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Opinión

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Magia mexicana

Alexia Bautista | Columna invitada

El lunes posterior a la eliminación de México del Mundial 2026, me conecté a una llamada de trabajo con varios colegas ingleses. Apenas entré, hubo un segundo de silencio. Soy la única mexicana del equipo. Pronto vinieron las risas y las preguntas sobre lo que se había visto por televisión y en redes sociales: el ambiente en el Azteca, los festejos en las calles, la euforia de una ciudad que por instantes pareció vivir en otro registro. Uno de ellos, que vio el partido desde Londres, dijo que el ruido del estadio alcanzaba a sentirse a la distancia, detrás de la narración de los comentaristas ingleses.

Es natural que tras el silbatazo final del quinto partido de México, la conversación gire alrededor del Mundial y el papel del país como anfitrión. Internamente, parece haber un consenso tácito sobre el torneo como un paréntesis y una tregua para el ánimo nacional. Un país acostumbrado, por decirlo con suavidad, a las malas noticias, encontró durante unas semanas una forma colectiva de respirar.

Al inicio de la competencia escribí en la revista Nexos sobre Alan Riding, el periodista inglés que observó como pocos la realidad mexicana y su relación siempre complicada con Estados Unidos. Riding describió a México como un país atravesado por “un aire mágico, inasible, casi surreal”. En estos días, esa imagen volvió a las calles, una y otra vez, al Ángel de la Independencia, con gente volando por los aires; a Paseo de la Reforma, entre sombreros, espuma y aficionados nadando entre charcos; a las camisetas, los memes y hasta los cartones de huevo donde apareció impresa la frase “¿y si sí?”.

Porque en México, incluso ante las situaciones más improbables, decidimos creer. Siempre. A veces por fe, por terquedad, o, simplemente, porque la realidad ya es suficientemente dura como para renunciar a la ilusión. Este fue el primer Mundial que viví en mi país, rodeada de amigas. Mujeres todas, ilusionadas con cada partido de México. Entusiasmadas, sobre todo, por la posibilidad de vencer a Inglaterra, quizá contra todo pronóstico de quienes entienden un poco más de futbol. Amigos, parejas, y autoproclamados expertos tras años de fidelidad al Cruz Azul, nos explicaban con detalle por qué el panorama frente a una selección poderosa, con jugadores cotizados en millones de dólares, era complicado. Con todo, habría que haber estado aquí para entender la mezcla de euforia y delirio.

Hubo decepción, sí. Pero también alegría y una memoria fugaz de la parte más benévola del nacionalismo, ese en el que un individuo se siente parte de algo más grande, junto a los suyos y en diálogo con los demás. Fue bonito escuchar el grito de ¡México! ¡México!, cantar Cielito lindo y bailar al ritmo de La Chona. Lo mismo que es emocionante ver a los ingleses cantar Oasis, a los caboverdianos celebrar a Vozinha o a la porra vikinga noruega remar al unísono. Y es que el Mundial, en sus mejores momentos, todavía permite mirar a los otros y celebrar lo propio.

México necesitaba esta pausa y, hacia dentro, el balance es positivo. Hacia afuera, pocas cosas resultan más reveladoras que la mirada de los otros, pues siempre nos devuelve algo, aunque sea una imagen distorsionada o incompleta. Cada sociedad tiene formas de estar en el mundo marcadas por su historia y la nuestra, en estos días, fue la fiesta como forma de supervivencia, un ritual intenso que permite tolerar el contraste permanente de la vida cotidiana.

Me dio gusto ver tantos videos de extranjeros diciendo “gracias, México”, algunos después de reconocer que habían llegado con cierto recelo por todo lo que se dice afuera sobre nuestro país. Rescato la impresión de un joven inglés de apenas 25 años:

“Se habla mal de México, pero la amabilidad de la gente aquí desarma; es la personificación de la bondad. Dice mucho de un lugar que confíes en desconocidos en la calle para que te electrocuten por diversión… Toques.”

México mágico, como decimos aquí. Surreal, delirante y eléctrico (literalmente). Desde mi perspectiva, esa magia tiene que ver con una curiosidad que rápidamente se transforma en confianza, con una apertura extraña hacia el extranjero, hacia el otro, hacia lo diferente; una confianza que, paradójicamente, no siempre extendemos con la misma facilidad entre nosotros mismos. Y quizá por eso conmueve tanto cuando aparece.

Hay, sin duda, asuntos mucho más urgentes a los cuales dedicar el análisis. Pero lo que se vivió en México durante unos días del verano de 2026 merece también estas líneas. Porque con todos los asegunes de un Mundial contaminado por las decisiones de la FIFA, la lógica del dinero y la interferencia estadounidense, queda claro que pocas cosas explican mejor a México que esa obstinación luminosa de celebrar, aun cuando la realidad siempre vuelve.

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Analista internacional y exdiplomática mexicana.

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