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El riesgo naturaleza (Nature Risk) no es una externalidad: límites biofísicos, capital natural y resiliencia económica

OpiniónEl Economista

Resumen

Este artículo sostiene que la economía no puede crecer de manera sostenida más allá de la capacidad de los sistemas físicos y ecológicos que la sostienen. La tesis central es que la naturaleza no constituye una externalidad periférica, sino una infraestructura económica primaria: provee agua, suelos fértiles, regulación climática, polinización, ciclos de nutrientes, protección contra inundaciones y estabilidad ecosistémica, todos ellos insumos fundamentales de la producción, el comercio y las finanzas. Mientras los mercados pueden ignorar temporalmente las leyes de la naturaleza mediante precios incompletos, subsidios implícitos o contabilidad parcial, la economía real no puede escapar a sus restricciones biofísicas. A partir de literatura de economía ecológica, límites planetarios, capital natural y riesgo financiero relacionado con la naturaleza, el artículo desarrolla un marco conceptual para integrar el riesgo naturaleza en la valoración de activos, la supervisión financiera, la estrategia corporativa y la política pública. El argumento se estructura en torno a tres proposiciones: primero, la economía es un subsistema abierto de la biosfera y, por tanto, depende de flujos materiales y energéticos finitos; segundo, la degradación del capital natural es un pasivo económico no registrado que erosiona la productividad futura; tercero, los riesgos físicos y de transición asociados a biodiversidad, agua, suelo e integridad ecosistémica deben tratarse como riesgos sistémicos comparables al riesgo climático. El artículo concluye proponiendo una agenda de medición, gobernanza y asignación de capital basada en escenarios de naturaleza, contabilidad de capital natural y principios de sostenibilidad fuerte.

Palabras clave: capital natural; riesgo naturaleza; límites planetarios; economía ecológica; biodiversidad; estabilidad financiera; sostenibilidad fuerte; resiliencia económica.

1. Introducción

La economía moderna se basa en un sistema de producción, consumo, inversión y comercio coordinado por precios, instituciones y expectativas. Sin embargo, antes de ser un sistema monetario, contractual o financiero, la economía es un proceso material. Toda actividad económica transforma energía, agua, biomasa, minerales, suelo, información ecológica y trabajo humano en bienes y servicios. En consecuencia, su viabilidad depende de la estabilidad de los sistemas físicos y biológicos que proveen esos flujos. La frase que resume la tesis de este artículo es deliberadamente simple: la economía nunca puede crecer más allá de la capacidad de los sistemas físicos que la sostienen.

Esta afirmación no implica negar la innovación tecnológica, la eficiencia productiva ni la posibilidad de mejorar el bienestar humano. Implica reconocer que la actividad económica se encuentra dentro de la biosfera, no fuera de ella. La economía puede modificar la forma en que usa materia y energía, puede sustituir ciertos insumos, puede reducir desperdicios y puede crear instituciones más sofisticadas; pero no puede abolir la gravedad, la termodinámica, la dependencia del agua dulce, la fertilidad del suelo, la estabilidad climática ni las interdependencias entre especies. En términos prácticos, los mercados pueden ignorar las leyes de la naturaleza durante un tiempo; la economía no.

Dentro de la teoría neoclásica se maneja el concepto de externalidades, las cuales "aparecen cuando el comportamiento de un agente cualquiera afecta el bienestar de otro (su función de producción, o su función de utilidad), sin que este último haya elegido esta modificación, y sin que exista un precio o una contraparte monetaria que lo compense" (Azqueta, 2007:44). De esta manera el impacto en el medio ambiente por parte del crecimiento económico se presenta como una externalidad negativa, pero que puede tratarse mediante intervención estatal o arreglos institucionales.

Con el desarrollo de diferentes investigaciones científicas, como la de Stephen H. Schneider, quien a raíz de varias investigaciones, se convirtió en pionero de la lucha contra el cambio climático al estudiar el impacto de los gases de efecto invernadero la presión sobre el reconocimiento de la problemática ambiental y la aceptación de las pruebas sobre el hueco en la capa de ozono, la ciencia económica se vio obligada a formar una visión que abarcará a la naturaleza y el desarrollo económico. Se entendió que la biosfera tiene un valor y no son recursos ilimitados, debido a que es el sostén de la vida humana, los recursos provenientes forman parte de la función de producción, además funciona como un sumidero para muchos desperdicios y participa en la función de utilidad de las economías domésticas.

