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De Chepina Peralta a Julia Child: la revolución (culinaria) sí será televisada

Julia Child y Chepina Peralta llevaron la cocina a las salas de miles de hogares y convirtieron a su público en alegres comensales.

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OpiniónEl Economista

Concepción Moreno

En Garage Picasso he hablado de lo mucho que me gustan los programas de cocina. El origen de esa afición es de larga data, desde los años ochenta con el programa de la gran Chepina Peralta el canal 13, en ese entonces el canal de televisión estatal Imevisión. Ver su programa de mediodía significaba dos cosas: no había ido a la escuela y estaba viendo lo que fuera, feliz por no ir a clase pero también aburrida.

Poco a poco, como sucede con los buenos amores, le vi ángulos buenos al asunto y me fui enamorando del programa. Doña Chepina me parecía una dama elegante pero también muy divertida. Bailaba en la cocina, les hablaba con cariño a los ingredientes, mandaba saludos. Lo que empezó como “ver el canal que fuera” se volvió algo que de verdad quería ver.

Ojalá de aquella época me hubiera quedado el gusto por cocinar pero soy el tipo de persona que sólo se aventura a la cocina para hacer una pasta mediocre para la cena navideña. Cuando me enteré de la muerte de doña Chepina sentí que se iba alguien insustituible. Y así fue porque en la televisión mexicana no ha habido alguien como ella. Mención honorífica merece El rincón de los sabores con los chefs Mónica Patiño y Paulino Cruz. Pero ahí donde Chepina era cálida—la veíamos cocinar mientras comíamos una sopa de moñito—, los chefs Patiño y Cruz ejercían la frialdad de la precisión, su programa era una visita a las cocinas de los restaurantes Michelin.

La era de la cocina en la televisión mexicana había terminado. Cierto es que hay programas de comida mexicana en El Gourmet, canal hispanoamericano de cocina cuyos programas me parecen tan solemnes como inmamables, pero no es lo mismo. En México los programas de cocina han quedado relegados a secciones exprés en shows matutinos o convertidos en reality shows como Masterchef. No sé cómo lo vean ustedes, pero no me invita a cocinar (más importante: ¡a comer!) un pastel mal hecho a contrarreloj.

Pero en la televisión estadounidense los programas de cocina son todo un género. Incluso hay un canal dedicado únicamente a ellos, Food Network. Cuando Food Network apareció en el menú de la televisión de paga en México, mis días chepinaperaltescos volvieron a mi memoria, mi madalena de Proust. En Food Network hay programas de revista, divulgación de cocinas lejanas, competencias de cocina. Todo es muy espectacular, lleno de lucecitas y flashazos. Entre sus shows me caen bien los del chef Bobby Flay aunque ya parece que es el dueño del canal porque sale cada tres minutos y un cuarto.

La carta de Food Network es amplia y por eso, como en un restaurante que ofrece de todo y casi nada hace bien, la calidad es muy desigual. Pero ahí está y me parece divertido asomarme de vez en cuando para ver cómo se hace una parrillada o aprender los últimos tips gastronómicos del chef celebridad en turno. Anthony Bourdain, el viajero gastronómico definitivo, detestaba Food Network y todo lo que simbolizaba: cocina sin personalidad, sin alma, un montón de cocineros-celebridades que ni enseñan ni invitan a la experimentación. Que cocinan en la vitrina de una tienda departamental.

Uno luego piensa que las cosas nomás ahí estaban desde siempre y se topa con ellas ya completas. No siempre es fácil dar con el origen de un hito cultural, pero aquí sí hay un personaje y un momento neural, la heroína que lo comenzó todo: Julia Child.

Hay una película que da cuenta de ese momento histórico: Julia and Julie, escrita y dirigida por la enorme Nora Ephron. Buena película, ligerita-ligerita como un omelette perfectamente bien hecho. Ahí fue donde escuché por primera vez el nombre de Julia Child (en la cinta interpretada por Meryl Streep).

