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Opinión

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El impulso de los países del Golfo hacia una gobernanza basada en la IA

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Gráfico EE

DUBAI – Durante años, académicos y responsables políticos han advertido que los gobiernos se han vuelto demasiado dependientes de asesores externos. En su libro de 2023, The Big Con, Mariana Mazzucato y Rosie Collington argumentan que la creciente dependencia de los gobiernos de los consultores ha debilitado las instituciones públicas al mermar su conocimiento, criterio y capacidad para resolver problemas. El ejemplo más claro quizás sea el Reino Unido, donde décadas de externalización, privatización y reforma de la gestión han erosionado la capacidad del Estado para pensar por sí mismo.

La IA está transformando la economía de la capacidad estatal, permitiendo a los gobiernos recuperar competencias que antes habían confiado a asesores externos. Si bien este cambio afectará a todas las grandes economías, sus primeras y más reveladoras señales están surgiendo en el Golfo Pérsico.

Para comprender por qué los gobiernos externalizaron la toma de decisiones, consideremos una distinción familiar para los teóricos del conocimiento. En la década de 1960, el polímata húngaro-británico Michael Polanyi observó que gran parte del conocimiento humano es tácito, basado en el juicio y la intuición, más que en instrucciones escritas. Posteriormente, los expertos japoneses en gestión Ikujiro Nonaka y Hirotaka Takeuchi demostraron cómo las organizaciones crean valor al convertir el conocimiento tácito en formas codificadas que pueden almacenarse y reutilizarse. Los gobiernos y las empresas recurrieron a las consultoras porque deseaban acceder a ese conocimiento tácito.

La IA está derribando esa barrera. Los grandes modelos de lenguaje ahora pueden leer, comparar, sintetizar, evaluar, modelar y recomendar cursos de acción. No reemplazan por completo el juicio humano, pero cada vez manejan más tareas analíticas que antes requerían grandes equipos de especialistas.

Los efectos ya son visibles. En un estudio realizado por académicos de Harvard, Wharton, Warwick, el MIT y el Boston Consulting Group, por ejemplo, se descubrió que los consultores que utilizaban IA completaban las tareas mucho más rápido y producían un trabajo de mayor calidad. En efecto, la IA funciona como un motor a escala industrial de conversión de conocimiento, transformando la experiencia tácita, antes dispersa entre especialistas, en formatos codificados y compartibles.

En este sentido, la IA podría revertir el proceso identificado por Mazzucato y otros críticos de la externalización gubernamental. Si bien la externalización ha debilitado la capacidad estatal, la IA permite a los gobiernos recuperar parte de ella mediante sistemas propios y bajo su control. En otras palabras, el Estado debilitado podría dar paso a un Estado integrado.

El Golfo ofrece un primer atisbo de cómo podría desarrollarse esta transición. Los países del Consejo de Cooperación del Golfo han dependido durante mucho tiempo de las consultoras para megaproyectos, reformas institucionales, estrategias de inversión soberana y planes de desarrollo nacional. Como resultado, se proyectaba que el mercado regional de consultoría superaría los 8,000 millones de dólares en 2025, liderado por Arabia Saudita.

Pero, a diferencia de muchas economías occidentales, la dependencia de los países del Golfo de las consultoras no reflejó un debilitamiento del Estado. Más bien, surgió paralelamente a ambiciosos esfuerzos de construcción estatal, a medida que los gobiernos buscaban avanzar con mayor rapidez de la que sus instituciones podían. En este proceso, los ministerios y los fondos soberanos obtuvieron acceso a la experiencia en política internacional, mientras que las consultoras se convirtieron en canales informales para la transferencia de conocimientos especializados en toda la región.

