica el próximo 25 de abril para a recoger sus medicamentos. De nueva cuenta, deberá tomar al menos una combi y dos líneas del Sistema de Transporte Colectivo Metro.

“Yo vería adecuado que fuera obligatorio que los grupos de riesgo utilizáramos mascarillas y guantes. Me extraña que el sector salud no pida usarlos, como lo hizo durante la crisis por la influenza (en el 2009) como una barrera de prevención. Creo que las personas que somos del grupo vulnerable sí deberíamos de usar esta medida de prevención porque no se tiene la cultura de estornudar como nos han pedido. Y eso nos pone en riesgo. O el hospital podría preparar el paquete de medicamentos que requerimos para dos o tres meses, mientras superamos la pandemia en el país”, opina.

Para acudir a las citas médicas, se atavia con cubrebocas y guantes de látex. Asegura que por considerar esta como una medida de prevención fundamental por su condición, ha sido discriminada en el transporte público, en gran parte debido a la desinformación producto de la sobresaturación.

“Es demasiada la información que nos llega por televisión, por Facebook, por todas las vías. Es demasiado abrumador. Eso muchas veces te inquieta. Respecto a las recomendaciones que ha dado el sector salud a través de los dos tiempos que ha marcado el gobierno, opino que son las adecuadas, han sido claras: que las personas que tenemos un sistema inmunológico comprometido, los diabéticos, las personas inmunosuprimidas, aquellos con hipertensión y quienes tienen obesidad nos mantengamos en casa, con el menor contacto posible y con las medidas de higiene”, agrega.

Sin embargo, declara que no hay manera de que las personas con algún padecimiento que incremente la vulnerabilidad ante la pandemia puedan aislarse por completo de los riesgos.

“Por ejemplo, nos dicen, no salgas a trabajar, pero en casa hay gente que sí sale a trabajar porque no los han dejado descansar. En este caso, mi esposo trabaja en una empresa de alimentos. Ya le dijeron que no van a parar. Y eso también es un riesgo para nosotros”.

“Si cerramos, ¿qué comemos mañana?”

Martha tiene 39 años, es ama de casa y junto con su esposo y dos hijos administran una tienda de abarrotes, su principal fuente de ingresos. Vive en las últimas casas de la colonia Vista Hermosa, a unos cuantos pasos del inicio la Sierra de Guadalupe, en Ecatepec, donde solamente los más avezados conductores pueden subir sus vehículos por el alto grado de inclinación de la calle. Padece diabetes mellitus tipo 1. Consume dos pastillas diarias de metformina y del antibiabético glibenclamida, la primera dosis por la mañana y la segunda, por la noche.

Acude a una revisión médica mensual con una doctora particular que le cobra 50 pesos por consulta. Para la compra de medicamentos gasta alrededor de 100 pesos cada cuatro semanas o incluso el doble en las ocasiones cuando le recetan vitaminas. Contaba con Seguro Popular, ahora desaparecido, y decidió no afiliarse al Instituto de Salud para el Bienestar (Insabi).

“Ya fui, pero no hay medicamentos. De puro transporte me gasto 40 pesos y si necesito acudir a Urgencias me tengo que ir a Las Américas (a aproximadamente una hora y media de su casa), pero ahí no hay nada. Me sale más caro por el pasaje y aparte tengo que comprar las medicinas. Mejor lo compro aquí abajo porque puedo llegar y regresar caminando”.

Afirma que la venta se sus productos ha bajado considerablemente. Cuando en semanas anteriores tenía ingresos por alrededor de los 1,500 pesos diarios, ahora se venden unos 600 pesos.

“Y le ganamos bien poquito. Al refresco le ganamos centavos, a las papas, igual. A lo que más o menos le ganamos es a la sopa Maruchan, que son como dos pesos, y al pañal suelto y a la toalla femenina, como se venden sueltos, les ganamos un peso”.

A pesar de la baja de ventas, Martha debe acudir al menos cada semana a la Central de Abasto de Ecatepec para abastecerse de los productos que le hagan falta. Así lo hará el próximo fin de semana, para adquirir únicamente papel de baño y leche, los únicos productos por los que actualmente registra ingresos.

“Hemos pensado cerrar el negocio, pero, ¿qué comemos mañana? Yo le comentaba a mi esposo que mejor hay que cerrar y quedarnos con lo que tenemos en la alcancía, pero, ¿después con qué te vuelves a levantar? No tenemos el privilegio para cerrar en lo que pasa la contingencia. No tenemos esa posibilidad”.

Como principal medida de protección, cada integrante de la familia se lava las manos cada vez que hace una transacción. Martha dejó de usar el gel antibacterial porque le lastima las manos porque la diabetes le ha sensibilizado la piel.

“Estamos tranquilos porque todavía no hemos escuchado que haya casos de coronavirus por aquí. Incluso yo decía que lo del coronavirus era mentira, que algo pretendía el gobierno; pero ya viendo que en otros lados la enfermedad está al día, ahora sí creo que es en serio”.

Explica que, por las condiciones geográficas de la zona son prácticamente nulos los apoyos económicos de cualquier tipo de institución.

“Los diputados que vienen a hacer sus campañas, no llegan hasta acá arriba. No importa el partido o si se trata del gobierno, se quedan en la parte baja. Allá hay pavimentación, agua, luz y llegan las ayudas. Ahí no la necesitan. Aquí la red de aguas apenas la están metiendo, pero a veces trabajan y a veces no. Es muy difícil que suban a brindar los programas”.

A pesar de ser parte de los sectores de riesgo, tanto Clara como Martha no podrán evitar salir de sus casas para hacerse de los medicamentos con los que regulan sus niveles de glucosa. Martha deberá seguir vendiendo sus productos, esperando que, así como las ayudas no llegan hasta las últimas casas de la última colonia sobre la Sierra de Guadalupe, tampoco pueda llegar el coronavirus.

[email protected]