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La tribuna grita gol: Juan Villoro el todocampista

Villoro es un mediocampista generoso que reparte el juego por ambas bandas, lástima que los pases matones no siempre le salen

OpiniónEl Economista

No sabía si dedicar la segunda entrega de La tribuna grita gol a Juan Villoro, y es que tengo mis problemas con Villoro. El más importante es que de unos años a la fecha casi todo lo que publica me parece ilegible. No soy un robot (Anagrama), su supuesto análisis de la inteligencia artificial y otros temas digitales, es un bodrio que discute como novedad asuntos que llevan dos décadas resueltos. El vértigo horizontal (Almadía), textos sobre la Ciudad de México, es de un sentimentalismo rebuscado e insoportable. Abandoné ambos porque hay poca vida y muchos libros.

Algo peor: un genio idiota le dijo que podía ser dramaturgo, con resultados de espeluzno. A Villoro ya nadie le dice que no y eso le ha opacado la trayectoria. No todos los jugadores pueden ser todocampistas y el director técnico dentro de cada escritor debería entenderlo.

No siempre fue así, desde luego. Crecí leyendo a Villoro, sobre todo sus libros de las aventuras del profesor Zíper. Su mejor trabajo de ficción es El libro salvaje, novela para niños publicada por el FCE, una gozada de texto, tan inteligente como chistoso. Cuando lo leí, ya adulta, no quería que se acabara. Conozco a varios lectores más jóvenes que comparten la impresión. ¿Por qué será que Villoro ya no escribe así? Supongo que a veces el tintero se seca.

Pase a gol, lo que de verdad me enamoró de la prosa villoriana fueron sus crónicas. Palmeras de brisa rápida (Almadía) y Los once de la tribu (El Colegio Nacional), son influencia e inspiración para nosotros, los periodistas millennials. Gracias, señor Villoro, por darnos una razón para agarrar la pluma.

Sí, tengo mis asuntos con Villoro. Pero si alguien, digamos esta periodista elder millennial, va a escribir de futbol y literatura tiene que escribir de Juan Villoro. Porque nadie escribe de fut como el maestro Villoro.

Villoro, según él mismo ha contado, no creció con las manos en la máquina de escribir y un libro bajo la nariz. Luis Villoro, su padre y filósofo, brillante en ambas canchas, permitió que el niño encontrara su propio camino. El chamaco leía lo justo, pero encontrarse con los libros de José Agustín en las vacaciones de verano entre la secundaria y la prepa lo cambió todo.

Hubo otro momento canónico en la vida villoriana. De adolescente entró al taller literario de Augusto Monterroso tratando de escribir ¿qué? Como todo tallerista de respeto, Monterroso se daba cuenta de que sus alumnos no sabían escribir y se los hacía saber. A Villoro le costaba encontrar lo que los cursis llaman “su voz”. Sufría pero regresaba por su tunda semanal. Un mediocampista también sabe defender su cancha con dignidad.

Un día, sin saberlo, Villoro inventó su prosa. En un cuento para Monterroso, Villoro escribió copiando la voz e idiosincrasias del narrador de futbol Ángel Fernández. Lo que parecía una medida desesperada a Monterroso lo hizo detenerse. A ver, que el muchacho vuelva a leer. Ahí hay algo, dijo Monterroso. Podemos imaginar la euforia de ese joven perdido en un taller literario. Pase que acaba en asistencia para gol.

Esas historias de origen suenan a cómic pero suceden. Aunque Villoro no estudió periodismo ni literatura, ejerció desde muy joven ambos oficios. En aquellos años juveniles compartió departamento con Francisco Hinojosa. Ambos escritores tanteaban el oficio de escribir. Hinojosa, nuestro mejor escritor para niños, en aquella época era un poeta atormentado. Villoro trabajaba en un programa de radio sobre rock en el que ejercía de locutor, productor y guionista. Quien haya escuchado hablar a Villoro sabrá que es un charlista fascinante, podría ser un podcastero legendario. Sus años en radio le dejaron esas cualidades.

