Con tantas sorpresas, pocos se percataron del viraje en la dinámica eclesial desde la presentación de cartas credenciales del nuncio Franco Coppola.

Coppola trae instrucciones precisas desde el Vaticano, derivadas de un diagnóstico puntual sobre la situación de la Iglesia católica en México. La Santa Sede detectó algo que la jerarquía local se niega a reconocer o es incapaz de hacerlo: el catolicismo vive una aguda crisis de credibilidad y deserción por varios factores. El primero, la doble moral. ¿Cómo es posible que la Iglesia condene a la comunidad LGTTTBI cuando hay un buen número de sacerdotes pederastas cuyos crímenes quedan impunes? ¿Cómo la Iglesia pretende penalizar al aborto si prohíbe el uso de anticonceptivos orales y de barrera e insiste en una moral sexual que no se ajusta a los tiempos modernos? Segundo, ¿por qué obedecer a obispos y curas en materia de moral sexual y vida matrimonial si son solteros? Otro aspecto es la cuestión de la laicidad y el laicismo y la negativa social a ver que la Iglesia y sus ministros son entes sociales como el resto y que tienen derecho a opinar. Nos centraremos en el primero, porque se relaciona con las primeras actividades del nuncio Coppola a partir del pasado 28 de octubre.

En su encuentro con Peña Nieto, Coppola hizo énfasis en el diálogo como camino para la resolución de conflictos; en el caso de la Iglesia, el diálogo contribuye a hacer asequible la doctrina a los fieles, ubicándola en tiempo y espacio para que cobre sentido en la realidad concreta. Insistió en el acompañamiento de la Iglesia a los homosexuales como parte del ejemplo del papa Francisco y en la universalidad de los derechos humanos. En esa primera rueda de prensa, se vio la cautela de Coppola y su énfasis en el respeto irrestricto a los derechos humanos de todas las personas. Un discurso diferente al del clero mexicano.

El nuncio Coppola sigue las instrucciones de la Santa Sede, porque al Papa le interesa el cese de hostilidades de los laicos de ultraderecha y algunos obispos contra los homosexuales, ya que este pleito fue una fabricación del cardenal Rivera para presionar al gobierno mexicano a retractarse de su iniciativa para la aprobación de los matrimonios igualitarios. Nunca hubo tal peligro. Ningún partido, salvo el PRD, se interesó por aprobarla, cada uno por motivos distintos; en el fondo, a ninguno le interesa enfrentarse con la Iglesia católica u otros grupos religiosos que se oponen a la iniciativa presidencial.

Lo que quizá Norberto Rivera no calculó es que sería desautorizado por la Santa Sede. El nuncio fue muy claro al afirmar que los obispos deben retirar su apoyo a las marchas y protestas contra los matrimonios igualitarios, e insistió en la necesidad del diálogo entre las partes, evitando insultos y confrontos estériles.

Algunos podrían pensar que el nuncio fue presionado por el gobierno mexicano para contemporizar. Resulta que no: la Santa Sede está plenamente consciente de la necesidad de no atizar más fuegos en el país, y también el papa Francisco sabe que no puede condenar y alejar a los homosexuales del seno de la Iglesia por el simple hecho de serlo. También conoce las razones concretas del desprestigio de la Iglesia en México y están buscando revertir el proceso de decatolización.

Por ello, la Santa Sede no va a contemporizar con el gobierno, aunque tampoco lo va a confrontar en aras de la prudencia, e insta a los obispos, reunidos en la 102 Asamblea Plenaria a buscar el diálogo con todos los grupos sociales, tal y como el Papa Francisco lo hace. La intención de meter en cintura a los obispos se trasluce en la nueva orden para implementar cursos para la detección y prevención de abusos por parte de sacerdotes pederastas, así como su denuncia a las autoridades civiles. Contundente, don Franco Coppola, con un primer viraje de 90 grados.

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