Inicia el último mes de 2021 bajo una coyuntura en mercados financieros reflejando cierto deterioro en el apetito por riesgo y mayor estrés relacionado al panorama de operación en el horizonte cercano. El frente de la pandemia, afortunadamente, no ha revelado signos de deterioro material en cuanto a las métricas globales, pero, ciertamente, la imposición de nuevas restricciones en varias regiones, algunas reactivas y otras precautorias, son consistentes con la irresolución de este factor de riesgo a pesar de que el mundo poco a poco lo admite como endémico.

Mientras tanto, el panorama inflacionario global continúa agravándose en medio de poca mejora en los cuellos de botella de las cadenas de valor. Esto ha impuesto no solo un verdadero reto más allá de la estructuración, sino incluso para la conceptualización de políticas que aceleren el apretamiento monetario el siguiente año en caso de ser necesario y hacer frente a la difícil coyuntura inflacionaria, pero sin afectar el endeble marco de recuperación económica y provocar ajustes significativos en los mercados.

Este complejo contexto se ha hecho visible en la dinámica de la curva de rendimientos norteamericana donde los instrumentos de largo plazo han abandonado su relación histórica con fases de mayor presión inflacionaria. Los Treasuries conservan operación en rangos marcadamente acotados o incluso apreciándose como ha sido el caso del extremo largo, donde la pendiente entre los vencimientos de 20 y 30 años se ha invertido por primera vez. Esta desconexión no solo refleja, por lo menos, cautela sobre la escena de crecimiento hacia delante. Sugiere la posibilidad de un mercado que se ha centrado en incorporar la asignación de probabilidades exclusivamente para el horizonte al alcance, en un régimen de incertidumbre notablemente mayor ante la singularidad del contexto pandémico.

Como resultado, la principal guía para la acción de precios se ha centrado en el corto plazo y, en consecuencia, en las políticas de los bancos centrales que, en términos generales, conservan posturas monetarias aún ampliamente acomodaticias, salvo el caso de algunas regiones emergentes que ya han acelerado el ritmo del retiro de estímulo. Por su influencia global, el caso de la postura de la Reserva Federal es el más destacable y la ruta para iniciar una posición menos laxa se ha ido clarificando en las últimas semanas, reflejándose en presiones en la parte corta de la curva de rendimientos. En este sentido, la nota del Tesoro de 2 años se ha elevado a su nivel más alto desde marzo de 2020. A su vez, apoyado en una narrativa recientemente más hawkish por algunos miembros del FOMC —especialmente sobre el ritmo de reducción del estímulo cuantitativo— y las cifras de inflación en EU, el mercado continúa ajustando al alza sus expectativas sobre el apretamiento monetario del siguiente año y especula sobre las ramificaciones que podría generar en sectores particularmente sensibles a incrementos a la tasa de interés. Con ello, combinándolo con un posible sesgo más dovish por parte del Banco Central Europeo dadas las nuevas olas de contagio en Europa que han debilitado al euro, el dólar norteamericano ha extendido el fortalecimiento del año.

En el balance, la ruta para los siguientes meses probablemente continúe sesgada en un dólar norteamericano más fuerte y tasas de interés más presionadas para los plazos cortos. Esta combinación resulta en un marco retador para la operación de los activos de riesgo y especialmente para aquellos de regiones emergentes, donde el peso mexicano recientemente ha observado una nueva fase de elevada volatilidad donde su operación ha empatado niveles cercanos a mínimos contra el dólar desde el año pasado. Es probable que parte de estas presiones se diluyan en las siguientes semanas, aunque son evidencia del alcance que un ajuste significativo en mercados pudiera generar para los activos locales en etapas de condiciones financieras menos favorables.

Santiago Leal Singer es subdirector de Estrategia de Renta Fija y Tipo de Cambio de Grupo Financiero Banorte.