La película está basada en la historia real de Child, una señora estadounidense muy grandota y simpática que vive en París cocinando por amor al arte. No es una chef, más bien alguien de buen diente con la curiosidad de aprender los tejes y manejes de la cocina francesa. Cocina como quien aprende a jugar trompo y se vuelve el campeón de la cuadra: un arte que se queda en el ámbito privado de los pocos amigos. Feliz de cocinar para sus amores, Julia parece el personaje de un musical alegre y bonachón.

Pero hay algo más, un hambre. Su exploración por toda la cocina francesa tradicional la hizo pensar que ahí había algo que merecía la pena compartir. Son los años cincuenta y el lugar de las mujeres era la cocina. Child convirtió ese espacio en uno de libertad. La historia de Julia es también una de iniciativa y lucha, aunque sea una lucha que parecería intrascendente. ¿Cocinar como grito de resistencia? Escritoras como la brasileña Clarice Lisperctor, la periodista mexicana Alma Gullermoprieto o la historiadora inglesa Diana Kennedy han reivindicado ese lugar íntimo y doméstico. Sin Julia Child quizá ese discurso no habría sido posible.

De esa inquietud nace Mastering the art of french cooking, un recetario que al mismo tiempo es documento histórico y manual gastronómico.

Para no hacer el cuento largo, Julia sostiene una lucha con editoriales que pensaban que un libro de cocina no tenía sentido en pleno siglo veinte y menos escrito por una desconocida. Hasta que el manuscrito llega a las manos de Judith Jones, una editora joven de la prestigiosa editorial Knopf. Con todo el escepticismo, la editorial escucha a Jones.

Mastering the art of french a cooking fue un best-seller instantáneo. Llevó a las casas de clase media de Estados Unidos los platillos lujosos y suculentos de la cocina francesa. Una aspiración que nadie había entendido tan bien como la dupla Child-Jones.

De ahí viene una nueva lucha: hacer del recetario un programa televisivo. Casi por accidente nace el primer programa de cocina, The french chef. En él Julia hacía cosas estrambóticas como deshuesar un pato con la misma destreza con la que Pablo Picasso improvisa un toro en una servilleta. Al final de cada capítulo, Julia se sentaba a la mesa con el platillo y se despedía con un alegre “Bon appétit!”. Una nueva forma televisiva había nacido.

The french chef (que como el de doña Chepina Peralta se transmitía en la televisión pública) invitó a las amas de casa a convertir sus cocinas en talleres artísticos. Otro hito: The french chef pasó de ser un programa que solo se veía en Boston a uno nacional. La extraña presencia de Child, que como dije era una señora grandota (medía más de 1.80) y bonachona con una voz tipluda, la volvió una improbable estrella de costa a costa.

Eran años convulsos en los que los roles de género necesitaban evolucionar. Aunque podría parecer que un programa como el suyo era lo más antifeminista del mundo, lo cierto es que Child dio voz a la generación de mujeres que buscaban inspiración donde fuera, incluso en el corazón sagrado de la cocina.

Difíciles como hacer un soufflé pero igual de sabrosas, seguir todas las recetas de Julia Child se convirtió en un pasatiempo nacional. La vida de las mujeres quería ser transformada. De ese ánimo nació la aventura de esas mujeres con la estrafalaria Julia, su libro y su show.

Si quieren saber más de Julia Child vean la cinta de Ephron y pueden seguirse con la serie Julia, disponible en HBO Max. Buena comedia, durante sus dos temporadas explora todos los detalles íntimos de Child, no sólo como celebridad, también como amiga y esposa. En la serie también aparece Judith Jones, la editora, que para mí es el personaje más atractivo por su valor e inteligencia. Mientras edita a John Updike o a Sartre, Jones sueña con la segunda entrega de Mastering the art of french cooking. Como buena editora, se la pasa presionando a Julia pero también admirándola y con ganas de ser su amiga.

Y quién la culpa. Todos quisiéramos ser amigos de Julia Child y Chepina Peralta.

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