A pesar del reconocimiento del valor intrínseco de la naturaleza y su importancia para el desarrollo y crecimiento económico, la evidencia acumulada por la ciencia del sistema Tierra indica que el modo de producción está operando fuera de varios rangos de seguridad ecológica. El marco de límites planetarios identifica nueve procesos críticos que regulan la estabilidad y resiliencia del sistema Tierra; su actualización de 2023 concluyó que seis de esos nueve límites ya estaban transgredidos, aumentando el riesgo de cambios ambientales abruptos o irreversibles (Richardson et al. 2023). Esta conclusión no es una advertencia ambiental separada de la economía: es una señal sobre la base física de la producción, la estabilidad de precios, la seguridad alimentaria, la infraestructura, los seguros, la deuda soberana y la solvencia corporativa.

La pérdida de biodiversidad y la degradación de ecosistemas han dejado de ser asuntos exclusivamente conservacionistas. El informe global de IPBES muestra que la biodiversidad y los servicios ecosistémicos están estrechamente vinculados con el bienestar humano, la seguridad alimentaria, la salud y los medios de vida (IPBES 2019).

La economía neoclásica no ha logrado introducir los recursos naturales y los contaminantes dentro del flujo circular del sistema, se les ha visto, en un principio, como límites para el crecimiento provocando el estado estacionario, para después ser relegados a factores externos y remplazables por capital continuando con análisis lineal del crecimiento de la riqueza.

El World Economic Forum estimó que 44 billones de dólares de generación de valor económico, equivalentes a más de la mitad del PIB mundial, dependen moderada o altamente de la naturaleza y sus servicios (World Economic Forum 2020). El Banco Central Europeo ha señalado que la degradación de la naturaleza puede afectar tanto la estabilidad de precios como la estabilidad financiera mediante riesgos físicos y de transición (European Central Bank 2024). La Taskforce on Nature-related Financial Disclosures ha desarrollado recomendaciones para que empresas e instituciones financieras identifiquen, evalúen y divulguen sus dependencias, impactos, riesgos y oportunidades relacionados con la naturaleza (TNFD 2023).

Debido a la imposibilidad de la economía mecanicista de trascender la problemática ambiental, se han buscado alternativas teóricas buscan que el sistema ecológico sea analizado como un subsistema de la Biosfera, organismo complejo y vital para la existencia de la sociedad, por lo que la dinámica económica debe respetar y considerar las leyes que gobiernan el funcionamiento de la naturaleza.

El problema central es contable, institucional y epistemológico. Las economías nacionales y los balances corporativos registran capital financiero, capital manufacturado y ciertos intangibles, pero rara vez registran de forma adecuada la pérdida de capital natural y la capacidad de regeneración que sostiene los flujos futuros de caja. La degradación de una cuenca hidrográfica, la pérdida de polinizadores, la erosión del suelo, la fragmentación de hábitats o la reducción de resiliencia ecosistémica pueden no aparecer inmediatamente como pasivos. No obstante, terminan manifestándose como menores rendimientos agrícolas, interrupciones de cadenas de suministro, inflación alimentaria, mayores primas de seguro, deterioro de infraestructura, litigios, restricciones regulatorias y activos varados.

Este artículo desarrolla la tesis de que el riesgo naturaleza debe ser reconocido como una categoría de riesgo económico y financiero sistémico. La naturaleza no es una externalidad. Es el activo subyacente sobre el cual descansan las demás clases de activos.

2. Marco conceptual: la economía como subsistema de la biosfera

La teoría económica convencional ha tendido a representar el ambiente como fuente de recursos y sumidero de residuos, pero no siempre como condición estructural de posibilidad de la economía. La economía ecológica invierte esa perspectiva: la economía es un subsistema abierto dentro de un sistema mayor, la biosfera. Este subsistema recibe flujos de baja entropía, transforma materia y energía, y genera residuos de alta entropía. La intuición central de Nicholas Georgescu-Roegen fue precisamente que el proceso económico tiene una dimensión biofísica irreductible, vinculada a la ley de la entropía y al carácter irreversible de muchas transformaciones materiales (Cleveland and Ruth 1997).

