I-. Buenos Aires refulge en su belleza citadina. Elegante y con la distinción de los porteños que están orgullosos de su urbe, la ciudad es un entramado que respira a Borges. El centro cultural, instalado en los altos de la Galería Pacífico, celebra al escritor y lo hace con manifiesta medianía: un conjunto de fotos, la mayoría carentes de calidad, tratan de narrar una biografía que se escapa a cada paso.

El autor de El Aleph, sabio austero, como el gato de Baudelaire, careció de los artificios de la fama y se convirtió en un personaje extraño. Bibliotecario de corazón, anglófilo y, tal vez, el mayor escritor de América Latina. Sus baches se inscriben en una actitud conservadora que rayó en el guiño de ojo a Pinochet y su cohorte de imbéciles. ¿Cómo era posible que esta figura emblemática de la civilización occidental, además de tener entre su bibliografía Historia universal de la infamia, se sumara a las simpatías del asesino y corrupto general chileno?

Preguntas aún sin respuesta, el hecho es que el Centro Borges trató con desdén un homenaje que merecía algo más que un conjunto de malas imágenes.

II-. La carne argentina está a la baja. En lugares intermedios la calidad de los bifes es olvidable. Debe regresarse a la sana costumbre de ir a la siempre recordada Cabaña de las lilas, en Puerto Madero. El baby beef y el bife chorizo son espectaculares, las morcillas, los chorizos y las empanadas son de lo mejor. Lugares comunes de la cocina argentina que en este sitio pueden enorgullecerse de ofrecer una relación adecuada entre precio y calidad. La carta de vinos es una delicia, un tanto cara por cierto, pero con propuestas magníficas como las reservas especiales de Felipe Rutini.

III-. Una decepción total fue la tienda de discos Piscitelli. Espacio de ecos legendarios en donde se encontraba toda la música que uno deseara.

Primero, llegar a Corrientes y luego el detalle frustrante y por demás anacrónico: los discos compactos deben solicitarse a una señora de edad avanzada, dicho esto sin ánimo de ofensa, que busca en la computadora los títulos para luego aclarar que carecen de ese material. De diez peticiones fueron diez las negativas.

Ni siquiera el comprador puede buscar en los estantes, la tienda está organizada para que todo se pida y la mujer, por demás amable, haga una búsqueda rápida y confirme la inexistencia de tal o cual grabación. Ni siquiera las obras de Ginastera, el gran compositor argentino, forman pare del catálogo de ese lugar mastodóntico que nada dice a los coleccionistas.

IV-. La capital bonaerense presume, y con razón, de tener la más hermosa librería del mundo. Esta es el Ateneo. El viejo teatro fue acondicionado para que tengan sus estantes y al fondo, en lo que fuera el escenario, se ubica un café. La parte superior tiene una modesta sección de discos y películas.

V-. El Museo Nacional de Bellas Artes es uno de los tesoros de Buenos Aires. Sus colecciones son excelentes y con referencias que valen la pena contemplar una y otra vez. Cada visita a la capital argentina es preciso regresar a este sitio. Rubens, Cuyp, Rembrandt, Goya, Courbet, Rodin y muchos otros, unos más conocidos y otros que se integran a las grandes filas de la pintura holandesa, francesa o española, sin olvidar las presencias nacionales. Un recorrido siempre grato que comunica ese ánimo intelectual que hizo de Argentina una de las potencias en ese terreno.

VI-. Otro espacio museográfico que justifica la visita es el Museo de Xul Solar, pintor del que Borges concluía: Hombre versado en todas las disciplinas, curioso de todos los arcanos, padre de escrituras, de lenguajes, de utopías, de mitologías, huésped de infiernos y de cielos, autor panajedrecista y astrólogo, perfecto en la indulgente ironía y en la generosa amistad, Xul Solar es uno de los acontecimientos más singulares de nuestra época .

Casa del artista, ahora espacio museográfico, el museo fascina por el humor y la irrefrenable imaginación de ese genio que fue el artista argentino.