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¿Dividir las aguas o construir resiliencia?

Opinión
Hace unos días participé en una conferencia sobre el río Colorado en la Universidad de Colorado. Durante dos días escuché a representantes de estados, tribus indígenas, agencias gubernamentales, organizaciones civiles, distritos de riego y especialistas discutir el futuro de una de las cuencas más importantes de Norteamérica. La conversación giró en torno a mecanismos para enfrentar la crisis: modelos y proyecciones sobre el consumo, mejoramiento de infraestructura, reducción de asignaciones, derechos de agua, reglas de operación y acuerdos entre usuarios.
Todo ello es indispensable, sin duda. Pero mientras escuchaba las intervenciones a lo largo de siete sesiones, crecía en mí una pregunta: ¿será suficiente alcanzar acuerdos para administrar la escasez, o existe un diálogo más profundo que abordar?
Durante más de un siglo, el debate principal en el río Colorado ha sido cómo repartir el agua. El título de un libro clásico sobre la cuenca, Dividing the Waters, refleja esa lógica. Controlar la demanda ha sido la regla de oro, el Santo Grial. Esa visión produjo instituciones, leyes, tratados y acuerdos que posibilitaron el desarrollo de ciudades, industrias y zonas agrícolas en una de las regiones más áridas de América del Norte. En el Tratado de 1944 sobre aguas internacionales entre México y Estados Unidos, las dotaciones de agua para cada país son el tema central.
Sin embargo, el siglo XXI plantea un reto mayor. La discusión ya no es sobre un río abundante cuya agua debe repartirse de manera equitativa. Se da en una cuenca con temperaturas crecientes, escurrimientos menguantes, sobreexplotación de acuíferos y una incertidumbre hidrológica que obliga a replantear supuestos profundamente arraigados.
Al presentar una reflexión sobre la relación México-Estados Unidos, me llamó la atención que la discusión giraba alrededor de los mecanismos para alcanzar acuerdos, y poca atención al destino común que persiguen dichos acuerdos: una cuenca resiliente.
La diferencia puede parecer sutil, pero no lo es. El diálogo para compartir la escasez define cómo distribuir pérdidas; el diálogo para construir resiliencia busca mejorar el desempeño de los sistemas naturales y productivos que sostienen la disponibilidad de agua. Uno administra consecuencias; el otro transforma condiciones.
En esa segunda conversación aparecen temas que tradicionalmente han ocupado un lugar secundario: la transformación del modelo agrícola, la salud de los suelos, la restauración de ecosistemas ribereños, la gestión conjunta de la salinidad y la discusión sobre aguas subterráneas.
Empecemos por la agricultura. Durante décadas los suelos han sido tratados como activos de extracción. El fin ha sido maximizar la producción de cada ciclo agrícola. Pero cada vez resulta más evidente que ese modelo se ha agotado y que la productividad futura dependerá de la capacidad para regenerar los suelos. Los agricultores de ayer miraban al cielo esperando lluvia; los de hoy deben mirar al suelo. En la salud del suelo está uno de los factores más importantes para conservar humedad, construir resiliencia y mantener la productividad agrícola, en condiciones cada vez más adversas.
La misma lógica aplica a los ecosistemas. Los corredores ribereños, humedales y planicies de inundación conservan biodiversidad, pero también constituyen uno de los últimos frentes para mitigar los efectos del cambio climático. Son, simple y llanamente, infraestructura ecológica para el funcionamiento de la cuenca.
La pregunta que definió el siglo XX fue cómo dividir las aguas. La pregunta que debe definir el siglo XXI es distinta: ¿cómo construimos resiliencia compartida en una cuenca donde la naturaleza cambió más rápido que las instituciones diseñadas para gobernarla?