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Opinión

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El juego del poder

En su texto de 2013 en The Atlantic, Brian Resnick recuerda un experimento realizado en la universidad de Columbia por Andy J.Yap, investigador de MIT. Después de manipular a sus sujetos hacia estados de poder o debilidad, Andy les pidió que adivinaran la altura y el peso de otras personas, tanto mirándolos físicamente, como en fotografías.

La hipótesis de Yap era que cuando la gente se siente poderosa o impotente, esa sensación influencia su percepción de los demás . En otras palabras, juzgamos el poder de los demás en relación con el propio: cuando nos sentimos poderosos, los demás parecen serlo menos, cuando nos sentimos vulnerables e impotentes, lo contrario.

La conclusión de Yap tiene cabida en la sabiduría popular: el poder se sube a la cabeza. No importa si eres presidente de la república, potentado de la FIFA, director del INE, o un funcionario menor en cualquier burocracia.

El detonador, de acuerdo a Yap, era muy sencillo en laboratorio. Bastaba pedirle al sujeto que recordara un momento en que se sintió poderoso para ponerlos en sintonía. Técnicas similares en otros experimentos sociales, colocan a algunos como carceleros y otros como prisioneros, o a unos como dictadores temporales del destino de otros.

De acuerdo a Smith y Magee, una dependencia asimétrica entre individuos (como se da con la existencia o no de poder, sea este real o producto de la percepción), provoca que los individuos con alto poder se perciban a sí mismos como distantes de sus contrapartes débiles. Esa distancia afecta la comparación social, la proclividad a influir a otros (o ser influido), el estado mental de los sujetos y sus emociones.

La pura sensación del poder cambia el tipo de metas y la forma en que son perseguidas, la atención a lo deseable o indeseable, la certeza subjetiva de tener la razón, el marco de valores personal, el autocontrol y la percepción de los demás. Para Magee el poder, más que una limitante es liberador. Es una manera de liberarte de las normas y la conformidad social y convertirte en la persona que realmente eres.

Desafortunadamente, el poder (y su percepción) también provoca una distancia social real o figurada, entre una persona y otra. Provoca que ciertos individuos quieran actuar, tomar cartas en el asunto. Los libera, efectivamente, de sus autolimitaciones y también a mirar el resultado por encima de las pequeñas consecuencias: El fin que justifica los medios.

La gente con más poder en el laboratorio, siente que tiene más opciones dice Magee. Asumen tener más visión con la misma certeza con que la suya es la correcta. No es sorpresivo que los propios experimentos confirmen que el poderoso sea menos tolerante con quien rompe las reglas, pero más dispuesto a romperlas él. O sea, reafirma esa idea preponderante en nuestra sociedad donde el poderoso no sólo hace lo que quiere porque se siente impune, sino también porque está convencido que se lo merece . El reverso es igualmente válido, para el débil o dominado: no obtiene a lo que aspira porque está convencido que no es digno de merecerlo.

En el análisis de la distancia social, de acuerdo a Koslowsky y Schwarzwald, investigadores israelíes, ésta refleja la manera en que los individuos menos privilegiados de una sociedad esperan y aceptan la distribución inequitativa del poder. En las sociedades con distancia social elevada (como la nuestra) la obediencia a la autoridad es la norma, la sociedad se vuelve paternalista no sólo porque ese sea el discurso político, sino porque esa es la expectativa social, se necesita al líder, al salvador, al jefe, al padre.

El libro de estos últimos, está enfocado a la cultura organizacional y a la manera en que la relación y percepción de poder en una organización favorece o no adoptar ciertos estilos de dirección en las empresas. Sin embargo sus conclusiones son perfectamente extrapolables al análisis social.

Basta una mirada a encabezados recientes para entender la subjetiva percepción del poder propio que existe que detrás de la filtrada conversación, absurda y prepotente del director del INE. De manera similar a que el quasi dictador de ese abismo de corrupción que es la FIFA, tuviera los tamaños para reelegirse dos días después del escandaloso arresto de buena parte de su equipo con cargos flagrantes de corrupción generalizada (entre ella, alegatos de soborno en las elecciones y decisiones internas del organismo). Blatter, se lava las manos, reelige, y sólo días después cae en cuenta que su posición es insostenible y decide renunciar.

Una de las paradojas del sistema democrático que en principio supone el poder del pueblo que elige a sus gobernantes y representantes, es que en nuestro país (y muchos otros) este modelo genere una dinámica perversa. El triunfador se autopercibe no sólo como líder moral y político, sino como quien posee y ostenta el poder, y ahora desde las alturas, dicta, salva y designa, mientras sus electores, vaciados del inefable (individualmente inocuo) poder del voto, se resignan a continuar su existencia, cual súbditos, hasta su próximo llamado a las urnas.

Twitter @rgarciamainou

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