Un punto importante en la diferenciación de los enfoques del pensamiento económico neoclásico y la Economía Ecológica es el papel que juega el hombre. Para la primera son consumidores que deciden según el coste de oportunidad, por lo que sus gustos y preferencias son punto clave para la asignación de los precios en el mercado. Mientras para el segundo el ser humano es un componente del sistema total, sus preferencias, conocimientos, tecnología y organización deben ajustarse a las restricciones y oportunidades ecológicas. También critica el papel de la tecnología, debido al gran optimismo existente sobre el papel de los avances técnicos para lograr sustituir la naturaleza por capital.

La mayoría de los economistas, creen que "no hay límites ni al crecimiento económico ni al progreso técnico... Por el contrario, se prefiere creer que, en caso que existan limites en la naturaleza, o en este caso, en la Biosfera actual, no consisten más que en los relacionados al estado provisional de nuestros conocimientos científicos y de nuestra capacidad tecnológica, de tal suerte que tales límites serán superados en el futuro gracias al progreso científico y técnico" (Grinevald, 2005)

La Economía Ecológica recomienda mantener una postura moderada para no tener consecuencias irreversibles, ya que, si se espera que haya un punto de la evolución científica donde la escasez de algún insumo natural se resuelva, y mientras tanto se consuma sin grandes precauciones, se puede llegar a la extinción de dichos recursos y desequilibrar el ecosistema obteniendo daños incalculables.

Herman Daly formuló esta intuición en términos de escala. Una economía puede crecer dentro de una biosfera relativamente abundante hasta cierto punto; pero, cuando la escala económica se aproxima o supera la capacidad regenerativa y asimilativa de los ecosistemas, el crecimiento adicional puede destruir más capital natural del valor económico que crea. Daly denominó esta situación crecimiento antieconómico, es decir, crecimiento que aumenta el flujo monetario medido, pero reduce bienestar neto al erosionar la base natural de la prosperidad (Daly 2005).

La economía es un subsistema de la biosfera finita que la sostiene. Cuando su expansión invade en exceso el ecosistema circundante, empieza a sacrificar capital natural de mayor valor que el capital producido que añade.” — síntesis del argumento de Daly sobre una economía en un mundo lleno (Daly 2005).

El marco de límites planetarios traduce esta lógica a la escala del sistema Tierra. No se limita a indicar que existen impactos ambientales; identifica procesos biofísicos cuya alteración puede desplazar al planeta fuera de un espacio operativo seguro para las sociedades humanas (Richardson et al. 2023). La estabilidad climática, la integridad de la biosfera, el cambio de uso del suelo, los flujos biogeoquímicos, el agua dulce, la acidificación oceánica y las entidades novedosas no son variables ambientales aisladas. Son condiciones de estabilidad macroeconómica.

Figura 1. La economía real y el sistema financiero dependen del capital natural, que a su vez depende de ecosistemas funcionales y de la estabilidad del sistema Tierra. La política pública y la regulación pueden modificar los incentivos de asignación de capital, pero no pueden eliminar los límites biofísicos.

La Tabla 1 sintetiza las diferencias entre una lectura económica convencional y una lectura biofísica del crecimiento.

Tabla 1

Esta distinción es crucial porque los mercados no son sensores perfectos de escasez ecológica. Muchos servicios ecosistémicos son bienes públicos, carecen de precio de mercado o se valoran solo cuando fallan. El Banco Central Europeo observa que servicios como filtración de agua por humedales, protección contra tormentas, regulación climática por bosques, fertilidad del suelo y polinización son con frecuencia subvalorados o no incorporados en decisiones económicas (European Central Bank 2024). Este desfase entre valor económico real y precio financiero observable genera una ilusión de rentabilidad: actividades que degradan capital natural pueden parecer eficientes mientras desplazan costos hacia el futuro, hacia terceros o hacia el sistema financiero.

3. El gran error contable: confundir ingreso con liquidación de capital natural

Una economía puede aumentar temporalmente su producción liquidando el capital natural que sostiene esa producción. La conversión de bosques en monocultivos, el drenaje de humedales, la sobreexplotación de acuíferos, la erosión de suelos agrícolas o la extracción intensiva de biomasa pueden elevar ingresos de corto plazo. Sin embargo, si esos ingresos se obtienen mediante la pérdida de capacidad regenerativa, la economía no está creando riqueza neta; está consumiendo su balance ecológico.

