Siempre le quise preguntar a Ramón Xirau (Barcelona, España, 1924-Ciudad de México, 2017) cómo era posible tener dos posiciones ante la vida absolutamente contrarias: la que nace como oposición a la mitología griega que, a la postre, se convertiría en la filosofía de occidente y la creencia en un Dios el de la tradición judeocristiana coexistiendo de manera paralela en una persona.

El mito del Minotauro inicia con una pastora fenicia de nombre Europa, que dada su belleza cautivó a Zeus, quien se disfrazó de toro blanco y, confundiéndose con el hato de bovinos que ella pastoreaba, logró acercársele.

Una vez que Europa descubrió al toro y se percató de su mansedumbre, lo montó, acción que fue aprovechada por Zeus para raptarla y, a nado, llevarla a Creta. De tal relación nacieron tres vástagos, Minos, Radamantis y Sarpedón, quienes fueron educados por Asterión, rey de aquella isla griega.

Cuando Minos creció, quiso saber si era el legítimo sucesor al trono de Creta una vez que Asterión muriera, por lo que le pidió a Poseidón una señal al respecto, a lo que el dios del mar hizo emerger de entre las olas a un toro que debía de ser sacrificado por su sobrino cuando se convirtiera en rey.

Minos quedó tan encantado por ese toro blanco que se parecía a su padre, que decidió no sacrificarlo, hecho que desató la ira de Poseidón que, en venganza, provocó que Pasifae, esposa de Minos, se enamorara del cornúpeto.

Pasifae, obnubilada por el deseo, acudió con Dédalo que era un inventor ateniense que vivía en Creta y le pidió que la ayudara a seducir al toro. El de Atenas construyó entonces lo que sería el antecedente inmediato del caballo de Troya: una vaca de madera recubierta con pieles del mismo animal y en cuyo interior escondió a la mujer.

De la relación del toro y Pasifae, nació un monstruo antropófago, el minotauro, al cual Dédalo, por orden del rey Minos, lo encerró en el laberinto de Cnosos. Y dado que entonces Atenas le rendía tributo a Creta, cada determinado tiempo, siete jóvenes y siete doncellas servían de alimento para ese híbrido semidivino con cuerpo de humano y cabeza de toro.

Teseo, heredero del trono de Atenas, formaba parte del tercer grupo de jóvenes que serían sacrificados al Minotauro. Pero cuando llegó a Creta llevaba consigo el propósito de vencer al monstruo. Con ayuda de Ariadna, hija de Minos y Pasifae, y gracias a un consejo de Dédalo, el ateniense amarró a la entrada del laberinto el extremo de un ovillo de hilo, el cual le permitió, una vez que mató al Minotauro, encontrar la salida.

Para Ramón Xirau, tal mito de la época minoica (entre 3000 y 1400 a. C) sirve para que los griegos prehelénicos (VII y VI a. C.) encuentren el punto de partida de lo que ahora se conoce como filosofía occidental. La leyenda significa , escribió el filósofo, que los griegos quieren establecer un orden racional, una forma de vida que ya no dependa de los monstruos y de los sacrificios primitivos. Significa también (...) que, ante un fenómeno inexplicable, tratan de dar una explicación congruente capaz de ser entendida por todos los hombres .

En Introducción a la historia de la filosofía, Xirau explica el devenir del pensamiento occidental, que no existen las verdades absolutas sino una sucesión de ideas que desembocan en un escepticismo universal. Pero él no era escéptico, siempre buscó una razón que revelara el porqué de nuestra presencia en el mundo y una posible respuesta se logra en la fe, en el pensamiento mágico, en la convicción personal e íntima de que la vida tiene, al menos, un sentido, el que impone el Dios judeocristiano.

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