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Control total

Ezra Shabot | Línea directa
La diferencia entre un político demócrata y un autoritario radica fundamentalmente en la necesidad de este último de permanecer indefinidamente en el poder. El demócrata sabe que su fuerza es limitada y su periodo de gobierno es finito, y por lo tanto está obligado a actuar con rapidez y prudencia para completar satisfactoriamente su tiempo como mandatario. En la mente del político autoritario, la democracia es un instrumento que le sirve para llegar a la cima y desde ahí destruir todos y cada uno de los instrumentos de control que hacen viable un régimen plural, abierto, acotado y basado en leyes que se ponen en práctica cotidianamente.
Y es esto precisamente lo que López Obrador y sus acólitos han venido llevando a cabo desde el 2006 y hasta la fecha. Desde la creación del mito del fraude electoral, hasta el encarcelamiento de Ernesto Ruffo, la construcción de un sistema autoritario y la permanencia en el poder de un partido único han sido su objetivo principal. La coincidencia entre el nacionalismo revolucionario de AMLO y la dictadura del proletariado del pensamiento marxista de Sheinbaum genera la necesidad de eliminar todo residuo de democracia que pudiese poner en riesgo el ejercicio infinito del poder absoluto en sus manos.
En su concepción de la realidad, los demócratas son unos tontos útiles que se niegan a aceptar la voz única del caudillo y sus jilgueros y que por lo tanto deben de ser eliminados. En esta visión maniquea no hay espacio para el diálogo y la política, sino únicamente para la obediencia y la lealtad ciega. El grave error de Ernesto Ruffo fue no saber leer las señales enviadas desde el gobierno con relación a sus negocios y su filiación partidaria. El régimen necesitaba un gobernador o exgobernador de oposición para intentar limpiar el estercolero que liga a la 4T con el crimen organizado, y alguien como Ruffo poseía los requisitos necesarios para ello.
En esta transición entre un régimen autoritario y un modelo totalitario que cierre cualquier posible retorno a la democracia, los espacios que aún le quedan a la democracia mexicana van desapareciendo día con día. La presión directa sobre medios de comunicación escritos, electrónicos y digitales, la obligación de incluir a los merolicos de la 4T en todo espacio posible más allá de su manifiesta ignorancia y proclividad a defender las peores aberraciones del gobierno, nos demuestran la obsesión totalitaria por controlarlo absolutamente todo.
Y si bien este tipo de regímenes puede perdurar por mucho tiempo, su capacidad para generar crecimiento económico, confiabilidad y mejores condiciones de vida es prácticamente nula. Nadie pone un centavo en un país carente de leyes y garantías para sus habitantes e inversionistas, mucho menos cuando no existe forma alguna de defenderse contra las arbitrariedades de los poderosos gobernantes. En ese rumbo estamos y sin ninguna perspectiva real de cambio.