Se han desarrollado diferentes teorías para analizar el crecimiento en el ingreso y el deterioro ambiental, por ejemplo, en 1991 Grossman y Kruger encontraron una relación entre los ingresos y la degradación ambiental cuando analizaron el impacto del Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Estos dos investigadores concluían que el crecimiento económico ejercía efecto sobre el medio ambiente con tres aspectos. El primero es el efecto de escala; el crecimiento de la producción significa un mayor consumo de recursos y energía, y más emisiones contaminantes, que degradan la calidad del medio ambiente. El segundo efecto radica en un aspecto estructural; los cambios estructurales influyen sobre el medioambiente con el desarrollo económico. La tercera es el efecto técnico; con el aumento de los ingresos y avance técnico, la contaminación causada será disminuida al reemplazar la tecnología antigua por una nueva y limpia, lo cual ayudará a mejorar las condiciones ambientales (Sun Bo, 2011). Después otros buscaron y encontraron una relación similar, como Shafik y Panayotou, quien la nombra U invertida de Kuznets.

La curva de Kuznets ha recibido un gran número de críticas debido a que algunos estudios han probado que la hipótesis es incluso contradictoria. Horacio Catalán, realizó un estudio de 144 países para demostrar la veracidad de la curva de Kuznets. Los resultados dan una curva en forma de N, la cual significa que los beneficios que se puedan lograr, en cuanto a la disminución de emisiones de CO2, debido a un mayor crecimiento económico y un aumento en la eficiencia tecnológica, pero son transitorias. Las opciones de reducción de emisiones se agotan o bien sus costos tienden a incrementarse, y en consecuencia no se logran reducciones significativas en la degradación ambiental (Catalán, 2014: 29).

La contabilidad nacional tradicional mide flujos de producción, pero tiene dificultades para distinguir entre ingreso sostenible y depreciación de activos naturales. El Banco Mundial ha intentado corregir esta limitación mediante la contabilidad integral de riqueza. Su informe The Changing Wealth of Nations 2021 amplía la medición de activos de capital, incluyendo capital natural y capital natural azul como pesquerías marinas y manglares (World Bank 2021). Esta línea de trabajo es importante porque desplaza el foco desde el PIB como indicador de actividad hacia la riqueza como base de capacidad futura.

La Dasgupta Review formuló el problema con claridad: para proteger y mejorar la prosperidad y el mundo natural, es necesario cambiar la forma en que pensamos, actuamos y medimos el éxito económico (HM Treasury 2021). Su contribución central consiste en tratar la naturaleza como un activo y reconocer que la demanda humana sobre la biosfera puede exceder la capacidad de oferta de la naturaleza. En otras palabras, existe una brecha entre la escala de las demandas económicas y la capacidad de regeneración de los sistemas naturales.

La degradación del capital natural opera como un pasivo oculto por tres razones. Primero, sus efectos suelen ser diferidos y no lineales. La pérdida incremental de biodiversidad puede no afectar inmediatamente la productividad, pero puede reducir redundancia funcional y resiliencia hasta que un shock desencadena colapso de servicios ecosistémicos. Segundo, sus costos se distribuyen de manera desigual entre empresas, territorios, generaciones y sectores, lo que dificulta su atribución contable. Tercero, los mercados financieros descuentan el futuro y suelen premiar retornos de corto plazo, incluso cuando esos retornos dependen de erosionar condiciones biofísicas de largo plazo.

El resultado es una divergencia entre valor financiero y valor ecológico. Un activo agrícola puede estar sobrevalorado si su productividad depende de un acuífero en agotamiento, de polinizadores en declive o de suelos que pierden carbono orgánico. Una empresa alimentaria puede parecer solvente si sus estados financieros no incorporan vulnerabilidad a sequías, plagas, pérdida de fertilidad, riesgos regulatorios por deforestación o interrupciones logísticas vinculadas a eventos climáticos extremos. Un banco puede parecer diversificado si sus préstamos están distribuidos sectorialmente, pero concentrados biofísicamente en cuencas degradadas, cadenas de suministro deforestadoras o geografías expuestas a estrés hídrico.

