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El final del acuerdo
Miguel González Compeán | Columna invitada
El final del acuerdo
Miguel González Compeán
Ver el futbol con mi esposa es francamente divertido y aleccionador. Las jugadas y las faltas las juzga desde criterios como : “obviamente tenía derecho a detenerlo aunque fuera con esa patada en el tobillo”; “¿porqué lo castigan (naturalmente a uno de su equipo), solamente se ve la punta del pie en off side?”. Cuando oigo esos comentarios, agradezco que, por lo menos en algunos lugares y circunstancias, el derecho existe y se respeta razonablemente bien.
Mi pareja, también me recuerda la importancia de tener reglas claras, de que todos las conozcamos y de que todos estemos dispuestos, en aras de la convivencia social, familiar o individual, a respetarlas y hacer de ellas nuestra guía cotidiana en todos nuestros ámbitos.
Algunos países han logrado hacer valida esta aspiración hasta niveles envidiables y claramente introyectados en cada individuo de esa sociedad. Países bajos, por ejemplo, ya no tiene cárceles; Inglaterra, tiene a la mayoría de su policía desarmada y así en otros países.
El final de la segunda guerra mundial logró este acuerdo fundamental en el imaginario del nuevo mundo por construir. La ley será (se aseguró y se declaró), el único y verdadero referente de nuestra vida social a partir de 1945 y todas las naciones del orbe que quieran ser reconocidas como tales, deberán sumarse a esta idea fundamental.
En los últimos años hemos visto como, en medio del capitalismo salvaje y del endiosamiento del dinero, fuimos perdiendo valores y referentes colectivos. La sociedad liquida de Bauman, arraso todos los ámbitos. Nos refugiábamos con esperanza, sin embargo, detrás de la idea de que el derecho existía y se respetaba. En ese contexto lecturas y tendencias como la de Rawls o Ferragioli, se aferraban e impulsaban al derecho como herramienta de certidumbre y transformación social. El neopopulismo de principios del siglo XXI ha tirado todo a la basura.
Como ya ha recordado Silva Herzog en otro texto de esta semana, Mussolini se sentó a cenar con el árbitro del partido deldía siguiente en la que jugaba la selección italiana, parapresionarlo en favor de su selección y mandar un mensaje de superioridad fasista. Al equipo contrario se le amenazó (Checoslovaquia), al igual que a todos los involucrados. Mussolini logró su propósito, pero no lo presumió, no hizo de ello un triunfo. En cambio, Trump se vanagloria de haber presionado al presidente de la FIFA, para omitir una regla y permitir que uno de los jugadores de la selección de EUA, pudiera jugar el que a la postre sería su último partido del mundial. El daño a la justa mundial, a las reglas de dicha actividad mundial a la que tanta pasión se le otorga y a la imagen del mundo en orden en el que todo el mundo puede coexistir, dado que el poder, sobre todo, respeta las reglas, se acaba de ir por el caño de la historia.
La solicitud de Trump, no es extraña, los mismo hizo AMLO en su momento, Morena y su presidente en este, España y sus escándalos de corrupción y atentados contra principios básicos de buenas prácticas y así en una buena parte del mundo comercial, la guerra en Irán, la guerra contra Ucrania y lo que se acumule esta semana de actos justificables desde una visión llena de mesianismo; actos arbitrarios, justificados por una contundente convicción ideológica o estratégica y una conveniente omisión legal, en ánimo de proteger a delincuentes, corruptos y mediocres queriendo parecer listos que son capaces de engañarnos a todos, en beneficio exclusivamente personal, aunque lo coloquen como parte de un movimiento o una creencia superior. Todo está en venta, todo es justificable, todo se vale mientras se tenga el poder para lograrlo, esa es la tragedia de nuestro tiempo: la indefensión absoluta. Nada más, pero nada menos, también.