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Opinión

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Sociedad medrosa

Antes todos éramos felices. Hoy vivimos agobiados y angustiados por la nube de normas. Reinan aquí el relajo, el aisevá y la corrupción.

Siempre pensé en una España fiel al placer de fumar, restaurantes, bares, fondas, tascas, tabernas y figones repletos de individuos que echan humaredas hasta por las orejas. Nunca supuse que la bravía Madre Patria iba a sucumbir ante la ofensiva de científicos, pensadores, funcionarios públicos y todo tipo de defensores de los derechos humanos, buena trinchera para hacerse de fama y dinero, en dos palabras, gente tiquismiquis o gente aprovechada: hurgan hasta en el más recóndito rincón en busca de los peligros que acechan a la salud de los ciudadanos. Tapicemos las cajetillas con letreros horripilantes para desalentar al vicioso. Legislemos, dirían.

Multiplíquese el número de inspectores que descubren el delito y el de burócratas que califican la sanción e imponen la multa. Combatamos cualquier incitación al mal. Frases como las anteriores adoptarían como sus banderas.

De esa manera se borraría el cigarro de los labios que ostentan las imágenes de nuestros intelectuales, políticos y estrellas de la pantalla, del mismo modo que en algún lugar de Europa ya se ha hecho con personajes despreciables como Humphrey Bogart y Jean Paul Sartre.

Delatemos al infractor. Delatemos además a quien no delata al infractor. Vayamos más allá y castíguese al que chupe puro en los toros: contaminan a las delicadas damas que gustan de la fiesta. Extendamos la benéfica campaña contra los bebedores ambulantes. Evitemos a toda costa que el individuo, por cualquier medio, se suicide lentamente, sea alcohol, cigarrillo, pambazos o churritos. Castíguese a los que mueren de sopetón, por propia mano. Que todos ellos sean perseguidos hasta sus domicilios y guaridas, considérense apestados y estigmatizados, pervertidores de la comunidad. Para llevar las cosas a un nivel justo, encerremos en el tambo, y de por vida, al Jefe de Gobierno que nos obliga a respirar humos y polvos más dañinos que nada.

Hay que resarcir las pérdidas que sufren los negocios con menos clientela y las bajas que registra la hacienda pública debido al abultamiento de su nómina de combatientes y tramitantes, claro, si no hay mordida de por medio.

Vamos, imitación extralógica, hacia una sociedad quisquillosa y miedosa de todo. Antes éramos felices. Hoy vivimos agobiados y angustiados por la nube de normas. Pero, gracias al Altísimo, tardaremos en emparejarnos con los civilizados. Reinan aquí el relajo, el aisevá y la corrupción.

paveleyra@eleconomista.com.mx

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