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Mario Molina y el O3
Con el advenimiento de la Revolución Industrial a principios del siglo XIX, uno de los avances que se hizo necesario fue la ciencia de la refrigeración. La abundancia de alimentos, la mayoría de ellos perecederos, obligaron a nuestros antepasados cercanos a buscar opciones para mantenerlos frescos utilizando el frío (ya dominábamos a la perfección el curado, la salazón, nos aventurábamos con el enlatado)... Pero ya conocíamos la refrigeración por compresión de gases, un fenómeno que nos permite crear un ambiente de frío comprimiendo y expandiendo gases refrigerantes. Estos gases presentaban un ligero inconveniente: eran sumamente tóxicos (amoniaco, bióxido de sulfuro, propano, etano, cloruro metálico, etc) por lo que en 1847 empezó el desarrollo de químicos que se pudieran utilizar de manera más eficiente y menos dañina para los humanos, lo que nos llevó a la invención de cierto tipo de moléculas a las que llamamos genéricamente clorofluorocarbonos (CFCs), y están compuestos de diferentes configuraciones de átomos de carbono, flúor y cloro. Estos compuestos "maravillosos" (se creía que eran inertes o bien, que al llegar a la atmósfera los rayos UV los desintegrarían sin llegar a causar problemas) se empezaron a usar indiscriminadamente y con singular alegría, no sólo en refrigeración sino como propelente para aerosoles, plásticos y hasta medicamentos contra el asma. El uso de estos compuestos continuó hasta bien entrados los 70s, época en que se arrojaban cientos de millones de toneladas de CFCs cada año a la atmósfera, ignorantes del daño que causábamos a la hasta entonces desconocida capa de ozono.
El ozono (O3) es una molécula formada por tres átomos de oxígeno, uno de los cuáles está sujeto por un vínculo bastante débil. En su ubicación deseable para nosotros se hallan entre los 15 y 35 km de altura, absorbiendo los rayos UV-B, que son los principales causantes de cáncer. Cuando los CFCs alcanzan las capas superiores de la estratosfera, la radiación UV reacciona con las moléculas haciendo que liberen uno de sus átomos de cloro, que vaga por esa capa atmosférica reaccionado con las moléculas de ozono y rompiendo el enlace débil con uno de sus oxígenos, convirtiéndolo en una molécula de O2 y un átomo de oxígeno. La reactividad del cloro hace que este ciclo continúe de manera catalítica, es decir, el cloro continúa uniéndose a las moléculas de O3 y separándose luego de reaccionar con la radiación UV, formando un círculo vicioso que continúa debilitando la capa de ozono.
Ajenos a esto, pero ya sospechando la presencia de los CFCs en las capas superiores de la atmósfera, tres científicos, el norteamericano Sherwood Roland, el holandés Paul Krutzen y el mexicano Mario Molina realizaban experimentos y mediciones para calcular los efectos de estas perniciosas moléculas en la capa de la atmósfera que permite que la vida como la conocemos continúe. Mario Molina era un científico egresado de la Facultad de Química de la UNAM con posgrado en la Universidad de Friburg en Alemania, y doctorado por Berkeley. Los descubrimientos de estos científicos sobre los efectos del cloro, bromo y CO2 en la atmósfera les generaron tal animadversión por parte de los fabricantes de los CFCs (principalmente la transnacional Dupont) que Rowland y Molina tuvieron que defender sus teorías ante el pleno del Senado de Estados Unidos. La verificación de sus teorías por parte de la NASA y cientos de sus pares alrededor del mundo se cristalizaron en 1974 con la publicación en Nature de un artículo firmado por Rowland y Molina, lo que posteriormente dio pie a la firma del Protocolo de Montreal, que entró en vigor el 1° de enero de 1989 y que regulaba la emisión de estos compuestos a la atmósfera.
He aquí -para quien esto escribe- la contribución más importante de Mario Molina a la ciencia. Sus investigaciones alcanzaron tal resonancia a nivel mundial, que se convirtieron en uno de los ejemplos más tangibles de cómo la ciencia, utilizada para tomar decisiones informadas por parte de los gobiernos, se traduce en políticas públicas que afectan directa y grandemente la vida de las personas. No fue de sorprender que en 1995, Molina recibiera, junto a Roland y Krutzen, el Premio Nobel de Química. Esta condecoración no hizo sino avivar en Don Mario el afán de divulgar, de defender activamente la investigación científica apoyada por el gobierno. Consciente de la importancia de la colaboración entre la ciencia y la industria, promueve la fundación del Centro Mario Molina en 2004, con la intención de tender un puente entre la investigación científica y las políticas públicas para promover el desarrollo sustentable y el crecimiento económico basado en la ciencia.
Más que la plétora de premios, medallas y otros reconocimientos que recibió a lo largo de su vida, Don Mario destacó siempre por su labor en pro de una mayor inversión del Estado en la investigación y el desarrollo:: “(Hablamos) de la importancia de la ciencia como tal para el desarrollo económico de los países. En México estamos un poco retrasados. Necesitamos ponerle más énfasis a la ciencia, tanto las fundamentales como las aplicadas, a la innovación”. Un punto de vista sin duda compartido por cientos o miles de científicos alrededor del mundo, pero que no parece tener mayor resonancia en el México de hoy.
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