La euforia del Mundial fue breve. Los tres primeros lugares del mundo son miembros de la Unión Europea: Francia, Croacia y Bélgica, y también son de los menos euroescépticos  sobre la naturaleza del proyecto político del viejo continente.

Unos días después con la Cumbre de la OTAN y el encuentro Trump-Putin, los europeos redescubrieron su vulnerabilidad. Por una parte, el dirigente ruso, después de las sonrisas que enseñó durante el Mundial, no tardó en mostrar su verdadero objetivo que consiste en ejercer influencia decisiva en el continente. Por otra parte, vimos a un presidente americano demostrando que su país ya no es el aliado que contrarrestaría los objetivos expansionistas del Kremlin.

Finlandia, sede del encuentro Putin-Trump, es parangón de la nueva Europa: pacífica, próspera, equitativa y, sobre todo, feliz. Pero para los mandatarios de las dos potencias, tiene resabios de la Guerra Fría.

Hoy Finlandia teme hasta por su independencia frente a Rusia, que le cortó gran parte de su territorio en 1945, y ya no le sirve formar parte de una OTAN que no es confiable.

Por si fuera poco, en este sombrío mes de julio europeo, los problemas internos azotan los sueños de una Europa que se parecería cada vez más a la Finlandia democrática y rica de hoy. Ante las crisis, algunos países quieren regresar al modelo que fue fatal en el pasado.

Ya se ha reflexionado mucho sobre el aislacionismo nacionalista de los británicos o el populismo italiano. Esta semana las preocupaciones vienen de Polonia que sigue avanzando hacia un aislacionismo nacionalista populista y además, se degrada democráticamente. La ley que quería controlar la memoria del Holocausto, indignó al mundo y ha quedado prácticamente paralizada. Las leyes que amenazan con la independencia de la justicia, son menos visibles pero más peligrosas. La Unión Europea mira impotente a uno de sus miembros hundirse políticamente.

Ante este panorama sólo los gobiernos de Alemania y Francia pueden liderar una reacción de protección del modelo europeo de democracia social. Merkel admitió esta semana que su gobierno está desgastado por su decisión de acoger centenares de miles de refugiados del Medio Oriente.

Sólo queda Macron, aureolado por su inesperada victoria electoral frente a la extrema derecha, pero de eso ya ha pasado un año, y su imagen está desgastada por el descontento social frente a sus reformas liberales. El segundo aire de su imagen que pensaban encontrar sus seguidores surfeando en la ola de la inesperada victoria del equipo galo en el Mundial, fue de corta duración.

Ahora, Macron enfrenta el primer escándalo de su joven mandato con el comportamiento violento de su guarura en la manifestación pacífica del 1 de mayo, comportamiento que fue encubierto por el palacio del Eliseo.

Parece que las opiniones tienen menos paciencia con los demócratas que con los populistas.