La Tabla 2 muestra cómo la degradación del capital natural se traduce en riesgos económicos observables.

Tabla 2

4. Del riesgo climático al riesgo naturaleza

El riesgo climático ya forma parte de la agenda de bancos centrales, reguladores, inversionistas y empresas. Sin embargo, el riesgo climático es solo una dimensión de una crisis más amplia de desestabilización biofísica. El riesgo naturaleza incluye biodiversidad, agua, suelo, océanos, integridad ecosistémica y servicios de regulación. Su complejidad es mayor que la del clima porque no existe una métrica única equivalente a toneladas de CO₂ equivalente, ni un solo objetivo global comparable a limitar el aumento de temperatura. La naturaleza es multidimensional, localmente específica, no lineal y altamente interdependiente.

El Banco Central Europeo distingue riesgos físicos y riesgos de transición asociados a naturaleza (European Central Bank 2024). Los riesgos físicos surgen cuando la degradación de ecosistemas reduce la provisión de servicios de los que dependen empresas y hogares. Pueden ser agudos, como incendios, derrames o plagas; o crónicos, como degradación de suelos, escasez hídrica o pérdida progresiva de polinizadores. Los riesgos de transición emergen de cambios regulatorios, tecnológicos, legales, de mercado o de preferencias sociales destinados a proteger y restaurar la naturaleza. Una empresa expuesta a deforestación puede enfrentar restricciones de mercado, litigios, pérdida de acceso a financiamiento o desvalorización de activos.

El Network for Greening the Financial System ha reconocido la necesidad de un marco conceptual para guiar a bancos centrales y supervisores frente a riesgos financieros relacionados con naturaleza (NGFS 2023). Este reconocimiento es significativo: si la naturaleza afecta la inflación, la solvencia, la liquidez, el crédito y los seguros, entonces la biodiversidad deja de ser una variable externa a la política económica. Pasa a ser una condición de estabilidad macrofinanciera.

La Taskforce on Nature-related Financial Disclosures ha desarrollado recomendaciones para que las organizaciones reporten dependencias, impactos, riesgos y oportunidades relacionados con la naturaleza (TNFD 2023). Su relevancia está en que amplía el enfoque de divulgación climática hacia un enfoque de doble materialidad ecológica y financiera. Una empresa no solo debe preguntar cómo la naturaleza la afecta, sino cómo sus operaciones y cadenas de valor afectan la naturaleza que sostiene su propio modelo de negocio.

El paso del climate risk al nature risk requiere tres cambios metodológicos. Primero, pasar de métricas universales a métricas contextuales: el mismo impacto puede tener significados distintos según cuenca, bioma, grado de amenaza, conectividad ecológica o presencia de especies clave. Segundo, pasar de análisis sectorial a análisis de dependencia ecosistémica: empresas de sectores distintos pueden depender de la misma cuenca, corredor ecológico o servicio de polinización. Tercero, pasar de escenarios lineales a escenarios no lineales: la pérdida de resiliencia puede producir umbrales, cascadas y puntos de inflexión.

5. Capital natural como infraestructura económica

Llamar infraestructura a la naturaleza no es una metáfora débil. Es una descripción funcional. Una infraestructura es un conjunto de activos que permite la operación de sistemas económicos y sociales. Las carreteras permiten transporte; las redes eléctricas permiten suministro energético; los sistemas digitales permiten comunicación y coordinación. De modo análogo, los ecosistemas permiten producción alimentaria, disponibilidad de agua, regulación de inundaciones, estabilidad climática, control de erosión, protección costera y absorción de residuos.

El Banco Central Europeo señala que en 2019 diez servicios ecosistémicos en la Unión Europea generaron beneficios anuales estimados en 234.000 millones de euros según el proyecto INCA (European Central Bank 2024). Esta cifra no agota el valor de la naturaleza; más bien muestra que una parte del flujo de beneficios ecosistémicos puede cuantificarse económicamente. La mayor parte del valor de la naturaleza permanece difícil de monetizar, especialmente cuando se relaciona con funciones de soporte, resiliencia, irreversibilidad y valores culturales.

