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Opinión

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La utopía neoliberal (Respuesta a Donatello)

Sobre el artículo “El debate debe seguir”, que con gran generosidad dedica Bruno Donatello como contrarréplica al mío anterior, me permito, primero, refrendar mi argumento de que las políticas neoliberales generaron bajo crecimiento y varios episodios de inestabilidad. La razones son varias: la baja inversión, la destrucción de capacidad productiva en ciertos sectores después de la apertura, la desconexión de la mayoría de la empresas con los sectores más dinámicos, la poca capacidad de innovación y absorción de tecnología, los mercados concertados y la debilidad del mercado interno.

El ajuste económico, después de muchos años y costos, no todos necesarios, estabilizó las finanzas, pero no mejoró la calidad del gasto, ni de los ingresos públicos en comparación con otras naciones de desarrollo similar. La inestabilidad volvió en 1994 con un enorme costo económico y de finanzas públicas, esto se debió al uso político de instrumentos financieros, la falta de capacidad, la captura de los reguladores así como la sobreexposición del país a los capitales de corto plazo.

Las finanzas se volvieron a poner en riesgo durante los últimos años, cuando la proporción deuda/PIB se dobló, aunado a esto, la inversión pública es significativamente menor a la deuda que se toma cada año y no conocemos, ni damos seguimiento a los proyectos financiados de esa manera. El resultado es un país que crece poco, en el que la masa salarial no crece, la pobreza no disminuye y el espacio fiscal se agota.

Estoy de acuerdo que de las teorías e ideas económicas se pueden derivar políticas equivocadas, con resultados contraproducentes. Es por ello que se argumenta (volvamos al reciente libro de Dani Rodrik) que no es recomendable pensar que existen recetas de política económica que necesariamente van a llevar al éxito.

En la economía, como el resto de las políticas públicas (por eso los economistas tendrían que ser humildes, como los dentistas, decía Keynes), las decisiones se deben basar en el análisis del contexto, la evidencia, la historia, las experiencias internacionales y la teoría. A México le fue razonablemente bien cuando implementó las ideas desarrollistas de industrialización y sustitución de importaciones, ya que correspondían al contexto internacional de postguerra y coincidieron con la creación de distintas instituciones y una importante inversión en infraestructura.

Cuando se trató de hacer el desarrollo más incluyente, con programas sociales más amplios y políticas de empleo, los equilibrios económicos explotaron por varias razones. El gasto se expandió de manera exponencial, sin mejorar los ingresos, la sustitución de importaciones derivó en un proceso corporativo y corrupto entre empresas y gobierno, no se inició un proceso de apertura selectiva y el país apostó todas las cartas al petróleo, sin construir otros motores de crecimiento. Después, vino la crisis global de la década de los 80, que aumentó las tasas de interés e hizo la deuda impagable.

Fuimos presa de la utopía estatista y la sustituimos por la utopía neoliberal. Compramos, como nadie, la idea de que, si liberalizábamos los mercados, abríamos la economía y bajábamos el gasto; básicamente, la economía crecería de manera estable y sostenida, con niveles altos de creación de empleo de calidad. No consideramos ni el contexto, ni la evidencia, ni el sentido común, sólo las ideas de los libros de economía en los años 90 nos enseñaban la disciplina como si fuera ciencia dura y no solamente una más de las ciencias sociales.

La apertura indiscriminada terminó con algunas industrias viables, los recortes excesivos de gasto terminaron en subinversión en infraestructura, la privatización masiva terminó en monopolios, la apertura de mercados con reguladores débiles se tradujo en altos precios para los consumidores y la sola máquina de exportación, como el gran motor económico, logró integrar a pocos sectores a las grandes cadenas de valor.

México, como otros países que implantaron la agenda liberal, consiguió algunos logros, pero también problemas serios de desigualdad y limitado crecimiento económico. En la agenda de las reformas de mercado, tuvimos mucho de puras buenas intenciones. Como en México la agenda se aplicó de manera más radical y sin mejoras en el ámbito institucional, los problemas que enfrentamos son mayores.

Como he argumentado en contribuciones anteriores, existe un debate global sobre la visión ortodoxa de la economía para tener un desarrollo más equitativo, más dinámico y sin crisis financieras recurrentes. De hecho, sin introducir nuevas políticas, continuará el rechazo ya global a los procesos de apertura que no han tenido beneficios visibles para la mayoría de la población.

Para fortalecer la modernización de la economía y compartir la riqueza, se requiere de un mayor rol del estado para regular mejor, pero también para invertir en infraestructura, hacer política industrial que permita la innovación, fomentar al campo y políticas redistributivas que garanticen pensiones justas y mejorar los servicios en los rubros de educación y de salud.

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Licenciado en Economía por el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), cuenta con una Maestría en Política y Gestión Pública por la Universidad de Essex, Reino Unido y un Doctorado en Administración y Gerencia Pública por la Universidad de York

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