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Opinión

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¿Puede McAllen tener más pobreza que Monterrey?

Jonathan Ruiz Torre | Parteaguas

McAllen, Texas, la ciudad a la que muchos regios viajan para comprar, también forma parte de una zona que, en términos relativos, concentra más pobreza extrema que Monterrey, Nuevo León.

Esa circunstancia ayuda a entender una parte de la base política del presidente Donald Trump, quien ayer volvió a amagar con terminar el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá, el T-MEC. Lo hizo, recordemos, un día antes del inicio de la justa deportiva futbolera. Trump, conocedor de los medios, sabe que ese evento lo pondrá en contacto directo con la bandera mexicana.

Vi a algunos con preguntas nerviosas. Para ellos repito una recomendación que hago con frecuencia: fíjense en lo que Trump hace, no en lo que Trump dice.

Volvamos a la frontera.

Un 13.2 por ciento de los habitantes del condado de Hidalgo —que incluye McAllen, Edinburg y Mission— enfrenta pobreza extrema, de acuerdo con la Catholic Campaign for Human Development, o CCHD, en su sitio povertyusa.org.

En el municipio de Monterrey, el porcentaje de personas en esa condición es de 1.28 por ciento, según el Coneval. Claro, cada institución mide la pobreza a su manera y el asunto siempre es polémico.

Pero la pobreza extrema en el Valle del Río Grande es conocida. Esa zona, que suele motivar viajes de connacionales hacia el norte para hacer compras, se extiende más allá de Laredo y refleja una realidad menos visible desde México.

La región casi triplica la tasa nacional de pobreza extrema en Estados Unidos, que ronda el 6 por ciento.

También es compleja la situación en el condado de Wayne, Michigan, que incluye a Detroit, donde la pobreza extrema alcanza a más del 10 por ciento de la población.

Si han estado por ahí, quizá han visto esos barrios y edificios sem_abandonados, llenos de grafiti, que evidencian profundas complicaciones sociales.

Monterrey, dentro de México, es un caso aparte. Es tal vez la ciudad más beneficiada en la historia de los tratados de libre comercio del país. Una evidencia está en la Loma Larga, que divide a Monterrey de San Pedro.

Lo que hace apenas unas décadas era un gran campo montañoso, en 20 años se llenó de edificios y rascacielos.

Detroit y, probablemente, el Valle del Río Grande son evidencia de políticas económicas que no beneficiaron a todos en el país vecino.

Trump no se caracteriza por hacer análisis sesudos, sino por hablarle a su audiencia. Ayer estaba rodeado de senadores que responden a votantes de regiones afectadas por esos desequilibrios.

El mandatario estadounidense expresó una vez más que Estados Unidos no necesita nada de Canadá ni de México y que, por tanto, el T-MEC es prescindible.

La realidad muestra otra cosa.

Las exportaciones mexicanas que cruzan la frontera norte siguen aumentando.

La semana pasada presencié un discurso del republicano Larry Rubin ante políticos y empresarios mexicanos en la Hacienda de los Morales, durante una gala para celebrar el aniversario 250 de la fundación de Estados Unidos.

El presidente de The American Society of Mexico, organización que reúne a líderes estadounidenses en México, resaltó que el monto anual de las ventas de mercancía hecha en México podría alcanzar pronto el billón de dólares, es decir, un trillion en inglés.

La máxima cámara empresarial de Norteamérica, la U.S. Chamber of Commerce, defiende consistentemente la necesidad del T-MEC y de más tratados comerciales. Esa organización suele influir en la definición de elecciones en Estados Unidos. Con ellos, Trump no habla por la vía de los medios.

En la relación comercial norteamericana hay ganadores y perdedores.

A los ojos del grupo que apoya a Trump, la gente que produce coches en Estados Unidos perdió.

Trump y su equipo harán todo lo posible por mandar mensajes a esa gente, que votará este año en elecciones legislativas. El presidente quiere que voten por los republicanos.

Yo no me preocuparía demasiado por el T-MEC. Será ajustado y, tarde o temprano, será firmado.

De este lado de la frontera conviene más bien elevar la productividad: tener energía suficiente y más eficiente, mejores caminos, mejores rutas, mejores aeropuertos y personas mejor preparadas.

Eso sí está en nuestro control.

Las opiniones del mandatario estadounidense no lo están. Además, responden a una política económica que ni siquiera él controla por completo.

Comunicólogo por la UANL, con estudios sobre Mercados de Petróleo, Gas y Energía en la Universidad de Houston. Fue reportero y editor de información de Negocios en Milenio, El Norte y en Reforma, en donde fundó la columna institucional Capitanes. Fue Director General de Información Económica en El Financiero y fundador de la revista Bloomberg Businessweek México. Como Director General de Proyectos Especiales de El Financiero encabezó los esfuerzos de contenidos digitales de la organización. Desde 2014 escribe su columna Parteaguas, dedicada a negocios disruptivos y tecnológicos, que tiene réplica en un podcast: Parteaguas Diario y en redes sociales @parteaguasclub.

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