Tratar el capital natural como infraestructura económica tiene consecuencias prácticas. Las inversiones en restauración de cuencas, suelos, bosques, humedales, corredores ecológicos y biodiversidad funcional no deben verse únicamente como gasto ambiental, filantropía o cumplimiento regulatorio. Deben evaluarse como inversiones en reducción de riesgo sistémico, productividad futura y resiliencia territorial. Del mismo modo que una economía deteriora su competitividad si no mantiene puentes, puertos o redes eléctricas, también deteriora su competitividad si destruye su infraestructura hídrica, edáfica y ecológica.

Esta perspectiva permite introducir al ecosistema en la dinámica del mercado para generar, no solo crecimiento económico, si no desarrollo social, ambiental y material. La pregunta relevante no es si la economía debe elegir entre naturaleza y prosperidad. La pregunta es qué tipo de prosperidad puede sostenerse cuando la base natural se degrada. En muchos territorios, la restauración ecológica, la agricultura regenerativa, la gestión integrada de cuencas, la planificación basada en ecosistemas y la infraestructura verde pueden reducir costos futuros, estabilizar producción y mejorar calidad de vida. La naturaleza, en este sentido, no es un lujo posterior al crecimiento; es una condición de crecimiento viable.

La problemática ambiental debe ser vista en su conjunto, cada nación debe pensar tanto en los daños generados en el interior de su territorio así como los ocasionados por el comercio exterior, el impacto es menor si la transición energética se inicia sin tener algún proyecto para también combatir las externalidades por su consumo en otras regiones y en su propio ecosistema. El cálculo de la perdida de biodiversidad y el incremento de residuos contaminantes debe integrarse tanto en las cuentas nacionales, como en la contabilidad interna de cada empresa para mitigar riesgos a corto, mediano y largo plazo. 

6. Escenarios de naturaleza: hacia una nueva arquitectura de gestión de riesgos

La gestión financiera moderna depende de escenarios. Los escenarios climáticos han permitido a bancos, aseguradoras, supervisores y empresas explorar trayectorias de transición, shocks físicos y efectos de política. El riesgo naturaleza requiere un desarrollo equivalente, pero adaptado a su multidimensionalidad.

Un escenario de naturaleza debe integrar al menos cuatro dimensiones. La primera es la presión humana: cambio de uso del suelo, extracción, contaminación, especies invasoras, sobreexplotación y emisiones. La segunda es el estado ecológico: biodiversidad, conectividad, calidad de hábitat, integridad de suelos, disponibilidad hídrica, salud de ecosistemas marinos y resiliencia. La tercera es la dependencia económica: sectores, activos, territorios y cadenas de suministro vinculados a servicios ecosistémicos. La cuarta es la respuesta institucional: regulación, litigios, cambios de preferencia, subsidios, impuestos, estándares de divulgación, restauración y protección.

Tabla 3

El Marco Global de Biodiversidad de Kunming-Montreal, adoptado en 2022, estableció metas como proteger al menos 30% de tierras y aguas para 2030, reducir subsidios perjudiciales y movilizar financiamiento para biodiversidad (European Central Bank 2024). Estas metas implican que la política pública puede modificar abruptamente el entorno de rentabilidad de actividades que dependen de degradar ecosistemas. A la vez, crea oportunidades para modelos de negocio basados en restauración, trazabilidad, monitoreo, soluciones basadas en naturaleza y medición de impactos.

La construcción de escenarios de naturaleza debe evitar dos errores. El primero es reducir la naturaleza a carbono. Aunque el carbono es crítico, un bosque biodiverso, conectado y funcional no es equivalente a una plantación homogénea con el mismo stock de carbono. El segundo es asumir sustitución ilimitada. Algunos componentes del capital natural son críticos y no sustituibles en escalas temporales relevantes para la economía. La pérdida de un acuífero, la erosión severa de suelos o el colapso de polinizadores no se compensan fácilmente con capital manufacturado. 

7. Implicaciones para inversionistas, empresas y reguladores

La integración del riesgo naturaleza transforma la práctica de inversión. Un inversionista que evalúa únicamente estados financieros históricos puede subestimar riesgos derivados de dependencias ecosistémicas. La debida diligencia debe incorporar información espacial, cadenas de suministro, exposición a biomas sensibles, huella hídrica, dependencia de servicios de regulación y alineación con políticas de biodiversidad. La pregunta central deja de ser solamente “¿cuál es el retorno esperado?” y pasa a ser “¿sobre qué base biofísica se sostiene ese retorno?”.

