Una de las funciones más socorridas de la ciencia política es la prospectiva y el análisis de futuros. Hay diversas escuelas, algunas más intuitivas, otras más matemáticas, como la teoría de elección racional, la teoría de juegos y el método Delphi. Personalmente, prefiero el análisis que contemple el peso de la historia, considere el carácter y condición de los actores, que asuma el rejuego de las expectativas y escudriñe las prácticas de comunicación, sobre los modelos matemáticos, que dejan de lado las pautas culturales y las pasiones humanas.

Ahora mismo, el escenario está interesantísimo. Si tomáramos una fotografía de la correlación de fuerzas del momento fundante de la coyuntura electoral 2017-2018, veríamos cosas inéditas: una posibilidad de alianza nacional izquierda-derecha, un partido-movimiento-personalista, las fragmentaciones internas de los partidos que hacen sospechar que por ahí sobrevendrá algún fin o dos , la presencia de dos partidos bisagra y el forzado cambio de las reglas del juego al interior de la élite gobernante.

Desde el punto de vista teórico y del análisis académico de lo político, mejor, imposible. Están dadas todas las condiciones para un auténtico cambio del sistema político mexicano, cambio que ha sido postergado desde 1988. La institucionalidad de los actores políticos evitó que llegara la sangre al río en 1988 y en 1994.

Las válvulas se abrieron en 1995, con el encarcelamiento de Raúl Salinas, y la estrategia de contención económica; en 1997 se abrieron aún más con la segunda gran reforma política y la alternancia en el Distrito Federal.

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La compuerta se abrió totalmente en el 2000, con la alternancia de partidos. Pero no hubo una transición democrática, sólo cambiaron algunos actores: la estructura presidencialista siguió ahí, aunque cada vez más limitada. En el 2006, nuevamente la institucionalidad, igual que en 1988, permitió que un presidente sin una total legitimidad de origen asumiera el poder. Claro, había varios actores que desde la sombra maniobraron para que Felipe Calderón­ pudiese tomar posesión, quizá asumiendo que era el mal menor para garantizar la supervivencia del modelo neoliberal. Pero se reeditó la incertidumbre de 1988: en realidad, ¿quién ganó la presidencia? El famoso 0.56% de diferencia entre Calderón y López Obrador sigue rondando la memoria, especialmente porque el primero no logró una legitimidad de gestión: se le acreditan más de 100,000 muertos en la lucha (infructuosa) contra el narcotráfico.

Hoy estamos ante un escenario especial, no inédito porque las alianzas PAN-PRD se han dado en diversas entidades y han ganado elecciones. Ejemplo de ello ha sido Nayarit, que por segunda ocasión lleva a un gobernador postulado por la izquierda y la derecha (whatever that means nowadays), lo mismo que en algún momento lo hicieron en Puebla, Oaxaca, Sinaloa, Veracruz, Baja California, Quintana Roo y Durango. Y las alcaldías ganadas por ambos partidos no son pocas y, además, son importantes. ¿Qué pasaría si el modelo se replica a nivel nacional?

Tanto las dirigencias del PAN como del PRD están en el tenor de forjar una alianza electoral para ir con un candidato presidencial común en el 2018. A lo mejor llegan a coalición, pero veamos qué pasaría en este escenario tan sui géneris.

Haciendo un ejercicio de imaginación política insisto, son probabilidades, no realidades inamovibles , ¿cuáles serían los movimientos tendenciales para tener un candidato(a) la segunda semana de noviembre?

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El PRI se encuentra ante una disyuntiva grave: abrir la elección a las bases, como lo está pidiendo algunos grupos internos, o dejar que el presidente Peña decida en soledad, o de consuno con su grupo, quién será su sucesor. Lo más probable es que el grupo Atlacomulco busque influir en la decisión presidencial. Por lo visto, Peña Nieto ha dejado sueltos a los posibles candidatos. Los más visibles son José­ Narro, secretario de Salud, Enrique de la Madrid­, secretario de Turismo, y José Antonio Meade, secretario de Hacienda. Atrás quedaron, a mi juicio, las posibilidades de Luis Videgaray y de Miguel Ángel Osorio Chong, aunque éste no creo que se resigne sin dar una última batalla. Narro y de la Madrid son poco conocidos, aunque sus candidaturas pueden ser avaladas institucionalmente por el PRI sin sobresalto. Cualquiera de los dos que resultase ser el candidato presidencial del PRI tendría una evolución semejante, de tipo tradicional, el clásico apoyo desde el gobierno, con las mismas estrategias que en la pasada elección mexiquense.

Si el elegido resulta ser Meade, entonces habrá respingos; mejor dicho, ya los hay, pues una buena parte de los priistas no consideran a Meade como de los suyos por haber sido funcionario durante los gobiernos panistas. Y tampoco es que los panistas confíen en él. No obstante, el padre del actual secretario de Hacienda ha sido priista de toda la vida. La ventaja de Meade es que es un técnico capaz y políticamente mesurado, quizá no un gran candidato, pero sí un político con los conocimientos y la posibilidad de forjar las alianzas necesarias, tanto dentro como fuera del país, como para aspirar a la silla presidencial. Con todo, Meade podría dar la batalla como candidato, el problema es que los priistas lo acepten… Podría haber salidas imaginativas para esta candidatura, pero en todo caso habría que contar con la fractura del partido y/o presiones para una candidatura 100% priista.

Por lo que toca a la alianza PAN-PRD, se vislumbra difícil, pero no imposible, que se coaliguen para derrotar tanto al PRI como a Morena. Alejandra Barrales y Ricardo Anaya son los más interesados en llegar a consensos internos, pero tendencialmente da la impresión de que algunos sectores de ambos partidos se negarán en redondo a apoyar la coalición por factores puramente ideológicos. Los panistas más recalcitrantes (o los calderonistas) incluso podrían ser convencidos de votar por un candidato como Meade, en su caso. Se rumora que hay perredistas dispuestos a pasarse a Morena, especialmente en la Ciudad de México. Habría que ver qué tanto asume el PRD su papel como bisagra y qué tanto logra imponerse de una manera civilizada a las posiciones panistas.

Nueva Alianza, el Verde Ecologista y Movimiento Ciudadano, las clásicas bisagras que suman los votos necesarios para lograr la mayoría parece que van a jugar con quien les ofrezca más. Los dos primeros no tienen interés en negociar con Morena, pero Movimiento Ciudadano, si, y el PT ya se da por descontado su apoyo a AMLO. Tanto el PANAL como el Verde, viendo que el PRI se enfila a perder el gobierno, buscarán coaligarse con el PAN y el PRD, a menos de que el candidato sea Meade. En ese escenario, se lo pensarían dos veces. Lo interesante es saber a quién podrían postular conjuntamente el PAN y el PRD. Aún es un misterio.

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Morena quizá atraiga a Movimiento Ciudadano. No sabemos si ello le alcance para ganar. Su apuesta está en que los priistas inconformes con el grupo Atlacomulco no generen un candidato propio que les gane la nostalgia (o el pragmatismo), y apoyen al proyecto lopezobradorista, lo más parecido al PRI antes de 1988 y que efectivamente IDN, de René Bejarano y Dolores Padierna, apoyen a AMLO.

El desarrollo de los acontecimientos dependerá de la designación priista y del descontento provocado. Ojo avizor.

mfh