Las mujeres en México son poco más de la mitad del total de la población y representan el 39% del total de trabajadores. La participación laboral femenina es fundamental para el desarrollo económico y el dinamismo del PIB nacional. En la Ciudad de México, el Estado de México y Jalisco, donde hay más mujeres en el mercado laboral, se encuentran mejores resultados en términos de crecimiento económico.

En el marco del Día Internacional de la Mujer, que funge como un recordatorio de la lucha por los derechos de las mujeres, uno de los temas fundamentales es la igualdad de género en el ámbito económico. La economía, los sistemas financieros, el mercado laboral y el mundo empresarial son algunos de los rubros en los que las desigualdades y la violencia persisten de diversas maneras: la representación femenina es baja y generalmente las mujeres en estos sectores tienen menos oportunidades de desarrollo individual, crecimiento profesional o de liderazgo.

Con la llegada de la crisis sanitaria por Covid-19, los desequilibrios de género en la economía quedaron expuestos, al tiempo que quedó expuesto también el papel fundamental que juegan las mujeres en la economía nacional. Las mujeres representan mayoría en el sector salud, educación y en las tareas domésticas y de cuidados, los que atienden en línea directa la emergencia, y aún con su participación esencial, las mujeres también han sido el grupo poblacional más golpeado por la crisis. Esta situación muestra que las mujeres han sido un sistema fundamental de contención para aligerar la recesión económica y la reactivación debe estar bajo la perspectiva de género para acelerar el dinamismo económico.

No sólo en el sentido de derechos básicos, también como un pilar de políticas de crecimiento, tener más mujeres en el mercado laboral y con puestos de dirección es positivo para las economías. En México, por ejemplo, el PIB podría crecer cerca de 15% si se incorporaran al menos 8 millones de mujeres al mercado laboral, de acuerdo con un estudio elaborado por el IMCO.

Esta inclusión femenina en la economía implicaría acelerar tres veces la tendencia actual de la tasa de partición de mujeres; en los 10 años recientes se han ido incorporando cada vez más mujeres al mercado de trabajo, sin embargo, estos crecimientos son modestos por dos razones fundamentales: la sobrecarga de tareas del hogar y la discriminación y la desigualdad de oportunidades.

El trabajo del hogar

La sobrecarga de labores domésticas y de cuidado a terceros representa uno de los limitantes más importantes a la participación femenina en el mercado laboral, muchas mujeres se encargan de la totalidad o al menos la mayor parte de la limpieza de casa, los arreglos, las compras, los pagos, los cuidados de los hijos e hijas o de los adultos mayores y, ahora con la pandemia, también se encargan de la educación de los menores.

Estas tareas consumen un nivel de tiempo tan extenso como cualquier jornada laboral de ocho horas, como lo establece la Ley Federal del Trabajo (LFT), o incluso mayor. Esta situación genera que millones de mujeres tengan que dedicar la mayor parte de su tiempo a estas actividades no remuneradas en lugar de ocuparse en el mercado laboral.

De acuerdo con cifras del estudio elaborado por el IMCO, hay 12 mujeres desempleadas por razones relacionadas con el trabajo doméstico por sólo un hombre en esta situación, esta situación se explica porque según datos del Inegi, las mujeres realizan cerca del 70% del total de este trabajo de casa y destinan tres veces más que sus compañeros hombres a estas actividades.

El hecho de que las mujeres destinen de manera tan desproporcionada más tiempo a estas actividades repercute en su desarrollo laboral y también en el académico en muchos casos; la sobrecarga de tareas domésticas es una de las dos principales causas de deserción académica en mujeres jóvenes, sólo después del embarazo.

En línea con este desequilibrio de género, las mujeres quedan en desventaja en su desarrollo escolar y profesional y surge el fenómeno teóricamente conocido como “la pobreza de tiempo”, que expone la dificultad también que tienen las mujeres para destinar tiempo a actividades de recreación, cultura, entretenimiento o deporte como consecuencia del alto consumo de tiempo y energía que demandan las actividades del hogar.