Para empresas, el riesgo naturaleza exige mapear dependencias e impactos directos e indirectos. Esto implica conocer dónde operan los activos, de qué cuencas dependen, qué ecosistemas afectan, qué materias primas compran, qué proveedores se ubican en fronteras de deforestación o territorios con estrés hídrico, y qué regulaciones emergentes podrían afectar su licencia para operar. La gestión de naturaleza no puede ser un anexo de sostenibilidad desconectado de compras, finanzas, operaciones, seguros y estrategia.

Para reguladores, el desafío consiste en evitar que la degradación ecológica se acumule como riesgo sistémico invisible. La supervisión financiera puede incorporar pruebas de estrés, requerimientos de divulgación, análisis de concentración geográfica y sectorial, y escenarios que combinen shocks físicos con transición regulatoria. Esto no significa que los bancos centrales deban reemplazar a autoridades ambientales; significa que deben reconocer que la estabilidad financiera depende de condiciones ecológicas que ya están cambiando.

Tabla 4

Existe además una implicación ética y estratégica: la gestión del riesgo naturaleza no debe convertirse únicamente en una herramienta para proteger portafolios frente a la degradación. Debe contribuir a reducir la degradación misma. Si el capital financiero se limita a escapar de zonas o sectores vulnerables sin financiar restauración, adaptación y transición productiva, el resultado puede ser una reasignación defensiva que agrave desigualdades territoriales. Una economía resiliente necesita capital paciente orientado a regenerar la base natural de la producción. 

8. Discusión: límites, tecnología y sostenibilidad fuerte

Una objeción frecuente a la tesis de los límites biofísicos sostiene que la innovación tecnológica puede desacoplar crecimiento económico de presión ambiental. Esta posibilidad no debe descartarse; la eficiencia energética, la economía circular, la digitalización, la biotecnología, la agricultura de precisión y nuevos materiales pueden reducir impactos por unidad de producto. Sin embargo, el desacoplamiento relativo no basta si la escala total de la economía sigue aumentando por encima de la capacidad regenerativa. Para que el crecimiento sea compatible con límites biofísicos, el desacoplamiento debe ser absoluto, suficientemente rápido, sostenido, global y aplicable a múltiples presiones ambientales simultáneamente.

Se menciona que el desarrollo sustentable "es un proceso de cambio en el cual la explotación de los recursos, la orientación de la evolución tecnológica y la modificación de las instituciones están acorde y acrecientan el potencial actual y futuro para satisfacer las necesidades y aspiraciones humanas." De este planteamiento se desprende dos visiones del desarrollo, la sustentabilidad débil y la sustentabilidad fuerte. La primera tiene sus raíces en la economía neoclásica, la cual propone que la complejidad de la naturaleza se reduce a capital natural el cual es sustituible por capital fabricado; mientras que la segunda destaca los aspectos insustituibles, las funciones diversas y el patrimonio natural. (Martínez, 2001:374).

Enrique Leff nos dice que con el concepto que le dio vida a la economía, la escasez, se ha extendido hasta incluir el agotamiento de los recursos naturales, lo cual parece perfectamente normal y lógico, sin comprender que nos es natural que el estado del planeta esté en condiciones precarias debido a los limites espaciales y temporales, sino que es resultado de la forma social y los patrones tecnológicos de expropiación y explotación de la naturaleza. De tal forma que no se debe subestimar las capacidades regenerativas que tiene la Tierra, si no el comportamiento errante para obtener lo que ofrece, la dirección que ha tomado el desarrollo tecnológico puede que no sea el correcto para lograr sostener el estilo de vida del humano, que es consumismo y generador de desechos, así que aunque la ciencia establezca nuevos límites y genere otras esperanzas, no logrará indicar la dirección que el sistema debe seguir para lograr el equilibrio entre la producción y la regeneración ambiental.

