Con la novedad de que los excesos del presidente Trump llegaron a la estructura. Cada vez son más frecuentes los excesos de agentes, burócratas, funcionarios y podemos seguir hasta llegar a la Casa Blanca. Sobran los casos: el inmigrante indocumentado que fue arrastrado por policías delante de su familia, la invasión de propiedad privada sin órdenes judiciales o los excesos del oficinista acomplejado que de la noche a la mañana se cree poderoso y así sucesivamente.

Estamos ante la Rebelión en la Granja, las acciones impulsadas por Donald Trump vinieron a trastocar las más profundas y nobles tradiciones de Estados Unidos, en unos cuantos días, menos de 100, puso de cabeza al país del destino manifiesto, al policía del mundo. Adiós al modelo de la libertad de expresión, a la tierra de las oportunidades.

No deja de ser paradójico referirnos a libros ante un presidente que no lee, tras la elección del 8 de noviembre se volvió a poner de moda 1984, la novela de política ficción distópica de George Orwell.

Tras los ataques a las Torres Gemelas se enrareció el clima social a causa de acciones que llegaron del exterior, ahora es creciente la tensión en el ambiente por causas internas, originadas desde las alturas del poder.

Durante la campaña fuimos muchos los que advertimos que Trump estaba calentando a la sociedad, que se estaban produciendo fricciones raciales que se creían vencidas por la Ley de los Derechos Civiles, anticipamos que se estaba creando un caldo de cultivo para choques sociales.

Por ejemplo, las provocaciones de un conferencista fanático en la Universidad Berkeley, tras los enfrentamientos del fin de semana pasado entre simpatizantes y opositores de Trump.

A un mes de que se cumplan los primeros 100 días de la toma de posesión del inquilino de la Casa Blanca, ya ha sido descalificado el sistema judicial, la libertad de expresión, lo nunca visto: con mentiras y falsa información el nuevo presidente desacredita a su antecesor, sin pruebas lo acusa de espionaje, califica de desastre todo el legado de un país que recibió en orden y en pleno avance.

La sociedad de Estados Unidos ha tardado en reaccionar, a los principales actores les ha tomado tiempo, acostumbrados a la institucionalidad poco a poco van tratando de reconstruir los escenarios como la posible injerencia de Rusia en el proceso electoral.

Poco se repara en el paraíso del conflicto de interés, amparados en que lo que no está prohibido está permitido, la familia del presidente sigue de frente promoviendo negocios particulares. El aparato de gobierno se usa sin decoro para viajes, protección personal o para la recreación; todo con cargo al dinero de los ciudadanos. Con el autoritarismo en pleno, amplios sectores del gobierno, sobre todo los vinculados con la seguridad y la migración pasan por encima de personas y derechos. De la compasión como conducta hay quienes, cada vez más, que hacen de la soberbia y la prepotencia una rutina.

Es el caos. En apenas un par de meses, Estados Unidos ha dejado de ser respetado y respetable por el mundo civilizado.

Pero también habrá que confiar en la solidez de las instituciones, en el marco jurídico que igual frenó acciones ejecutivas contra migrantes que está haciendo reaccionar a las autoridades de las ciudades santuario resueltas a proteger las más profundas tradiciones del país. Finalmente, no hay Trump que dure cien años...

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