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El Mundial como prueba de estrés para los mercados

Opinión
Antes de que ruede el balón, el Mundial ya puso a prueba un mercado: el de los boletos. La oferta está fija desde el inicio: cada estadio tiene un número determinado de asientos y no puede ampliarse porque la demanda crezca. La cantidad de personas interesadas en asistir, en cambio, puede superar varias veces la capacidad disponible. El resultado es previsible: precios altos, mercados secundarios e indignación pública.
En los próximos días comenzará la Copa Mundial de la FIFA 2026 y, como ocurre cada vez que se celebra un megaevento deportivo, aparecerán estimaciones sobre derrama económica, generación de empleo, ocupación hotelera y gasto turístico. Dependiendo de la fuente consultada, se habla de decenas de miles de millones de pesos que circularán por la economía mexicana gracias a visitantes, patrocinadores, medios de comunicación y consumo asociado al torneo.
Esas cifras son relevantes, pero incompletas. Desde la perspectiva de la competencia económica, la pregunta no es solo cuánto dinero moverá el Mundial, sino en qué mercados circulará y bajo qué condiciones de competencia. Una derrama elevada puede coexistir con mercados competidos, pero también con cuellos de botella en los que ciertos agentes controlan activos escasos, canales de acceso o mecanismos de intermediación.
El Mundial funciona como una prueba de estrés. Durante unas cuantas semanas, millones de personas intentan acceder simultáneamente a bienes y servicios cuya oferta no puede expandirse con rapidez: boletos, habitaciones de hotel, vuelos, transporte local, espacios publicitarios, derechos de transmisión y experiencias relacionadas con el torneo. Cuando la demanda aumenta de forma abrupta y la oferta es rígida, los precios suben. Eso, por sí mismo, no prueba un problema de competencia.
La cuestión relevante es otra: cómo se asignan esos bienes escasos y si existen alternativas suficientes para disciplinar precios, calidad y condiciones de acceso.
Volvamos a los boletos. Cuando hay muchas más personas interesadas en asistir a un partido que boletos, la pregunta central es quién obtiene las entradas. Los organizadores pueden asignarlas mediante precios altos, sorteos, preventas, membresías, sistemas de prioridad o paquetes especiales. Ningún mecanismo es neutral: cada uno decide, explícita o implícitamente, qué grupo de consumidores tendrá mayor probabilidad de entrar al estadio.
Cuando el precio oficial se ubica por debajo de lo que muchos consumidores están dispuestos a pagar, surge una oportunidad de arbitraje. Quien logra comprar un boleto inicialmente puede revenderlo a un precio mayor y apropiarse de la diferencia. Por eso la existencia de reventa no necesariamente indica, por sí misma, un problema de competencia. En algunos casos, simplemente refleja que el precio inicial fue inferior al valor que ciertos aficionados asignan al evento.
Pero esa explicación no basta para concluir que todo funciona correctamente.
La reventa puede ser simple arbitraje cuando refleja una diferencia entre precio oficial y disposición a pagar. Pero puede convertirse en una distorsión cuando el acceso inicial al boleto es capturado por intermediarios opacos que desplazan a los consumidores ordinarios. En ese caso, el problema no está en que exista escasez, sino en las reglas mediante las cuales se asigna el acceso a un bien escaso.
La diferencia importa. La escasez de asientos es inevitable; la captura del proceso de venta no lo es. El número de lugares en un estadio está dado. En cambio, la forma en que se distribuyen esos lugares depende del diseño del mercado: quién puede comprar, bajo qué condiciones, con qué límites, mediante qué tecnología y con qué grado de transparencia.
La misma lógica se observa en otros mercados relacionados con el Mundial. Las habitaciones cercanas a las sedes enfrentarán una demanda extraordinaria. Los vuelos hacia determinadas ciudades se volverán más solicitados. La publicidad durante las transmisiones adquirirá un valor excepcional. Los servicios de transporte hacia los estadios serán particularmente valiosos en días de partido.
En esos mercados, la ubicación, la oportunidad y el acceso pueden valer tanto como el servicio mismo. La pregunta relevante no es si los precios aumentan. Lo sorprendente sería que no aumentaran. La pregunta es si los consumidores cuentan con alternativas reales y si los oferentes enfrentan presión competitiva suficiente.
Esto no convierte automáticamente a hoteles, aerolíneas, plataformas, intermediarios o titulares de derechos en agentes con poder sustancial de mercado. Tampoco implica que cualquier incremento de precios deba interpretarse como abuso. Pero sí muestra dónde conviene mirar: puntos de acceso, infraestructura limitada, exclusividades, restricciones de capacidad y mecanismos de asignación.
Cuando termine el torneo, escucharemos cifras sobre derrama económica, ocupación hotelera, visitantes y gasto. Servirán para dimensionar el evento, pero el análisis de competencia ayuda a entender algo distinto: si ese dinero circuló en mercados con alternativas reales o quedó atrapado en cuellos de botella que el Mundial solo hizo visibles.
*Profesor universitario (UNAM) y economista (UNAM y CIDE). Especialista en análisis económico aplicado a litigios, competencia y regulación.