En días recientes, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, anunció que movilizaría la Guardia Nacional para proteger la frontera con México. A todas luces, se trata de una medida propagandística, que busca desviar la atención de una más de las promesas de campaña que no podrá cumplir: me refiero por supuesto a la construcción del muro fronterizo entre México y Estados Unidos, cuyo presupuesto no será aprobado por el Congreso norteamericano y que nuestro país no pagará bajo ninguna circunstancia.

Ante estos hechos, el presidente Enrique Peña Nieto ha respondido como hombre de Estado, situando el interés nacional por encima de cualquier otro, dejándole claro a Trump que la dignidad de nuestra patria no se negocia y llamando a la unidad entre todos los mexicanos. Porque, sin lugar a dudas, los retos internos y externos que enfrentamos como nación exigen claridad, reconociendo que la unión nos fortalece y las divisiones nos debilitan.

Ahora bien, las declaraciones del presidente estadounidense se inscriben en lo que ha sido su tónica desde un comienzo —primero como candidato y luego como presidente— y se apega bastante a lo que podríamos llamar “el manual del populista”. Me refiero a un líder que utiliza el descontento político (que es generalizado en el mundo) para ganar adeptos, a partir de un discurso que polariza y busca dividir a la sociedad entre buenos y malos. Un discurso que establece a un enemigo del pueblo y que promete cosas que no puede cumplir, pero que conectan con el malestar social.

Trump, como sabemos, ha hecho de México uno de sus principales chivos expiatorios. En su ánimo por ganar adeptos, ha ido lastimando unas de las relaciones bilaterales más prosperas e intensas que hay en el mundo, afectando con ello la inversión y la generación de empleos en ambos países.

Basta decir que en el 2017 el comercio bilateral ascendió a 557,000 millones de dólares, que la frontera es la más transitada del mundo (más de 1 millón de cruces legales al día) y que, más allá de límites territoriales, hoy existe una vibrante comunidad binacional México-americana que genera miles de empleos.

Se trata, sin duda, de un intercambio comercial, político y cultural que ha beneficiado a ambos países y que, no obstante, Trump ha denostado con base en mentiras, un tono amenazador, descalificando a quien piensa distinto y, lo más preocupante, promoviendo un discurso de odio. Así, este populista va generando enemistad y desconfianza entre buenos vecinos.

¿Por qué es importante lo anterior? ¿Por qué debe preocuparnos más allá de la relación bilateral?

Pues bien, porque un riesgo similar se cierne sobre nuestro país, donde un líder populista como lo es López Obrador lleva años promoviendo la división de la sociedad y engañando a los necesitados con ocurrencias que difícilmente podrían tener viabilidad financiera.

Hoy México tiene dos alternativas: optar por el trabajo en equipo como sociedad, avanzando por la ruta de un crecimiento económico incluyente que no deje atrás a nadie, u optar por quien promete lo que no puede cumplir, con los riesgos económicos y el encono político que genera el populismo.

Lo que pasa con el presidente de Estados Unidos constituye un serio llamado de atención y es un espejo donde mirar lo que podría suceder en nuestro país. En otras palabras, Trump, además de ser un infortunio en la historia del vecino del norte, es también un claro ejemplo del peligro que representa el populismo en México.

*Expresidenta de la Federación de Colegios de Economistas de la República Mexicana, AC.

Soraya Pérez

Economista

Entre Números

Expresidenta de la Federación de Colegios de Economistas de la República Mexicana A.C.