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Arte e Ideas

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Dejen de perder

Todo tiempo futuro fue peor: Raúl Brasca.

El sábado jugué futbol en donde suelo hacerlo desde hace más de 30 años. ¿Qué si perdimos o ganamos? Creo que ambos o, tal vez, empatamos. El juego es placer y el resultado es parte del juego, no el juego mismo.

Ahora escucho gaitas y parece que soy el único que las oye. Rememoro al Batallón de San Patricio que, por más que hicieron, no hubo manera: perdieron y luego les fue muy mal.

Entre aquellas guerras contra Estados Unidos surgió la voz del general Anaya, sí, el mismo del Metro, quien dejó para la posteridad: Si hubiera más parque, usted no estaría aquí . Eso le dijo al general Twiggs, comandante del ejército invasor.

Y así seguimos: si hubiéramos metido más goles, si aquella hubiera entrado como flecha al agua luego de bajar entre piruetas 10 metros en caída libre, si los de pantalón largo no se hubieran robado el dinero, si no hubiéramos votado por aquél.

Ya ni siquiera coincidimos con Ramón del Valle-Inclán, para quien lo mismo da triunfar que hacer gloriosa la derrota . Ahora buscamos consuelo en el infortunio ajeno. Tanto problema por un poco de oro. Olvidamos que el mismo Moctezuma le ofreció todo el que tenía a Hernán Cortés para que se fuera, pero esto último no sucedió porque el conquistador era un hombre cruel, mentiroso, insaciable y, como tal, un cobarde.

Nos reconforta que ese que nos quita todo sufra la venganza de Moctezuma , pero olvidamos que el mismo tlatoani nos obligó a no pelear contra los de a caballo y que nosotros también éramos crueles, mentirosos, insaciables...

Los estadounidenses, al otro extremo, quienes son más crueles, más mentirosos, más insaciable, etcétera, ganan decenas de medallas mientras tienen un pueblo obeso y a punto de votar por Trump (o por la Clinton).

Hacemos escarnio de nuestros atletas que no ganan, pero, cuando lo hacen, tampoco nos dejan contentos. No los aguantamos. Tal el caso de Hugo Sánchez o de tantos otros de los que disfrutamos más su caída.

Fernando Marcos sintetizó tal desventura en la legendaria frase: ¿Por qué siempre nos pasa a nosotros? . Si hubiéramos aprendido algo de las derrotas, tendríamos un doctorado en la materia.

Prendemos la televisión con el puro afán de ver en qué perderemos hoy en las Olimpiadas. La encendemos para ver que perdimos en las elecciones, gane quien gane. También buscamos cuántos muertos, desaparecidos, crímenes de diversa índole, puntos porcentuales de pobreza extrema, encontramos en la jornada en turno.

Vivimos en la sociedad de los números. La cuantificación de los sucesos es el parámetro de la felicidad. Por eso el gobierno mueve cifras para arriba y para abajo, buscando dar una satisfacción en algo que, en la realidad, se borra de un plumazo. Los televidentes vemos azorados cómo los registros marcan milésimas de segundo los esfuerzos de los atletas, instantes que significan la gloria o la deshonra. No importa que nosotros apenas podamos nadar, correr o algo parecido. Tampoco que seamos ignorantes en casi todo y que no nos importe que las gimnastas no tengan infancia o tengan una bien rara.

Luego, si seguimos frente al televisor, la transmisión se interrumpe cada tanto para dar paso a la prueba de algún mexicano que, sabemos, perderá. En eso siempre acertamos. Y parece que por más que le echamos ganas , una frase en verdad misteriosa, y nos concentremos en el mantra sí se puede , no hay manera de cambiar la historia presente. Nomás nos descuidamos y se asoma nuestro frondoso destino: perder.

Si yo tuviera dinero en la Bolsa de Valores de seguro lo perdería. Y no me pierdo a mí mismo porque nadie me busca. Pero no me preocupo, porque como dice Raúl Brasca: todo tiempo futuro fue peor.

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