Pero la literatura, ay, esa no se deja. Cuando Villoro comenzó en el periodismo, la crónica estaba semiapestada en las redacciones. Se privilegiaba la nota dura, la declaración conseguida en las ruedas de prensa o en el sudor de la banqueta saliendo de la Cámara de diputados. La crónica era vista como arte del pasado o mero “color”, como los editores le dicen a cualquier textito de adorno y fácil de desestimar. A Villoro lo mandaron a hacer entrevistas con rockeros. Esos editores con úlcera no sabían lo que se les venía. Un buen mediocampista es inesperado.

Ya no hablemos de biografía, tampoco tengo todos los pelos de mula en la mano. Villoro ha contado todo esto en obras y entrevistas (una de ellas me la dio a mí, reportera novel y nerviosa). Villoro es muy amable en el pase corto al pie y también en el cambio de juego kilométrico. Es mediocampista generoso que sabe repartirse entre sus muchos oficios, hasta esos que no le salen.

Los once de la tribu coloca a Villoro como uno de los grandes comentaristas de la cultura en el México del cambio de siglo. Lo mismo escribe sobre los Rolling Stones que de los zapatistas, ejerce el perfil y la entrevista de largo aliento. Y aborda con entusiasmo (y éxito) el futbol. El texto que da título al libro es un análisis del juego como acto antropológico—los once de la tribu son esos guerreros que representan a la aldea en las batallas de la pelota—pero de un modo relajiento y botanero. Si algo tiene Villoro bajo la manga es siempre una gran bonhomía, nunca es solemne, o es lo justamente solemne para cavilar sobre temas a los que no les damos la importancia hasta que él nos los platica.

Los once de la tribu lleva décadas leyéndose como ejemplo del buen periodismo del cambio de siglo y no temo afirmar que se seguirá leyendo otras décadas y tres cuartos más.

Por supuesto que Villoro ha seguido explorando el futbol desde diferentes formatos. Muy entretenido es Ida y vuelta (Seix Barral), libro epistolar que se escribió en tiempo real durante el Mundial de Sudáfrica 2010. Se trata de la correspondencia entre un mexicano y un argentino. El mexicano sufrido y esperanzado es Villoro, el argentino sobrado pero meditabundo es Martín Caparrós. Los dos amigos conversan, se tiran tirria, se cabulean con elegancia y llegan a conclusiones tremendas al calor de la política, las costumbres, las injusticias y el mar de corrupción en que la FIFA ha ahogado al futbol. Así son los grandes platicones. Uno podría hacer una fiesta con dos sillas en el centro para ambos amigos y verlos platicar. La fiesta es eso nomás, verlos platicar: así se siente Ida y vuelta. Aunque Caparrós odia ese juego de avanzar a pasesitos por toda la cancha de la era Guardiola, verlo pelotear con Villoro es una conexión Xavi Hernández-Andrés Iniesta que sale desde el área propia y acaba en gol de Messi.

Villoro no deja de buscar y rebuscar en el futbol, y qué bueno para nosotros, sus lectores. Todo se lo perdono a Villoro cuando escribe de futbol, hasta sus indigestas obras de teatro. Están Dios es redondo (Seix Barral) y Balón dividido (Planeta), lecturas necesarias en año mundialista. No fue penal (Almadía) contrasta desde la ficción las experiencias futboleras entre dos excompañeros de equipo, cada uno lastimado de modos distintos pero igualmente definitivos, y sus destinos en un juego en el que se determina un descenso a segunda división.

Nueva joya de la corona en la frente de Juan Villoro: Los héroes numerados (Seix Barral). Más una colección de textos analíticos que de periodismo o crónica, en Los héroes numerados aventura una fenomenología del juego. Cada capítulo toma forma a partir de cada uno de los elementos del futbol: la pelota, la camiseta, el once ideal, las celebraciones y los cronistas que con sus alaridos nos explican el futbol a los mortales. Incluye un par de buenas entrevistas, una con Roberto Gómez Junco (a quien dedica el libro en un gesto que se me antoja un offside: no entrevistas a tus amigos) y otra con Marion Reimers, la comentarista más disruptiva de la nueva generación del periodismo deportivo que en el texto de Villoro luce su brillantez.

No me queda duda que Villoro suda la camiseta. Sus pases no siempre acaban en una jugada de gol pero verlo dibujar diagonales, hombre, no cualquiera. Su juego en mediocampo merece la ovación y el canto de la tribuna. Su balón no salta. Bien bajado, capitán Villoro.

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