El problema no es la tecnología, sino la suposición de sustitución ilimitada. Un sistema financiero sofisticado no reemplaza lluvia regular; una planta de tratamiento no reemplaza por completo un acuífero estable; una cadena logística eficiente no reemplaza suelos fértiles; un algoritmo no reemplaza polinizadores a escala continental.

La tecnología debe operar dentro de una gobernanza de límites. Esto significa orientar innovación hacia reducción real de presión material, restauración ecológica, trazabilidad, monitoreo satelital, medición de biodiversidad, eficiencia hídrica, regeneración de suelos y sustitución de modelos extractivos por modelos circulares y regenerativos. La pregunta no es si habrá crecimiento o no crecimiento en términos agregados; la pregunta es qué debe crecer, qué debe decrecer y qué debe mantenerse dentro de umbrales ecológicos.

En este punto, el lenguaje de riesgo financiero puede resultar insuficiente. El riesgo naturaleza no es solo la posibilidad de pérdidas para inversionistas; es la posibilidad de degradar las condiciones de habitabilidad, producción y cohesión social. Por ello, la agenda de capital natural debe evitar una reducción puramente monetaria de la naturaleza. Monetizar puede ayudar a revelar dependencias ocultas, pero no debe confundirse con capturar el valor completo de ecosistemas, especies, culturas y generaciones futuras. 

9. Propuesta operativa: de la externalidad al balance biofísico

Para pasar de la retórica a la práctica, se propone una arquitectura de cinco pasos. Primero, reconocer la materialidad biofísica del modelo económico: toda empresa, sector o territorio debe identificar sus dependencias de agua, suelo, biodiversidad, energía y servicios ecosistémicos. Segundo, medir impactos y dependencias espacialmente explícitos: la naturaleza es local, por lo que las métricas deben vincularse a cuencas, biomas y ecosistemas concretos. Tercero, incorporar escenarios de naturaleza en valoración y gestión de riesgos: los modelos financieros deben analizar shocks físicos, transición regulatoria y pérdida de resiliencia. Cuarto, ajustar la asignación de capital: el financiamiento debe favorecer actividades que mantengan o regeneren capital natural, y encarecer actividades que lo degraden. Quinto, reformar la contabilidad: el capital natural debe integrarse en cuentas nacionales, reportes corporativos y análisis de riqueza.

Tabla 5

Esta arquitectura no requiere esperar a métricas perfectas. La incertidumbre no justifica inacción; al contrario, refuerza la necesidad de precaución. Los sistemas ecológicos son complejos y no lineales. Cuando existen umbrales irreversibles, esperar a la certeza completa puede equivaler a actuar demasiado tarde. 

10. Conclusiones

La naturaleza no es una externalidad; es un activo económico estratégico y una infraestructura primaria. La economía no flota sobre los ecosistemas: está contenida en ellos. Puede innovar, reorganizarse y aumentar eficiencia, pero no puede crecer indefinidamente más allá de la capacidad de los sistemas físicos que la sostienen. Ignorar esta condición produce una contabilidad incompleta, una valoración errónea de activos y una acumulación silenciosa de riesgo sistémico.

La transición del riesgo climático al riesgo naturaleza representa una nueva frontera para la economía, las finanzas y la política pública. El clima mostró que los mercados podían subestimar durante décadas riesgos físicos y de transición. La naturaleza amplía esa lección: agua, suelo, biodiversidad e integridad ecosistémica son variables macroeconómicas. Su degradación afecta productividad, inflación, solvencia, seguros, comercio y estabilidad social.

El mensaje central es doble. Primero, los mercados pueden ignorar las leyes de la naturaleza durante un tiempo; la economía no. Segundo, la gestión del capital natural no debe limitarse a proteger portafolios frente a la pérdida de naturaleza, sino a movilizar capital, regulación e innovación para detener y revertir esa pérdida. La resiliencia económica del siglo XXI dependerá de la capacidad de reconocer que no existe prosperidad duradera sobre una base biofísica degradada. 

Afiliaciones

  • Guillermo Hinojos-Mendoza, Ph.D. ASES Ecological and Sustainable Services;
  • Eva Rodríguez Reyna, 2NAT5 Nature-Positive; 
  • Juan Antonio Araujo, Alexandra Zenzes, Horacio Macias y Jonatan González, Instituto Mexicano para la Justicia (IMJUS).

Referencias

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