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Cristianos devotos en EUA contra los derechos humanos
Opinión
Con extrañeza uno puede preguntarse ¿por qué quienes ostentan el poder en Estados Unidos y proclaman, a viva voz, ser devotos cristianos están contra los derechos del hombre? ¿Por qué pisotean a los migrantes y rompen el principio de igualdad entre los hombres? ¿Por qué sin pudor presumen que el único límite es, como señaló Trump, su “propia moralidad”? Stephen Miller, su principal asesor, dijo que el mundo “se rige por la fuerza, que se rige por el poder”. ¿En qué pasajes bíblicos sustenta que la ley del más fuerte debe regir las relaciones humanas?
La respuesta se encuentra en la misma cosmogonía judeocristiana o relato fundacional de lo que entendemos por civilización occidental, que se nutre de las culturas griegas, romanas y asiáticas. En su origen contiene dos lecturas distintas del mundo. Una legitimó, durante siglos, la obediencia ciega al gobernante por mandato divino: el poder personal era emanación de Dios, y la fuerza fue garantía del orden (el Leviatán de Hobbes). En este sentido, el dicho de Stephen Miller de que el mundo “se rige por la fuerza, que se rige por el poder” no es ajeno a esa tradición, pues reactiva la idea de que la autoridad se sostiene en la capacidad de imponerse y que la ley de la selva es la norma última.
Pero ¿qué cabe entender por cosmogonía? Es el conjunto de creencias, derivadas de un gran relato, en este caso el judeocristiano, del que emanan la concepción de la moral, lo que consideramos bueno y lo reprobable, las normas, la conducta, las leyes. Las ideas de la cultura dominante en occidente tuvieron una larga transformación hasta conformar lo que hoy es el sentido común. Sin embargo, perviven otras concepciones, hasta cierto punto marginales, de cómo debe regirse y organizarse la sociedad. Buena parte de dicha visión se desprende de interpretaciones del Antiguo Testamento. En otros casos, se valen de pasajes ambiguos y parciales -fuera de contexto- del Evangelio, cuya doctrina central aboga por el extranjero, el excluido, el diferente, el otro.
Por ejemplo, la máxima de Jesús, “dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, se dilucidó primero como la potestad suprema del gobernante sobre la tierra, es decir, de los hombres y todas las criaturas: su voluntad es ley suprema. Así, en el medioevo se interpretó que el rey era el representante divino y que se le debía absoluta obediencia. Esa misma lectura reaparece hoy en varios liderazgos, que conciben el poder como una potestad personal, en lugar de un mandato limitado por las leyes. Pero también dio paso a entender que los asuntos humanos son mundanos y los temas divinos son de orden celestial. De esta diferencia entre lo humano y lo divino nace la idea de separar al Estado y la Iglesia, de limitar al poder y que el gobernante es terrenal y falible. Fue origen de la doctrina de los derechos humanos, de la República y el Estado constitucional de derecho.
Otras lecturas selectivas e interesadas que justifican trato injurioso al diferente son estas: “Sométase toda persona a las autoridades superiores, porque no hay autoridad sino de parte de Dios” (Romanos 13:1-2). “El que no provee para los suyos… ha negado la fe” (Timoteo 5:8:1), que se usó para justificar la exclusión del extraño. “Siervos, obedeced a vuestros amos” (Efesios 6:5). “Que los esclavos se sometan en todo a sus amos” (Tito 2:9-10). En el Evangelio hay estos contrastes: Cuando un joven rico se acercó a Jesús a pedirle consejo, le dijo: “Si quieres ser perfecto, vende lo que tienes, dáselo a los pobres y poseerás un tesoro en el cielo; después ven, y sígueme” (Mateo 19:21), a propósito del culto al poder de la riqueza de Trump y sus magnates tecnológicos. “Tuve hambre, y me disteis de comer; fui forastero, y me recibisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí. En verdad os digo que cuanto hagáis a estos hermanos míos, aun a los más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mateo 25:35-40).
Se trata de una guerra cultural entre dos interpretaciones del mundo: la del poder puro y duro y la de la ley. El riesgo de privilegiar la primera interpretación erosiona la visión que sostiene la igualdad y los derechos universales, y pretende un orden antinatural donde el poderoso domina y la fuerza es la ley. La segunda lectura es el fundamento indispensable para sostener un mundo justo y estable, pues afirma que la dignidad humana (supervivencia) y la ley deben prevalecer sobre la fuerza. Así, la cosmogonía judeocristiana explica el origen de discursos que exaltan el poder personal y la fuerza. Pero también ofrece la alternativa que puede garantizar la paz y la cohesión social: la idea de que todos somos iguales ante Dios y que la ley debe regir la convivencia.
¿Por qué es antinatural un orden basado en la ley del más fuerte y donde la moral del poderoso es el límite o, lo que es lo mismo, su capricho? La interpretación judeocristiana de que el reino de Dios es de otro mundo y que en la tierra la gente establece sus normas, sus leyes, tiene fundamento en un principio biológico, el instinto de supervivencia. El poderoso se sostiene mientras llega otro más fuerte. Ese tipo de mundo es inestable, frágil, peligroso. La vida de todos siempre está en riesgo. A su amparo surge la separación de lo terrenal y lo divino, de imponer límites al poder y que la ley sea la norma de convivencia social.
Ahora, con las armas de destrucción masiva que poseen varias potencias nacionales, pretender que el más fuerte prevalecerá es iluso. La generación de políticos que llegó al poder en Estados Unidos quiere imponer la visión de que el macho debe dominar y regresar a los viejos roles donde las mujeres eran subordinadas y subsidiarias, sin derechos.
Igualmente es un retroceso para la mitad de la humanidad: las mujeres, que en fuerza física son menos poderosas que el macho, en términos generales. La doctrina del hombre fuerte es, pues, machista, pues quisieran que ellas dejaran de trabajar y dedicarse al hogar y a los cuidados de la familia, una ilusión más en un sistema económico que requiere la fuerza laboral de las mujeres. Otra razón es que su incorporación al trabajo fue efecto de la caída de los salarios. De esta manera, para que un hogar se sostenga requiere de varios ingresos.
¿Ganarán los hombres fuertes de hoy la guerra cultural a riesgo de extinción de la misma humanidad? ¿Será un episodio efímero?