Aunque muchas mujeres se dedican exclusivamente a tareas no remuneradas del hogar y de cuidados, muchas otras también lo hacen y adicionalmente tienen ocupaciones remuneradas en el mercado laboral, esta situación exacerba las disparidades de género provocando que este grupo sume jornadas de trabajo (en casa o fuera) de hasta 16 horas diarias, lo que genera que en el largo plazo busquen empleos informales, jornadas medias o plazas de baja calificación para no perder definitivamente sus ingresos y simultáneamente completar las tareas de casa.

La problemática del trabajo doméstico feminizado violenta los derechos laborales de las mujeres y su acceso efectivo a muchos otros, pero adicionalmente esta estructura de desigualdad expulsa del mercado laboral a millones de mujeres que al no ocuparse en actividades remuneradas no sólo no perciben ingresos seguros, sino que también presionan a la baja el crecimiento económico.

Desarrollo profesional… con límite

Otro de los grandes obstáculos para la integración de las mujeres al aparato económico es la persistencia de patrones de discriminación y violencia laboral tanto en el ámbito privado como en el público. En México aún ocurren despidos injustificados relacionados con la maternidad, limitantes al crecimiento profesional por género, brecha salarial e incluso omisión de denuncias internas de acoso y hostigamiento. Por ejemplo, en promedio las mujeres perciben hasta 19% menos que sus pares hombres por el mismo trabajo, una brecha salarias especialmente alta, de acuerdo con cifras del IMCO.

La brecha salarial y otras problemáticas laborales de género, como los techos de cristal y los pisos pegajosos, aumentan cuando las mujeres se encuentran en el periodo de maternidad potencial; de los 24 a los 35 años es cuando se observan despegues profesionales, académicos y culturales en los hombres en relación con sus pares mujeres. Las mujeres son menos preferidas a la hora de un ascenso, un aumento o una promoción por la persistencia de estigmas y prejuicios.

De modo que la paridad de género en todos los escalones jerárquicos y en todos los sectores económicos —públicos y privados— se aleja: en México las mujeres representan apenas el 18% de los puestos titulares de la Administración Federal Pública y sólo el 9% del total de plazas en Consejos de Administración del sector privado. Y ni siquiera el 1% de las direcciones empresariales están en manos de una mujer.

Los suelos pegajosos es el término teórico que se le da a la imposibilidad de mujeres para acceder al mundo laboral, por falta de oportunidades, por sobrecarga doméstica o incluso por limitantes educativas surgidas a partir de las desigualdades de género en la estructura social.

Los techos de cristal representan la aparición de obstáculos casi “invisibles” a los que se enfrentan las mujeres para llegar a los puestos altos de sus empresas.

Estas problemáticas persistentes en el ámbito laboral también rezagan la participación femenina y limitan los beneficios económicos de tener mujeres en puestos de liderazgo. La lucha por la erradicación de la violencia de género implica no sólo la erradicación de las agresiones, también la desaparición de toda expresión de discriminación, desigualdad o limitación hacia las mujeres que vulnere cualquiera de sus derechos.

Diversos estudios realizados por organizaciones como la Cepal (Comisión Económica para América Latina y el Caribe), el Inmujeres (Instituto Nacional de las Mujeres) y el Banco Mundial coinciden en la necesidad de implementar modelos y estrategias de recuperación económica que contemplen el impacto diferenciado de la crisis, las condiciones diversas de la población femenina y la inclusión y la igualdad como principales ejes; obviar u omitir estos aspectos no sólo pondría en peligro los avances logrados en materia de género sino que obstaculizaría el desarrollo económico y social.

Poner la perspectiva de género sobre la mesa sería el comienzo para saldar la deuda histórica con las mujeres y niñas mexicanas al mismo tiempo que aceleraría la recuperación.