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Aléjame Dios de ?la muerte eterna
Etgar Keret, autor de Pizzería Kamikaze y otros relatos, está en México invitado por la Feria del Libro de Guadalajara.
Etgar Keret (Tel Aviv, 1967) es un narrador de la violencia, de sus efectos en una generación de israelíes. Un ataque de ida y vuelta, casi un estilo de vida en el que se descubre el tono infantil en la gente que se violenta.
El autor de Pizzería Kamikaze y otros relatos (3ª ed., 2013, Sexto Piso, trad. de Ana María Bejarano) participa en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara porque el país invitado es Israel. Traducido a distintos idiomas, se le considera uno de los máximos representantes de la narrativa contemporánea hebrea.
Han pasado 5,000 y tantos años desde que se escribiera la Biblia y los temas no han cambiado. La lucha encarnizada por aquel pedazo de tierra permanece intacta, ahora de unos, otrora de otros y viceversa. En medio, sin embargo, está la gente. El mismo Keret, quien nació durante la Guerra de los Seis Días y que cumplió de manera voluntaria con el servicio militar de su país, nos da un paseo por el estado mental de los jóvenes israelíes, testigos y partícipes de una guerra que, aunque no siempre activa, sí a flor de piel, latente.
La tierra que defendió con particular encono el rey David sí, el de Las mañanitas , sigue siendo, después de miles de años, objeto de disputas. La encarnizada y pertinaz lucha en contra de los filisteos ha cansado un poco a los jóvenes que piden una tregua. Encerrar es encerrarse y separar es separarse. Este sentimiento de aislamiento es el hilo conductor de este libro en el que los personajes se debaten en el tedio.
Los cuentos de Pizzería Kamikaze giran en torno al suicidio. Dicha actividad no encuentra un final feliz, pero sí un final. En la historia que da título al libro, Keret nos da un paseo entre una serie de deschavetados que decidieron acortar sus días. Encuentra a Kurt Cobain, el cantante de Nirvana, al que de inmediato identifica como un verdadero imbécil , así como a un árabe que se hizo estallar en 1,000 pedazos en busca de la recompensa de 70 vírgenes. Incluso, hay uno, Gib, que se suicida para salir de equis lugar, logrando ascender a un sitio más asqueroso, con pocos y raros habitantes.
Keret no se priva de increpar y culpar a Dios, siguiendo la tradición jobiana. En El deschavete de Nimrod , el personaje Miron indica: a Dios, como es bien sabido, le encanta dar, pero no que le den . Así que él, cuando se percata de que este muchacho lo rebate incluso dedica tiempo a escribir un libro que va a sustituir a la Biblia , no deja de atormentarlo, enviándole un auténtico batallón de desgracias, desde pesadillas nocturnas hasta chicas de lo más estrechas .
En otro cuento, un conductor de autobús, obcecado con el cumplimiento del deber, cede a la tentación de jugar a ser Dios. Y lo menos que el lector imagina es que el todopoderoso es el chofer necio de este planeta que da vueltas alrededor del Sol. En otra historia, Keret narra la exposición en un museo del útero canceroso de una madre. Se lo habían extraído y resultó tan bello que no quedó más remedio que exhibirlo. La mujer muere, y es que al final todas las madres mueren , y su hijo acude constantemente a visitarlo hasta que se roban el órgano.
Tal pareciera, a través de la visión que da este libro, que la tierra prometida, como la mayoría de las cosas que se esperan con fervor, se acaba volteando, de manera sutil, en contra de sus agraciados habitantes. Para George Steiner, la tierra de los judíos son los libros, no el suelo.
Con una prosa escueta, desparpajada pero sin sobrantes, el autor remite a una generación desesperanzada, que gira entre la abulia y las drogas, entes siameses. La locura ronda entre los personajes como una enfermedad contagiosa, aunque llevable.
Los temas, por demás sombríos, son tratados bajo el manto del humor negro, que le dicen. Curioso porque en estos tiempos de campañas por la tolerancia y en contra de la discriminación, al humor todavía se lo califica como blanco, si es limpio, sano, positivo, y negro, cuando es ácido, corrosivo, turbulento y, en el fondo, provocador.
marcial@ficticia.com