Si bien los gobiernos del Golfo han comenzado a restringir el gasto en consultoría, debido a las presiones fiscales y la reciente inestabilidad regional, están invirtiendo fuertemente en capacidad de procesamiento, activos de datos nacionales y talento local en IA. Arabia Saudita es un claro ejemplo: en 2024, su Fondo de Inversión Pública (PIF) lanzó el Proyecto Transcendence, una iniciativa de 100,000 millones de dólares destinada a fortalecer la capacidad de IA. En LEAP 2025 , la principal conferencia tecnológica del reino celebrada en Riad, anunció inversiones en IA por casi 15,000 millones de dólares . El país también ha creado HUMAIN , una empresa respaldada por el PIF que desarrolla modelos en árabe y construye la infraestructura de centros de datos necesaria para respaldarlos.

Por su parte, los Emiratos Árabes Unidos han desarrollado su propio ecosistema de IA en torno a G42, una empresa tecnológica estatal, la plataforma de inversión soberana MGX y una alianza con Microsoft que se prevé atraiga más de 15,000 millones de dólares en inversiones para finales de la década. Mientras tanto, Catar también ha lanzado una empresa nacional de IA, Qai, junto con una alianza de infraestructura de 20,000 millones de dólares con Brookfield.

El desarrollo de la IA en los países del Golfo demuestra la rapidez con la que estas inversiones pueden reducir la dependencia de los gobiernos de los asesores externos. Durante años, los gobiernos del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) han recurrido a consultores para afrontar las exigencias de la rápida transformación económica. La IA ofrece ahora una forma de integrar parte de esa capacidad internamente mediante sistemas entrenados con datos nacionales y alineados con las prioridades locales.

Este cambio, sin embargo, no se refiere a cómo los gobiernos prestan servicios públicos ni a cómo determinan qué ciudadanos tienen derecho a prestaciones —tareas que no pueden delegarse a algoritmos—. Más bien, concierne a lo que los expertos denominan “capacidad analítica de políticas”: la habilidad de los gobiernos para identificar problemas de política pública y evaluar las soluciones disponibles.

Es aquí donde las ventajas de la IA sobre la consultoría tradicional se hacen más evidentes. Las herramientas de IA bien diseñadas permiten a los expertos del sector público analizar más datos y explorar más opciones políticas a una fracción del costo.

A medida que los gobiernos internalizan más trabajo analítico, es probable que disminuya la necesidad de recurrir a fuentes externas. En ese sentido, la IA podría lograr el resultado deseado por Mazzucato —reconstruir la capacidad analítica del Estado—, pero mediante la mejora de las capacidades en lugar de aumentar el personal.

Esto no implica que los gobiernos deban delegar la toma de decisiones a las máquinas. La capacidad de analizar y formular recomendaciones no es lo mismo que la de emitir juicios en situaciones de incertidumbre. Los sistemas de IA pueden afianzar supuestos obsoletos con la misma facilidad con la que generan nuevas ideas, razón por la cual la mayoría de los marcos de gobernanza de la IA insisten en una supervisión humana significativa.

Sin embargo, las alternativas —depender de consultores o expandir la burocracia— conllevan sus propios costos. La dependencia de asesores puede mermar la capacidad del Estado, mientras que la contratación de más funcionarios suele ser lenta, costosa y políticamente controvertida. La verdadera cuestión, entonces, no es si la IA reemplazará a los expertos humanos, sino si les permitirá operar a una escala que antes requería grandes burocracias o ejércitos de consultores.

Este cambio transformaría radicalmente el sector de la consultoría. A medida que el trabajo analítico se abarate y se automatice cada vez más, las empresas cuyos ingresos dependen en gran medida de él perderán terreno. Las que prosperen serán aquellas que conviertan su experiencia en productos escalables, centrándose en áreas donde la confianza, el criterio y un profundo conocimiento institucional sean esenciales.

Dado que las consultoras que prestan servicios a los gobiernos del Consejo de Cooperación del Golfo son las mismas que asesoran a clientes en Londres, Nueva York y Singapur, es improbable que estos cambios se limiten al Golfo. En definitiva, la región podría ser menos una excepción y más un presagio de un mundo donde los gobiernos ya no necesiten comprar lo que pueden construir por sí mismos.

El autor

Sami Mahroum, fundador de Spark X, ocupó anteriormente cargos en INSEAD, la OCDE y Nesta.

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